EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Y faltan 15 meses

Raymundo Riva Palacio

Agosto 31, 2005

 ESTRICTAMENTE PERSONAL

En su penúltimo informe de gobierno, el presidente Vicente Fox llega con problemas transferidos en el corto plazo. No hay nada en la agenda que lo tenga metido en una dinámica de confrontación con otros poderes ni polarización política que le afecte directamente; la discusión política más enrarecida se encuentra dentro del PRI y su archirival Andrés Manuel López Obrador está buscando desesperadamente colgarse de las críticas al ex presidente Carlos Salinas para ver si así regresa a los lugares prominentes de opinión pública. Cada quien está en su problema particular, y las únicas críticas con las que llegará son aquellas relacionadas con la intensa propaganda que desarrolló previo al informe, sobre sus obras de gobierno. O sea, nada nuevo bajo el sol.

Sin embargo, este aparente mar de tranquilidad para Fox no significa que su gobierno navegue firmemente hacia puerto seguro. Vive un espejismo con este oasis político que tiene que ver mucho más con que hace tiempo la sociedad política mexicana lo descartó como un interlocutor plenamente válido y activo, que con el factor que lo está haciendo lo suficientemente bien en la Presidencia. No hay que tallarse demasiado los ojos para ver que Fox ha tirado a la basura el 80 por ciento de su gobierno. Lamentar el desperdicio es tanto como criticarle ahora lo mucho perdido.

Fox ha sido, simple y llanamente, un desastre como Presidente. En su gobierno, sólo la ley de transparencia, que es muy importante, ha sido una contribución democrática. Fuera de eso, no ha construido ninguna institución democrática. Hoy presume de varias de esas instituciones, y critica en la propaganda a quienes las construyeron. Por ejemplo, la Suprema Corte es obra del gobierno zedillista, como lo es también la virtual liquidación de la mal afamada partida secreta; la Comisión Nacional de Derechos Humanos y el IFE son manufactura del gobierno salinista; la pluralidad parlamentaria comenzó en el lopezportillista y se amplió en el delamadridista; los medios comenzaron a luchar por la libertad que hoy gozan desde hace tres décadas. ¿Dónde está el cambio que pregona?

Dice en sus spots propagandísticos que él es el primer presidente en más de 70 años al que la gente le puede exigir. No es cierto. A varios más antes también les exigieron, pero a diferencia de Fox, le hicieron más caso. Tanto más que es gracias a todos esos cambios que tantos pujaron contra los gobiernos priístas por ellos, que Fox fue electo Presidente. Este Presidente no entiende mucho de cambios, y cuando se le exigen, si no le gustan, responde que son llamados nostálgicos del autoritarismo. Con esa frase la argumentación esconde lo que sí lo ha caracterizado en lo que va del sexenio: una mano débil y un carácter blandengue. Sólo asustado escucha lo que le gritan en las calles. En este comportamiento nunca se ha extraviado, y basta que le suban los decibeles al discurso para que se arredre. Pero en lo demás, qué calamidad.

Descarriló la política interna, con un secretario de Gobernación altamente incompetente que ahora quiere ser Presidente y terminó de desmantelar la exterior al acceder a caprichos de un ex canciller de pies de barro que, como joya de su corona, echó por la borda la relación de Fox con el presidente George Bush y destruyó la política con el comandante Fidel Castro. Metió en crisis a la seguridad pública con un secretario ahora convertido en rector universitario que hizo de esa política un ejercicio sanguíneo, rompiendo todo lo construido en años anteriores, y elevó la vulnerabilidad de la seguridad nacional paralizando al Ejército porque, una de sus primeras ocurrencias, fue poner a los militares en el banquillo de los acusados por crímenes de Estado hace más de tres décadas, pensando que haciéndolo mostraría que él sí era diferente a los demás. Nunca supo negociar con el Congreso, por lo cual no sacó ninguna reforma estructural que tanto prometió a los extranjeros, que terminaron decepcionados y molestos con sus ofrecimientos incumplidos, pero fue altamente susceptible a presiones, cancelando la apertura de la radio y televisión, que estaba totalmente terminada, y vetar la reforma fiscal de Pemex, que cambiaría para siempre el estado financiero de la empresa, porque le gritaron desde Hacienda que no se atreviera. La síntesis es la de un Presidente rehén de su gabinete.

Débil de carácter, las personalidades fuertes le imponen, como el daño irreversible que le causaron las aspiraciones políticas de quien convirtió en primera dama, Marta Sahagún. El entorno también ha dañado a este Presidente que se siente más a gusto hablando de ranchos e implementos para la agricultura que de proyectos de nación, como es el caso particular de su familia. De acuerdo con la abundante información que aportaron las periodistas Anabel Hernández y Arelí Quintero en su reciente libro La familia presidencial, sus familiares, directos y políticos han tenido una asombrosa metamorfosis socioeconómica en lo que va del sexenio, que son riquezas que tendrán que explicar más adelante y de las cuales él mismo no parece estar ajeno. En esto, como asegura en sus spots, sí ha cambiado a la Presidencia: devaluó la figura presidencial y la convirtió en material excelso para cómics y parodias.

Pero no modificó a la institución y perdió la oportunidad de haber construido una Presidencia fuerte, que hubiera ayudado a la democracia al nivelarla en poder con el Judicial y el Legislativo, acotando el poder de su titular. Tampoco es nada nuevo. Fox ha perdido demasiado tiempo en ociosidades y palabras huecas, en frases grandilocuentes para pedirnos, tácitamente, que le agradezcamos lo que ha hecho por los mexicanos. Para nada. Lo avanzado ha sido pese a él; lo sorprendente, que no hayamos ido para atrás. Pero no cantemos victoria, todavía le quedan 15 meses para lograrlo.

 

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