EL-SUR

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Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Postales: Venecia

Raymundo Riva Palacio

Enero 02, 2016

Venecia, Italia. Una “S” es lo que divide a Venecia en dos y narra 12 siglos de historia. Es lo que se conoce como el Gran Canal, que fue utilizado como un puerto por donde llegaban las telas, las especies y los tesoros del mundo conocido como Rialto, el mercado que tomó su nombre de la principal de las 117 islas que forman este archipiélago en el Mar Adriático. Todas las guías turísticas se refieren a los palacios góticos y renacentistas que la iluminan, como la Academia de las Bellas Artes que fundó Napoleón en 1807, o el Vendramin Calergi, donde murió Richard Wagner en 1833. De lo que poco hablan es de lo que está en la imaginación de quienes la visitan: el corazón de esta ciudad medieval pletórica de erotismo y lujuria.
Es la Venecia de la que hablan las películas, la de los mitos y los estereotipos. Una ciudad que fue tan vital para el comercio como vibrante, donde las damas ricas tenían amantes consentidos por sus esposos más jóvenes, que para mantener la dote aceptaban que sus mujeres se acostaran con conocidos. Esta es la ciudad que dio fama a Giacomo Casanova, el mayor amante en la historia popular, pero en donde también se empapó en placeres el poeta inglés Lord Byron, que presumió haber tenido más de 250 amantes, superando en dichos por dos al legendario veneciano.
Pero Venecia es más que ellos. Es la de George Sand, cuyo amor roto le quitó la inspiración de Frédérick Chopin y cuyo tempestuoso romance –como lo describen los expertos– con el poeta Alfred de Musset, figura entre los más célebres de las letras francesas. George Sand siempre fumaba puros, una característica poco atractiva para muchos, en el entendido de que el escritor no era él ni era inglés, sino francés y era ella, la baronesa Dudevant, cuyo nombre real era Aurore Dupin.
Ese amor se convirtió en la trama de una de las novelas más famosas de Musset, La confesión de un hijo del siglo, escrita en 1836, aunque cinco años después George Sand escribiría su propia versión, Ella y él. La historia es totalmente veneciana: ella se enamora de otro hombre y se lo presenta a su amante, quien ante la propuesta de un ménage à trois, lo rechaza y se hunde en la desesperación. La trama culmina en el Hotel Danieli, también sobre el Gran Canal.
El Hotel Danieli, un complejo de tres palacios de los siglos XIV, XIX y XX, con lámparas de cristal artesanal de Murano y columnas de mármol trabajado a mano, tiene un edificio principal construido por la familia Dandolo, que encabezó la conquista de Constantinopla y la caída del Imperio Bizantino. Es uno de los grandes hoteles del mundo que no sólo cuenta entre sus huéspedes a quienes vivieron casi dos años en su habitación número 10 –Sand y Musset–, o Byron y Wagner, sino algunos contemporáneos como el director de cine Steven Spielberg, el compositor y director de orquesta, Leonard Bernestein o la curadora de arte Peggy Guggenheim –el apellido que también le da nombre al famoso museo de arte moderno de Venecia–, y otros grandes de la literatura como Goethe y Charles Dickens, Proust y Balzac, en cuya suite se filmaron varias escenas de la película El Turista, protagonizada por Angelina Jolie y Johnny Deep en 2010.
Pero en Venecia, el único que entra en la categoría de Casanova y Lord Byron es Gabrielle D’Annunzio, descrito como un megalómano proto-fascista que ayudó a modelar la Italia dictatorial de Mussolini, cuyos ojos fueron descritos salvajemente en algún momento por la actriz francesa Sara Bernhardt como “pequeñas gotas de mierda”. D’Annuncio era evidentemente feo quien, sin embargo, antes de entrar en la vida política fue escritor y uno de los grandes seductores de esta isla. Estar casado no le impidió cambiar de cama y amante con excesiva regularidad, a quienes veían las mujeres, cuenta la leyenda, casi como bisexual: una poderosa virilidad combinada con dulzura femenina. Presumía haber seducido a mil mujeres, muchas de ellas antes de 1889, cuando escribió El placer, una novela decadente pero atrevidamente explícita de todo aquello que presumía.
D’Annunzio era un plebeyo sin cuna de plata, como Casanova, el precursor de todas y todos quienes escribieron la historia de excesos sexuales de Venecia. Pero nadie como este símbolo que vivió aquí en el Siglo XVIII, los años de las pasiones disolutas y el libertinaje. Casanova nació en la mejor calle posible que podía haberlo hecho, Comedia, muy cerca del Palacio Merati, donde vivieron su madre y sus hermanas, donde Casanova consumió noches eternas de pasión con la aristocracia veneciana. Este palacio es propiedad privada y actualmente no se puede visitar, pero no así Campo San Mauricio –donde en un capricho de la vida hoy se ubica ahí Acción Católica, una organización de laicos que promueve los valores morales–, que habitó el poeta pornográfico Giorgio Baffo, que tuvo una gran influencia sobre él.
El Gran Canal fue el centro de todo en una ciudad que en la Edad Media fue el centro del mundo. Nadie recogió jamás su pulso como el académico y político Pompeo Molmenti en su Historia de Venecia en su Vida Privada: “Los aristócratas iban frecuentemente acompañados por sus criadas y las intercambiaban con los caballeros, que las seguían en otra góndola, con guiños y sonrisas, atando intrigas de amor sobre esta única calle del mundo, entre palacios de mármol café, agua y un cielo con colores sonrientes”. Hoy nadie hace esto, pero con respecto a lo demás, la vida sigue.

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