EL-SUR

Martes 30 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

PRI: la restauración imposible

Humberto Musacchio

Junio 09, 2016

La derrota del PRI en estas elecciones ratifica lo que estaba claro en 2012, cuando resultó ganador de la elección presidencial: el suyo era un regreso sin gloria, porque volvía a un país muy diferente al que gobernó durante 70 años y porque luego de la docena trágica del panismo no había condiciones para gobernar haciendo lo mismo que sus adversarios ni profundizando en una línea de derecha.
Los priistas volvieron a Palacio como si nada hubiera pasado. Olvidaron que a partir del sexenio de Miguel de la Madrid se empeñaron en debilitar al Estado, en desmontar el sector paraestatal, en abandonar el campo y en desechar las políticas de beneficio popular. Contemplaron impasibles la sistemática reducción de sus fuerzas, ya fuera por el paso de múltiples organizaciones al PRD o por el envejecimiento y la inoperancia de sus centrales obreras y campesinas, que hoy por hoy son cascarones vacíos, membretes sin sustancia y sin futuro.
Con esos antecedentes, la ruta hacia el suicidio estaba trazada. La economía mexicana es una de las 15 mayores del mundo, pero crece menos que la población y en los últimos siete lustros ha significado riqueza para muy pocos y un mayor empobrecimiento de las mayorías. El apego a las recetas neoliberales ha llevado al abandono de las instituciones de salud y a un profundo deterioro de la educación, canal insustituible para la trasmisión de valores y de ideología.
El reparto de tierras podía ser más espejismo que realidad, pero alimentaba la esperanza de amplios sectores campesinos; el sector nacionalizado de la economía era una formidable fuente de corrupción, pero también daba empleos y aportaba recursos para el control político; la Conasupo garantizaba el abasto de alimentos, pero la tecnocracia opinó que era mejor importar los granos; la educación iba en picada, pero todavía se fomentaba el respeto y hasta la veneración a los mentores. Hoy todo eso es historia.
De la vieja política exterior no queda nada. Se sacrificaron los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, que con todo y su elasticidad constituían un poderoso dique ante el intervencionismo del más fuerte y le daban a México una considerable capacidad de maniobra en el plano internacional. Se optó por marchar unidos al carro imperial y hasta participar en operaciones militares bajo mando extranjero, lo que constituyó una notoria y muy lamentable pérdida de soberanía.
Resultado de tantas renuncias a lo mejor que teníamos fue que se diluyó todo el entramado ideológico del priismo, el cemento indispensable para mantener la cohesión de las mayorías sociales en torno a un proyecto de nación. En el clóset se fueron amontonando las viejas banderas y hasta los próceres de la revolución fueron arrumbados y el 20 de noviembre dejó de ser fecha celebrable.
Ese deshuesadero del viejo Estado lo iniciaron los gobiernos priistas a partir de Miguel de la Madrid y lo concluyeron inconscientemente los dos nefastos presidentes panistas. Hoy queda muy poco del viejo orden, y lo poco que queda es inoperante, como se puede ver por las miserias de una economía grande pero profundamente injusta, por la inseguridad generalizada, por el empoderamiento de las fuerzas armadas, por los 12 o 13 millones de mexicanos que ya se fueron del país.
El orden posrevolucionario caducó y faltó visión para entenderlo. Faltaron también políticos capaces de superar las limitaciones del día a día, los estadistas capaces de levantar el nuevo edificio institucional que México exigía. Lejos de eso, cada vez con menos apoyo ciudadano, los gobernantes mansamente aceptaron aplicar las recetas del FMI y las políticas más afines al interés del vecino poderoso.
México requería –requiere– un audaz paquete de transformaciones que permitan recuperar algo de lo perdido y abran vías para un futuro menos desastroso que el presente. Lejos de eso, el gobierno federal está empeñado en hundir más la economía y ganarse nuevos y más poderosos enemigos políticos, como lo hace con denuedo Aurelio Nuño.
Las derrotas dejan mejores enseñanzas que las victorias. Los priistas están a tiempo de empezar a construir una nueva propuesta para un país en profunda y ya permanente crisis, lo que incluye en forma necesaria la refundación de su partido, el cambio de nombre, de propósitos y de documentos. El dilema está planteado: enmienda el PRI el camino o se condena en forma inexorable a la extinción.