EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

No somos imbéciles

Raymundo Riva Palacio

Octubre 19, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL

El presidente Vicente Fox no aprende. La retórica demagógica que emplea, lejos de ocultar sus deficiencias intelectuales y políticas, las ensancha de una manera grotesca. Ahora le tocó el momento de exhibirse en una entrevista con José Cárdenas, en Radio Fórmula, donde se explayó en ¿ignorancia? ¿mentiras? ¿engaños? O acaso, ¿todo eso junto? En ella, Fox criticó a sus críticos –una vez más– y reiteró que todos aquellos que fustigan su presidencia son nostálgicos del presidencialismo y sugirió que equivalía al autoritarismo. Ese presidencialismo ya se fue, le dijo al conductor de radio, en uno de los dislates más profundos que pueda haber emitido presidente alguno.

¿Se fue el presidencialismo? No. El presidencialismo es el régimen político mexicano desde hace casi 80 años, y ni Fox ni sus predecesores priístas lo modificaron. ¿Presidencialismo es igual a autoritarismo? Falso. Puede haber un presidencialismo que, por las características del régimen o del individuo en el cargo, sea autoritario, como sucedió durante casi 70 años del viejo régimen del PRI, donde la Presidencia se caracterizó por el autoritarismo de quien detentaba el cargo, oscilando entre la dureza de un autoritarismo que rozaba la dictadura                                       –que nunca alcanzó por los plazos sexenales de poder– al autoritarismo bonapartista –de la época dorada echeverrista donde la burocracia dominaba el poder– al autoritarismo liberal del salinismo, donde se dio el gatopardismo de cambiar para no cambiar.

Presidencialismo como el mexicano, tienen Estados Unidos y América Latina. La forma peyorativa como Fox habla del presidencialismo es, en el fondo, una severa autocrítica. Fox, como los priístas que lo antecedieron, tiene el mismo tipo de Presidencia, pues no ha modificado en absoluto la esencia de la misma. La Presidencia mexicana es débil como institución, pues no dispone de todos los recursos para operar en igualdad de condiciones con el Legislativo y el Judicial como carecer de un amplio poder de veto que necesitaría para que los bloqueos en el Congreso no lo paralicen. La Presidencia es fuerte en función de la personalidad de quien la ocupa. De esta forma Carlos Salinas, quien terminó con una aprobación nacional de 75 por ciento, fue uno de los presidentes más autoritarios en la historia de México, al haber gobernado buena parte de su mandato con regulaciones económicas mediante las cuales se burló de la Constitución. Fox tiene la misma Presidencia que Salinas, o que Ernesto Zedillo, quien utilizó el poder autoritario de su cargo para dar un golpe de estado técnico y reformar completamente el Poder Judicial. La diferencia es que Fox no es un hombre autoritario en esencia, pero su ignorancia sobre lo que es la institución presidencial y lo que debió haber hecho para fortalecerla como tal y reducir el poder al individuo, permitirá que el próximo presidente, si tiene la misma vena autoritaria que los priístas del pasado, recurran a aquellas prácticas para construir consensos y gobernabilidad sin contrapesos.

La confusión sobre lo que es la Presidencia y el presidente llevó a Fox a declarar algunas aberraciones. Por ejemplo, alegó que su Presidencia democrática hizo posible que el EZLN saliera a pasearse por el país en 2001. Pero este episodio, precisamente, demuestra el poder autoritario de un presidente. Lo que hizo Fox fue violar el artículo 9 constitucional al permitir que un grupo armado que declaró la guerra al Estado Mexicano, se paseara por el país. Los recursos autoritarios de quien detenta el cargo hicieron posible que Fox no fuera enjuiciado políticamente en el Congreso ni la Suprema Corte proceder a su remoción por violar la Constitución –por algo muchísimo menor Richard Nixon tuvo que renunciar– y que el Ejército, pese a su indignación, acatara las órdenes de su comandante en jefe. En una democracia real, como la que dice Fox que existe, ese paseo del EZLN hubiera sido imposible. Democracia no es la posibilidad de violar la ley por convenir así a sus intereses particulares; eso se llama autoritarismo.

Lo mismo se puede aplicar al haber frenado                                     –y todavía no cancelado, por cierto– el mandamiento judicial para proceder en contra del entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, por desacato a la ley. Fox decidió poner fin a la persecución de López Obrador porque lo único que había logrado era convertirlo en una víctima del poder. Lo curioso es que, en efecto, lo que había hecho el gobierno era cumplir con una instrucción del juez, y al desistirse, lo que hizo fue violar el mandato, entrando en desacato, y reordenar la justicia para amainar la tormenta política que había creado. En un proceso democrático, tendría que haber seguido hasta el final, inclusive ante la posibilidad de que el juez fallara a favor de López Obrador; autoritarismo es exactamente lo que hizo: ignorar todo el proceso judicial y decidir, desde la cima del poder, cambiar el rumbo del proceso.

Fox no es un demócrata. Es un soñador pusilánime, fracasado y tramposo. Dice que apostó por la democracia y, en realidad, la traicionó. Se dice demócrata pero no es más que los priístas que le antecedieron. Lo que sí tiene de diferencia es que es más incompetente, porque la forma como emplea el autoritarismo siempre le cuesta capital político y nada de rendimientos. Pero además, el presidente debe pensar que los mexicanos somos un colectivo de imbéciles al querer mantener ese discurso manido. Pero, ¿qué cree? Está equivocado. La caída apabullante del PAN en las últimas elecciones para gobernador, su derrota aplastante en las elecciones intermedias de 2003, el desplome del candidato oficial a la Presidencia, Santiago Creel, y la creciente crítica a su persona, a su intelecto, a su comportamiento y a todo lo que lo rodea, es suficiente señal para que entienda que cada vez se aísla más, y cada vez, acumula un mayor descrédito político que, lo estamos viendo, se le empieza a cobrar.

 

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