La calle de las tentaciones
En esta película estadunidense de 2002, dirigida por Lisa Cholodenko, ni se ubica bien alguna calle ni aparecen tantas tentaciones como dice su título. La tentación es la que sí podría merecer el título pues es lo que subyace en la historia que nos cuenta sobre una joven pareja, ella con un destino bien definida como investigadora de genomas en el proceso de terminar su tesis y con la perspectiva de seguir una carrera académica bien dirigida o administrada por su acomodada familia, cuyo padre sólo piensa en términos de status económico.
Ella, joven y obviamente, parece desconocer otras relaciones o situaciones que las de su planificada vida. Su familia acepta su noviazgo con el joven académicamente prometedor pero de un status indefinido, no muy del gusto de los padres que se resignan a que vayan a vivir juntos cerca del hospital donde él hace su internado. El lugar que él puede ofrecer para que vivan, trabajando él y escribiendo su tesis ella, es la casa de su madre quien rompe los esquemas de vida de la pareja: es directora o productora de un grupo rockero y se ama intensa pero libremente con el joven vocalista del grupo con tiene una “conexión profunda”, como pocas ha tenido, según el inventario que hace con el hijo.
El hijo, inminente médico, guarda desagradables recuerdos de todas las parejas que le ha conocido a su madre, de ninguno de los cuales tiene algún grato recuerdo y en el fondo siente un reproche contra ella. Teme que su estilo de vida le moleste a su novia y al ver las sesiones del grupo, ambientadas con mariguana y wisky. La madre liderea al grupo, es informal, franca, abierta y, según la trama que se presenta, se espera sea de una personalidad atractiva y seductora, lo mismo que el vocalista, pero no logran cautivar al espectador y convencerlo de su capacidad de producir mayores tentaciones. Pero no pasa lo mismo con la actriz, que supongo por contrato debe caer en tentación. Y cae profesionalmente en ella, para cumplir su cometido.
Después de varias sesiones de grabación en las que prueba la mariguana compartiendo la seducción casi bohemia del grupo, la joven forza al vocalista a mostrar más inspiración y éste compone una balada romántica, con la que se hace el “clic”, al tiempo que las relaciones con su novio las lleva con una indiferencia y distanciamiento creciente, carente de atractivos seductores que la ponen a pensar a contrapunto. El por su parte traba amistad con una compañera del hospital con quien plantea sus preocupaciones clínicas pues apuntan para psiquiatras. Esta que además es atractiva y lo ve con buenos ojos, lo pone en su mira y llegan al momento de proponerse el sexo como una tentación mutua.
En la escena de la tentación, la joven desde el interior de la casa ve como el vocalista y la madre se acarician abrazados dentro de la alberca nocturna, la llaman y la invitan a meterse con ellos, como no acepta, jugando la mojan y la hacen meterse a la alberca y después de un juego dentro del agua, se atraen, se miran, se abrazan y besan entre los tres. De la rutina conventual, la joven pasa a la tentación bisexual, casi por puro aburrimiento, sin más glamour que el que puede lograr la cámara rodeándolos en close up. Aunque la película no está mal armada, pues las fallas formales y elementales ya no las comete el cine estadunidense, lo que no levanta a la película es la falta sensibilidad de actores y director, materia cualitativa que no se resuelve con dólares. La historia que no lo es tanto, sino un intento de “reconstrucción” de una situación vivencial, deja sin respuesta todo lo planteado, simbolizado quizá por las burbujas que saca el joven al sumergirse en la alberca en el momento de tomar determinaciones en torno a todas las tentaciones que le rodean.
