Con los temblores que se replican cientos de veces en la Costa Chica de Guerrero, y el secuestro del presidente Nicolás Maduro por parte del ejército estadunidense en Caracas, Venezuela, parece que el año nuevo se anuncia demasiado movido, y parece que los únicos con la fortuna de celebrar algo somos los mexicanos quienes hemos dejado para la historia los ocurrentes aumentos de precios a que nos acostumbraron los neoliberales en esa larga noche de su gobierno.
Por eso me alegro de que en Zihuatanejo solo los revendedores de bolillos que caminan por la calle hayan aumentado tres pesos a su mercancía y ahora valga 10 pesos la pieza de ese producto que ha pasado a ser de consumo popular.
Así las cosas, si nos fijamos bien, la vida sigue cumpliendo sus ciclos. Por ejemplo los cerezos de mi calle, que planté hace hace 15 años, recibieron el año estrenando follaje. En una semana se deshicieron de las hojas viejas tapizando el suelo. Junto a su renovada fronda brotaron pequeños ramos de flores blancas y menudas, eso parece alegrar a los pájaros que cantan desde el amanecer adivinando la proximidad de sus frutos.
Los almendros en cambio parecen cansados de su permanente cambio de hojas, pero no dejan por eso de florear todo el tiempo, dando tarea a las abejas que desde temprano y hasta el atardecer no dejan un día de libar el néctar dulce de sus flores.
El clima refrescó también en el nuevo año y he seguido pendiente cada día lo que nos dicen las cabañuelas cuyo veredicto es que tendremos buena temporada de lluvias que empezarán en el mes de junio, con algunas atípicas en octubre.
En mi paseo matutino para encontrarme con el mar veo los cambios del año en los árboles frutales del camino. Los árboles de mangos estrenan sus racimos de frutos verdes colgando de sus ramas.
Sólo los guamúchiles se han adelantado con sus vainas entre verdes y rojas, enroscadas y maduras hasta reventar, dejando caer al suelo su pulpa que es un “arilo” generalmente blanco, algunos pocos rosado y otros de un rojo llamativo. Todos guardan en su interior una semilla delgada, dura y negra que a nadie alimenta como tal pero que da origen a nuevas plantas.
Los guamúchiles son comida que atrae a las chachalacas del cerro Viejo, las que bajan volando de par en par hasta los árboles de la ciudad, en una ruidosa fiesta de chac, chac, chac, con sus largas colas obscuras y su cuerpo esbelto como pollas. Van por las pepas blancas y rojas que cuelgan de los guamúchiles.
Los vecinos con mascotas son los primeros en llegar al parque lineal, pero también los deportistas de todas las edades, unos trotando, otros caminando, algunos en bicicleta otros en patines, todos van y vienen.
El que nunca falta es el repartidor de frutas y verduras con su triciclo hasta el tope. Ahora viene la señora que apenas puede cargando semejante pescado cuyo cuerpo exhibe a la mitad de su bolsa improvisada. Ella viene del muelle y dice que aprovechó el precio casi regalado del pescado.
Y mientras camino respondiendo los saludos habituales del señor que pasa siempre alegre con su vaso de café en la mano, y el del cura jubilado que pasa montado en su bicicleta.
La mejor parte del trayecto sigue siendo la calle Josefa Ortiz Téllez Girón, que comienza en la esquina del paseo del Palmar, a media cuadra de la plaza Kioto. Es la colonia La Madera, y son apenas cien pasos que camino con el suelo tapizado de hojarasca de las parotas, ceibas gigantes y los guamúchiles que la resguardan y nos cubren de frescura y sombra. (Por cierto que recibimos con beneplácito el exhorto del Congreso del estado para que las autoridades ambientales incluyan a la parota como especie en riesgo como recurso natural que requiere ser protegida).
En seguida se llega al andador que desemboca en el mar y que muchos paseantes recién llegados buscan con afán arrastrando sus maletas.
En este año que comienza abundan los grupos de turistas canadienses que caminan Zihuatanejo como cualquier vecino, y claro que su número no se compara con los cientos de visitantes del Bajío que llegan en autobuses rentados los fines de semana. Pero esta es la característica del puerto donde nos alegra vivir y tenemos que compartir.
Así, llego por fin a La Pedreguera, en el extremo de la playa y del Paseo del Pescador donde el público es mayormente de mujeres esforzadas haciendo yoga.
Lo primero que me atrae en mi paseo por la playa es el par de garzas blancas que pocas veces veo aquí. Se trata de madre e hija, por su tamaño, pacientes y quietas que lucen como adorno de las piedras su plumaje blanco. La mayor de pico negro y patas amarillas con sus rodillas nudosas y negras, la menor de pico amarillo y patas negras, ambas inmóviles, esperando que se aparezca alguna presa.
El mar ha traído hasta la orilla de la playa una capa de sargazo que los trabajadores municipales recogen en carretillas, y cuento hasta 40 pelícanos que vuelan en fila, cruzando la bahía, como si estuvieran dejando sus nidos en la playa de La Ropa, atraídos por la pesca hasta la orilla del cerro del Almacén.
Llego donde hay una piedra de respaldo que me aísla de los que caminan y me acerca al mar donde ahora tengo a la vista al enorme barco crucero que llega a la bahía en un silencio absoluto, como si respetara el sueño de los porteños, pero luego el silencio se interrumpe cuando las cadenas liberan sus anclas de la proa, ya estacionado frente al Capricho del Rey.
Como si fuera un ritual, entonces tomo mi turno en el agua tibia y relajante de la poza que es como caricias de las olas que vienen y van.
Mirando el entorno desde mi lugar en las rocas, voy dando cuenta de lo que me rodea, ejercitando a mi ojo como lo propone Federico Nietzsche, hasta que aprende a esperar pacientemente, entonces aparece frente a mí el milagro del pez volador que irrumpe sobre la superficie del mar.
Antes he visto en mi poza el diminuto pez azul y solitario que casi siempre viene a saludarme.
Después de media hora salgo del mar asumiendo el reto de caminar erguido sobre las piedras lizas sin resbalarme, hasta la orilla donde, sentado, espero a secarme el agua para vestirme mientras leo y luego regresar a mi casa.
Casi llegando nuevamente a la plaza Kioto
Con esta historia saludo el nuevo año y a mis lectores deseándoles lo mejor para sus vidas.
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