EL-SUR

Miércoles 01 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Tiempos de terror

Raymundo Riva Palacio

Julio 01, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL


 

Perdido del radar de la opinión pública mexicana, la semana pasada se realizaron reuniones simultáneas en Chiapas y Panamá con representantes de más de diez naciones para discutir el combate a la creciente amenaza de los maras, las pandillas indómitas ante la muerte que con 800 mil combatientes en México, Centroamérica y Estados Unidos, están convertidos en una amenaza regional y en un desafío para la viabilidad de varias naciones. No son meramente un problema de seguridad pública, sino por su vinculación con el narcotráfico y el crimen organizado, se han convertido en uno de los flancos abiertos de la guerra mundial contra el terrorismo.

Congregados en Tapachula, los gobiernos acordaron, de acuerdo con Robert Clifford, miembro de la delegación estadunidense y que encabeza la fuerza de tareas del FBI para combatir a los maras en aquella nación, desarrollar un plan para compartir inteligencia, coordinar a sus policías e identificar modelos más efectivos de prevención y rehabilitación. Aunque optimistas por la preocupación compartida, la realidad coloca ante todos un obstáculo inmenso por este fenómeno que se ha expandido veloz y, hasta hace poco, en forma silenciosa. Varios gobiernos, como el mexicano, no habían querido reconocer el fenómeno hasta recientemente, lo que provocó que los maras tuvieran un largo día de campo en el que se consolidaron y extendieron.

Esta ceguera provocó que Chiapas se volviera el principal bastión de los maras en la región, donde el año pasado se celebró una conferencia secreta multinacional de pandillas de la cual las autoridades policiales y de inteligencia mexicanas no estuvieron enteradas hasta tiempo después de sucedida. Generó también que no se tomaran acciones que las detuvieran, por lo cual se dieron casos, como uno el año pasado en el sur de Veracruz, donde unos 100 maras llegaron a una comunidad de 35 mil personas y la tomaran por asalto durante un mes. El primer día, de acuerdo con testigos, unas 14 personas trataron de rebelarse, pero fueron ejecutadas de inmediato. Después de ver sus cadáveres en las calles, nadie más levantó la voz. Los que pudieron, emigraron; los que no, soportaron la incertidumbre hasta que, como llegaron, los maras se fueron sin que ninguna autoridad los molestara.

La preocupación es internacional. En la reunión de Chiapas estuvieron expertos de España y Francia, pues el fenómeno, particularmente en Barcelona donde ya arrestaron a un mara salvatrucha, empieza a cundir. Vinieron especialistas de Israel, que tienen un riguroso monitoreo de las organizaciones fundamentalistas Hezbolá y Hamas, que mantienen células en varias naciones latinoamericanas –incluido México– donde aunque no han detectado que estén preparando ataques terroristas, sí tienen información que realizan operaciones logísticas, falsificación de documentos y lavado de dinero. El mayor interés, sin embargo, proviene de Estados Unidos, que tiene a 700 mil del total de maras en el Hemisferio, regados en 29 estados, vinculados al crimen organizado y, según expertos en contraterrorismo, con su enemigo primario Al Qaeda y con el narcoterrorismo.

El fenómeno de los maras ha colocado a la realidad latinoamericana frente a una disyuntiva inédita. Representa no sólo la viabilidad de cada nación, sino que, de no atacarla con energía, se convertirá en un foco de alerta donde Estados Unidos intervendrá, de alguna manera pero irreversiblemente. La preocupación de Washington rebasa sus canales civiles. En un testimonio ante el Congreso en mayo pasado, el jefe del Comando Sur, que se encarga de América Latina, el general Bantz J. Craddock, dijo que la falta de seguridad en la región impide la inversión que provoca la falta de desarrollo económico, lo cual conduce, argumentó, a las fuentes de inseguridad e inestabilidad que han desatado la violencia o fenómenos como los maras. Por eso, dijo, “lo categorizamos como una amenaza”. En el lenguaje histórico de Washington, una amenaza es atendida directamente por ellos, con o sin la colaboración de los países involucrados.

Los datos fríos muestran con crudeza la realidad que vive América Latina, que se ha convertido en la región más violenta del mundo, con índices que duplican al de todas las naciones salvo aquellas destrozadas por guerras en África. Es decir, la violencia cobra más víctimas que en Irak, donde hay una guerra de ocupación, o en Afganistán, que vive situaciones similares. De acuerdo con estadísticas oficiales, hay 27.5 homicidios por cada 100 mil habitantes, y el 75 por ciento de los secuestros del mundo se cometen en esta región. De no existir esos índices criminales, se calcula que el Producto Interno Bruto sería 25 por ciento más alto. La inseguridad contribuye a que los gobiernos carezcan de mayores recursos para corregir el modelo económico de los 90 que no resolvió los problemas derivados de la disparidad: el 44 por ciento de los latinoamericanos viven debajo de los niveles de pobreza, mientras que el 10 por ciento de la población obtiene el 48 por ciento del ingreso, y el 10 por ciento de los más pobres obtienen apenas el 1.6 por ciento.

La conclusión fundamental es que el fenómeno de la violencia en la que se vive no se podrá combatir eficazmente a largo plazo si sólo se ataca desde el ángulo de la procuración de justicia. Enfrentarlo bajo la única lógica de la seguridad pública y nacional, es importante pero insuficiente. Nuevas políticas económicas de mejor distribución y repartición del ingreso tienen que ser instrumentadas si se quiere atacar las fuentes de la violencia, inestabilidad e inseguridad. Aquí no hay punto de retorno. O lo hacemos los mexicanos, o nos forzarán a hacerlo en la comunidad internacional. A todos atañe el problema y México, por una o por otra razón, está en el epicentro del mismo. No se puede perder tiempo, ni en el actual gobierno foxista, ni en el que venga en el 2006, cualquiera que este sea.

 

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