EL-SUR

Miércoles 16 de Junio de 2021

Guerrero, México

Opinión

Queremos ver, no oír

Jorge Camacho Peñaloza

Abril 05, 2019

 

“Los discursos que no conducen a alguna manera de acción más vale no pronunciarlos”.
Thomas Carlyle

En estas páginas hemos dicho que Acapulco, el verdadero Acapulco, en el que habitan más de un millón de habitantes, el de las colonias Progreso, Morelos, Bella Vista, Palomares, Mozimba, Las Cruces, Zapata, Renacimiento y la Coloso, fue paulatinamente abandonado por las autoridades federales, estatales y municipales, quienes se concentraron en “desarrollar” principalmente la flamante y famosísima Costera Miguel Alemán inaugurada la noche del 28 de febrero de 1949 por el presidente Miguel Alemán Valdés, “al conectar el switch de alumbrado público que iluminaría por primera vez desde las playas de Caleta y Caletilla hasta el Morro Grande (Farallón del Obispo), en el actual tramo de la Glorieta de la Diana Cazadora del puerto”. Desde entonces a Acapulco se le empezó a conocer turísticamente como la Perla del Pacífico, al que visitaban figuras internacionales y nacionales del jet-set y la política.
Todo ese glamour fue sorprendido el 27 de enero del 2006 cuando en una persecución y balacera entre policías municipales e integrantes del cartel del Chapo Guzmán se enfrentaron en la Garita de Comunicación Social del Gobierno del Estado, cayendo cuatro muertos y quedando dispersos rifles de alto poder, carros y los policías municipales y delincuentes fallecidos; después, nuevamente, el glamour de la Perla del Pacífico fue sacudido el 20 de abril con la aparición de dos cabezas cercenadas de dos de los policías que intervinieron en el enfrentamiento del 27 de enero y luego el 30 de junio dejaron otras dos cabezas de policías decapitados, con los primeros narcomensajes de la delincuencia organizada “para que aprendan a respetar”; sucesos que marcaron el descenso del glamour del Acapulco del jet-set, artistas de Hollywood, Frank Sinatra, Silvester Stallone, del Sha del Irán y Luis Miguel, hasta convertirse en lo que es hoy, una de las ciudades más peligrosas del país y con una actividad turística decaída, con fuerte presencia y confrontación de la delincuencia organizada, pobreza y marginación más allá del Acapulco Diamante y del Mundo Imperial.
Pasado mañana estará en Acapulco el Presidente Andrés Manuel López Obrador en la inauguración del Tianguis Turístico, ese que en 2012 se fue a otro estado por no haber las condiciones de seguridad para llevarse a cabo producto de la presencia de la delincuencia organizada.
Sabemos lo que vendrá a decir: que lo principal para sostener el turismo son necesarias dos cosas: bienestar y seguridad, que en su Plan Nacional de Turismo corresponde a la estrategia de conciliación del “crecimiento económico con lo social, es decir, el turismo como herramienta de integración y reconciliación social para generar condiciones de bienestar de los mexicanos que viven en los destinos y que por muchos años han sido ignorados”.
Dirá que a él no le gusta hablar de marcas turísticas, que Acapulco no es un producto, sino un lugar donde viven, trabajan, sufren, estudian, se enferman, encuentran felicidad y se desarrollan personas y sus familias. Que para salvar a Acapulco se debe privilegiar el bienestar y la seguridad de los habitantes de Acapulco, que no se puede tener un turismo sustentable sin estas dos condiciones para la población local. Eso está muy bien, pero del dicho al hecho hay mucho trecho y hasta no ver no creer. Queremos que no solo haya desarrollo en la Costera Miguel Alemán, el otrora Acapulco Dorado, en el Acapulco Diamante y Mundo Imperial, lo queremos ver en la Zapata, Renacimiento y el Coloso, en la Progreso, Mozimba, la Morelos y en la Cima, qué ahí se anide el bienestar y no la delincuencia que aleja al turismo internacional y mantiene a Acapulco como una de las ciudades más violentas del país.
Es tiempo de que los gobernantes, empresarios y sociedad entiendan que el turismo lo hacen posible los locales, que la seguridad es un tema de competitividad de la actividad económica y de capacidad del gobierno para mantener la gobernabilidad, así como el turismo no es cuestión de marca, sino de una comunidad que lo ampara. En fin, queremos ver, no oír.
Vuela vuela palomita y ve y dile: a Todos mis amigos turisteros y al gobierno, que se acuerden que yo aquí he dicho que ya estuvo bueno, que no sólo se interesen por los que llegan a Acapulco por avión, el mar o la autopista, que primero debe estar bien el que vive aquí, porque sólo así podrá haber buena atención al turista.