EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Pesadilla

Raymundo Riva Palacio

Septiembre 08, 2006

Cuando finalmente la borrachera de odio llegó a su resaca, ¿qué había? El vacío.
El tejido social estaba absolutamente destruido. Cuatro de cada 10 familias en México se habían partido por la mitad. Los hijos de los políticos más prominentes habían tenido que cambiar de escuela ante los crecientes hostigamientos y agresiones de sus compañeros. El racismo sibilino se extendió por toda la epidermis y los prietitos denostaban a los güeros en las calles y los espacios públicos. La discriminación económica tomó nuevos cauces identificando como “nacos” o “riquillos” a quienes pensaban diferente a uno.
No sólo el país se había quebrado, sino en algunas ciudades como el Distrito Federal, la fragmentación había alcanzado niveles tan altos que colonias enteras se volvieron guetos sudafricanos y surgieron líneas verdes como en el Oriente Medio, que separan a cristianos de palestinos, para dividir territorialmente a los que tienen de los que no. La división era simbólica pero poco importaba. De acuerdo con el humor del momento, había o no represalias contra quien ingresara sin salvoconductos.
La inteligencia emocional había avasallado a la racional. No existía el pasado de nadie, sólo el presente, por el cual rendían cuentas o eran erigidos en héroes de probeta. Tampoco había historia individual que la dinámica de los acontecimientos, cambiante día con día, en ocasiones incluso por horas, no demoliera. Los subsistemas de comunicación modernos se cruzaron en líneas verticales y horizontales, pero lejos de construir nuevas interacciones, sirvieron para identificar bandos. Desde las torres de cristal, los mandarines dictaban sus órdenes: intransigencia, intolerancia, sectarismo. Y se traducían en acciones. En el Zócalo de la ciudad de México, una actriz leía todas las tardes las listas negras de quienes habrían de sucumbir; en los rascacielos de los suburbios, respondían. “¡Destruyámoslos!”.
Las élites políticas se habían dividido y habían reclutado como francotiradores a medios y periodistas, a quienes alimentaban con carne cruda para volverlos más feroces. Los empresarios, apostando siempre a sus mayores utilidades, coqueteaban con unos financiándoles su protesta callejera para debilitar, según su estrategia, al gobierno entrante que quería mandar al Congreso leyes antimonopólicas. Los acólitos que habían apostado por un lado, lanzaban cuanta convocatoria podían para congraciarse con el otro lado.
Los términos de la lucha tenían tiempo de haber sido definidos. Por un lado, era la batalla de los pobres contra los ricos, y por el otro, de los buenos contra los malos. En realidad, todos los campos tenían ricos y pobres, y buenos y malos. No había diferencias más que en el color de sus camisetas. Parecía la reedición del Renacimiento europeo, en el umbral del surgimiento del concepto de la democracia, cuando ya no había deliberación pública sino la representación de un régimen revolucionario que proclamaba y se interesaba en reprimir a “los enemigos del pueblo”. Ya no había más espacio para el debate. ¿Para qué?
La gente era utilizada para alcanzar cualquier fin político. A veces se recordaba los últimos años del Siglo XVIII en Francia, cuando un grupo de ideólogos hizo que las pandillas de París fueran de disturbio en disturbio hasta que provocaron el 18 Brumario, cuando Napoleón Bonaparte dio su golpe de Estado. Alguno recordó que Houssman definió aquél momento como cuando una capital con miles de habitantes decidió el destino de millones en todo el país.
La gente también era manipulada por el grupo gobernante, que contra todo lo que hubieran deseado, no pudo convertir al país en una democracia instantánea. Letristas, se escudaban siempre en la abstracción pura de la palabra para repetir una y otra vez “somos los gobernantes legales”, sin comprender que en los matices se encontraba la razón de su fracaso político. Como si fuera un cronista cotidiano de la vida política mexicana, Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, había escrito en el número uno de El Federalista 200 años antes: “Una ambición peligrosa se esconde frecuentemente detrás de la máscara de los derechos de la gente bajo la apariencia prohibida del celo de la firmeza y eficiencia del gobierno. La historia nos enseña que lo primero ha encontrado muchas más veces el camino del despotismo que lo segundo”. De hecho, se solía recordar, para lograr la autentificación por parte de la gente no se necesitaba ser un demócrata, como cuando Hitler llegó al poder en Alemania en 1933 gracias a una elección, o cuando el golpe comunista en Checoslovaquia en 1948 fue avalado por las intrigas constitucionales respaldadas por manifestaciones.
Había un presidente que había llegado al poder no tanto por sus méritos sino por los errores de sus contrincantes, pero que se comportaba como si el escaso margen de votos con los que triunfó, equivalieran al mandato generalizado de los mexicanos. Había un perdedor que no entendía que haber duplicado la votación histórica de su partido y conquistar el apoyo del 30% del electorado, tampoco significaba que esa fuera la mayoría nacional. Metidos en sus propias dinámicas, la fuerza centrífuga que fueron adquiriendo se convirtió en centrípeta para la sociedad.
Como no había acuerdos políticos, tampoco había avances. Había muchos perdedores dentro de la clase media, que por cierto nunca estuvo en el discurso político de los contendientes. Los ricos de siempre se hicieron más ricos, aprovechando el abandono en las ciudades y utilizando la misma receta de la Revolución Mexicana: comprar bienes raíces a precios de remate para después venderlos a 7 mil veces su valor original. Los pobres sin esperanza tampoco sufrieron merma adicional: siguieron marginados, utilizados sólo por la retórica, aunque legiones de clasemedieros vieron cómo se pauperizaba su patrimonio. Las inversiones se fueron a la Cuba post-Fidel que tenía mano de obra calificada y, siguiendo la lección china, otorgaron jugosos privilegios fiscales a las empresas. La calidad del empleo en México, ya en picada desde el 2000, siguió su degradación.
Cuando volteamos para revisar lo que hicimos de nosotros mismos, lloramos. Habíamos perdido hermanos y hermanas, madres y padres, primos y amigos de la infancia. Les habíamos hecho mucho caso a los políticos que, cuando se pusieron de acuerdo en cómo distribuirse el poder y repartirse las prerrogativas, se olvidaron de nosotros. Ya vendrían nuevos electores, carne fresca para el engaño. ¿El resto? Qué más da. Fuimos piezas desechables de sus ambiciones, envueltas en un discurso de odio que penetró profundamente en nuestros espíritus y contaminó nuestras almas, galvanizando viejos rencores y traumas que tendremos que explicar a las generaciones futuras el porqué nunca pudimos ya reconciliarnos.

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