EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Todo bajo (des)control

Raymundo Riva Palacio

Agosto 17, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL

La Presidencia de la República declaró rotundamente este lunes que la seguridad nacional no estaba descontrolada, y que el hecho que hubiera violencia en algunas ciudades de ninguna manera significaba que el problema se extendía por todo el territorio. Qué importaba, podría haber dicho, que ese mismo días ejecutaran a dos mujeres en Matamoros, a una más en Chihuahua, en Reynosa y en Morelia, o que ejecutaran a cinco hombres en Sinaloa y, de colofón, que en Michoacán detuvieran a un juez con droga. Está claro que el vocero presidencial intentó minimizar el fenómeno de violencia que abrasa al país, hablando un poco con la verdad, pero mucho, en las omisiones, desinformó y engañó a los mexicanos.

Es cierto que la violencia no se extiende por todos lados, verdad tan contundente como el que inclusive en los países en guerra, las acciones militares nunca abarcan todo un país. Hay naciones en guerra donde amplias extensiones de sus territorios jamás son tocadas por el conflicto, y países envueltos en un clima enardecido de violencia que tiene regiones inoculadas de tan grande beligerancia. Ni siquiera en guerras civiles se llega a incendiar todo un país, como sucedió en la Revolución Mexicana donde comunidades como Zamora en Michoacán, se vio envuelta en la conflagración, mientras que por San José de Gracia, a unas cuantas decenas de kilómetros, nunca pasó el conflicto.

Pero un fenómeno de violencia no se puede medir por el número de puntos que afecta, sino por la calidad de esos puntos. En ese sentido, el vocero presidencial está totalmente equivocado. La violencia reciente impacta fuertemente al Distrito Federal, el corazón político y económico del país; Acapulco y Cancún, que son los dos principales destinos turísticos de la nación; y a Nuevo Laredo, que es la frontera comercial más importante del mundo y por donde entra el 50 por ciento del comercio con Estados Unidos. Observar cuantitativamente el fenómeno sin incorporar el ángulo cualitativo, es un error de cálculo monumental.

La violencia en los destinos turísticos empieza a impactar en la economía de los balnearios. El propio gobernador de Guerrero, Zeferino Torreblanca, ha venido repitiendo en los últimos días su preocupación porque el puerto de Acapulco se militarice, ahuyentando al turismo que genera dos terceras partes del ingreso estatal. Las fotografías de los policías municipales patrullando las calles se suman a las informaciones internacionales que empiezan a dar señales de alerta al mundo sobre el destino turístico más famoso de México. Todavía la industria no muestra el impacto económico del fenómeno, pero a nivel gobiernos empieza la preocupación. Acapulco aún no está en su radar, no así Cancún, donde ciudadanos de varias nacionalidades han sido asesinados en los últimos meses, provocando protestas diplomáticas.

Nuevo Laredo es la última joya real de la corona violenta mexicana, con una profusa difusión en los medios internacionales. Como botones de muestra, dos de los diarios estadounidenses más influyentes, The Washington Post                                           y The New York Times, han publicado este año 12 y 14 informaciones, respectivamente, mientras los principales periódicos texanos, The Dallas Morning News y The Houston Chronicle, han publicado número similar pero en dos meses. En otras partes del mundo, la violencia en esa ciudad mexicana también ha sido motivo de consignación, y en algunos medios, como El País de Madrid, le han dedicado planas completas al tema, o referencias importantes, como en diarios británicos.

En ciudades que no están en este momento en la marquesina, el impacto económico ya se ha sentido, como en Ciudad Juárez, donde el fenómeno de las mujeres asesinadas ha provocado un estancamiento tal que los empresarios piden que ya no se hable más del tema porque les está afectando severamente. En Monterrey, las autoridades estadunidenses advirtieron desde diciembre que se venía una temporada de ejecuciones dentro de la lucha de cárteles, que es lo que inundó de violencia Nuevo Laredo, Acapulco, Cancún, y tiene bajo tremendas presiones a Sinaloa y Sonora.

Los gobernadores de Arizona y Nuevo México, Janet Napolitano y Bill Richardson, pusieron en alerta los condados fronterizos por la violencia desatada del lado mexicano. El gobernador William Perry de Texas, a su vez, inyectó recursos humanos y económicos a la frontera con Tamaulipas frente a la violencia desatada, y el Departamento de Seguridad Territorial de Estados Unidos está preparando un plan de contingencia con una ayuda de 100 millones de dólares para equipamiento de los cuerpos de seguridad a lo largo de la frontera con México.

Las ejecuciones en México están dándose de manera recurrente y extendiendo su teatro de violencia en el país. A la Presidencia le puede parecer nimio lo que sucede, pero hacia el exterior, ese tipo de asesinatos en las calles de las grandes ciudades, con armas de alto calibre y frente a una autoridad que parece rebasada, proyecta una imagen de gran inseguridad, pegando a la realidad mexicana la percepción. La primera habla de una gran violencia focalizada en ciudades importantes; la segunda que esa violencia focalizada en ciudades importantes, no va a la baja por la acción del gobierno, sino al alza. La ecuación simple, para quien no entiende de complejidades ni matices, lleva a la construcción de que México no es un país seguro. Lo más curioso, empero, es que esta ecuación simple quien parece menos comprenderlo es el gobierno federal. El problema es que, actuando en consecuencia, le van entregando gradualmente el territorio nacional a la delincuencia organizada.

 

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