EL-SUR

Martes 30 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Remember Nixon

Raymundo Riva Palacio

Abril 15, 2005

 ESTRICTAMENTE PERSONAL

Habilidoso, el equipo de Andrés Manuel López Obrador ha utilizado los editoriales que publicaron medios altamente respetables en el mundo, particularmente en Estados Unidos, para reforzar su alegato de que el desafuero al jefe de Gobierno del Distrito Federal fue un retroceso de la incipiente democracia mexicana. Esos editoriales no resolvían el dilema de sobreseer un delito menor para permitir que López Obrador fuera derrotado en las urnas. Sin matices, sugerían que el camino debía ser político y no judicial, subrayando la confusión entre justicia y legalidad en la que nos hallamos, con tal de que México continuara la consolidación democrática.

En México se tomó acríticamente lo publicado en Nueva York, Washington y Londres, montándose en sus argumentos para reforzar, con nuevo vigor, los suyos propios. Por la subordinación intelectual de algunos sectores de la intelligentzia mexicana y la ideologización del debate, esto no es extraño. Lo que sí llama la atención es que en las metrópolis del poder hayan recetado una medicina que no sólo serían incapaces de aceptar en un diagnóstico similar, sino que la tienen proscrita. Ante la posibilidad de un descuido histórico, no sería mala idea que recordaran lo que sucedió al presidente Richard Nixon a mediados de los 70.

Nixon, a quien le cometieron fraude en las elecciones presidenciales de 1960, en las que ganó John F. Kennedy, volvió a contender por la Casa Blanca en 1968, conquistando la Presidencia. Con una arrolladora votación se reeligió en 1972, pese a que empezaba a tomar cuerpo lo que sería el escándalo del Watergate, que inició en junio de ese año cuando un policía que hacía rondín en la sede del Partido Demócrata en el complejo de edificios circulares de Watergate, en el noroeste de Washington, descubrió a cinco intrusos que habían irrumpido en las oficinas. Cuando se presentaron en una audiencia ante un juez, un reportero novato del The Washington Post, Bob Woodward, enviado porque no había nadie más disponible en la sección metropolitana y los experimentados dijeron que era intrascendente, escuchó que cuando les preguntaron en dónde habían trabajado, respondieron: la CIA. Esa era la primera punta de la madeja.

Woodward y Carl Bernstein llevarían el peso de la investigación del Post sobre el Watergate, que enmarcó una serie de escándalos políticos en Washington que culminó con la renuncia de Nixon en 1974. Watergate, que trataba de abusos de poder del entonces presidente de Estados Unidos, utilización de instituciones públicas con fines privados, espionaje político y financiamientos irregulares en la campaña electoral, puso a prueba las complejas salvaguardas de la Constitución norteamericana, sus contrapesos y los mecanismos de rendición de cuentas.

El Post en sí mismo no derrocó a Nixon, pero sí movilizó al Congreso, que inició su investigación cuando el periódico descubrió que uno de los intrusos tenía un cheque por 25 mil dólares pagado a través de un banco mexicano, que fue rastreado a la campaña de Nixon. De las audiencias surgió la revelación de que Nixon tenía un sistema de audiograbación en la Oficina Oval de la Casa Blanca en las cuales se demostraba que Nixon no sólo había tratado de encubrir todas esas operaciones ilegales, sino que incluso, las había dirigido. El Congreso votó por su destitución y el remate se dio cuando la Suprema Corte le ordenó dar a conocer todas las grabaciones. Antes que enfrentar la destitución por desacato al Congreso y perjurio, o acatar a la Suprema Corte, Nixon renunció.

La renuncia de Nixon fue tomada como una victoria de las instituciones y de los valores políticos de esa nación. El trabajo del Post influyó al periodismo mundial que se volcó hacia la investigación. Lo que obligó a Nixon a renunciar estaba totalmente fuera de la mente de Woodward, quien cuando empezó a investigar Watergate tampoco se imaginó que se convertiría en un escándalo. Cuando se cumplieron 25 años de aquél episodio, el político y comentarista conservador Pat Buchanan, quien estuvo cerca de la Casa Blanca de Nixon en aquellos aciagos momentos, escribió que lo que se había cometido fue una conspiración. “En efecto, Watergate fue un golpe de Estado”, apuntó. “Fue el derrocamiento de un presidente electo por los medios y la élite política. Al tumbar a Nixon, la élite no estaba motivada por ningún amor a la ley o a la Constitución. Estuvo impulsada por el odio”. Buchanan llamó “enfermos” a quienes dijeron que Nixon había abusado del poder, y aseguró que lo que hicieron fue romper la Presidencia y destruirlo. Alegó que la razón por la que odiaban a Nixon no era por lo que había hecho mal, sino por lo que había hecho bien, como denunciar a anteriores gobernantes, “a quienes había expuesto por su casi conducta de traidores”.

Suenan muy cerca y muy extrañas las palabras de Buchanan. Suenan muy lejos y muy extrañas las actitudes de los editorialistas de los periódicos donde publicaron los textos sobre el desafuero de López Obrador. Parecieran olvidar los que lucharon contra la presidencia de Nixon, que no sólo fue el Watergate, sino antes los llamados Papeles del Pentágono, que recogían la historia del involucramiento de Estados Unidos en Vietnam, donde el primer periódico que los empezó a publicar, The New York Times, libró una heroica batalla en la Suprema Corte contra los abogados de Nixon que pidieron que no se difundieran. Nueve periódicos más, incluido el Post, continuaron publicándolos y pelearon también contra la Casa Blanca. Defendieron a rajatabla la ley que afectaba a un político que, él mismo, había sido víctima de la no aplicación de la ley años antes.

Nixon calló ante la canallada de Kennedy y fue recompensado por el sistema. En 2000, Al Gore no calló ante las irregularidades del voto en Florida y desapareció del mapa político. Así es la política: tragan todo tipo de sapos. ¿Pero los medios? ¿Son o no son? En 1960 no cumplieron el papel que sí jugaron cabalmente en 2000, y antes en el periodo 1972-1974, mostrando los abusos de poder y las insuficiencias legales. Pero sus                         editoriales de la semana pasada son contradictorios en esencia y muestran un revisionismo histórico. ¿O acaso, como en el pasado, siguen pensando que ellos son de primera y nosotros países de segunda? No, no puede ser. Debe haber sido un pequeño lapsus. También ellos han aprendido.

 

 

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