
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez
(Cuarta y última parte)
Qatar 2022
La Obrera
El edificio al que me he mudado ocupa un terreno largo y angosto en una esquina. En la planta baja funcionan talleres de impresión que prenden sus máquinas sin falta desde las cuatro de la mañana. Los nombres de las calles que rodean el edificio reúnen distintas épocas: Isabel la Católica, reina de Castilla; Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, un cronista nahua descendiente de los gobernantes de Texcoco; Lucas Alamán, un político e historiador mexicano del siglo XIX. Y Victoriano Salado, periodista e historiador jalisciense nacido también en ese siglo. La colonia recibió el nombre de Obrera porque durante las primeras décadas del siglo XX se instalaron allí fábricas y viviendas de trabajadores.
Este departamento es el lugar con más ventanas en el que he vivido desde que me mudé a la Cdmx. Así me entero del vecino que baila mientras tiende su ropa y cuelga sus banderas del Club América cuando hay partido. Así también me sé los horarios que tienen los vecinos de atrás para cenar o para hacer el amor antes de comer. Es la primera vez que vivo tan cerca del centro de una ciudad. Camino por todos sus rincones con miedo provinciano. Me inquietan sus calles tan llenas y luego tan solas a partir de las ocho de la noche, y luego de nuevo ocupadas por transeúntes de caminado seco. A veces yo soy el sigiloso y he aprendido a caminar por esta ciudad que es bastante más vieja de lo que aparenta.
La hora de la comida
Mis amigos me enseñan dónde venden qué cosas en el centro, por qué calles sí y por qué calles también, y por qué en esa esquina lloró Cortés y por qué en esta otra se vende el mejor pulque de la ciudad. Diría que, en los tres años que llevo viviendo en la capital, esta es la primera vez que entiendo la estridencia y el susurro que tanto hacen que la gente se reúna en sus orillas. He comprado plantas y me gusta comer taco de grillo con aguacate. Explicar la delicadeza de una patita de grillo crujiendo en maíz azul es complicado, pero me gusta que esta sea mi vida.
Afuera del Aurrerá que está cerca de mi casa, un señor, su esposa y sus cuatro niños se ponen a vender muebles de madera todos los sábados. Me gusta hablar con él porque me recuerda a mis tíos de Chihuahua. Es un hombre de la misma edad que yo, pero yo lo percibo con la vida más trazada, sobre todo cuando regaña a sus hijitos, que no dejan de jugar a atraparse en el estacionamiento de este supermercado. Le pregunto en qué lengua habla y me dice que su familia viene de unas montañas de por allá arriba, en Puebla. Me describe el paisaje y su mujer solo sonríe mientras arrulla a su bebé de pecho y le da el cambio a una señora.
Cuando no hablo con Pablo y su familia, yo voy a mi propio trabajo cerca de la colonia Juárez. Allí los edificios tienen los vidrios azulados y la gente camina con prisa, pero a la vez no. De vez en cuando, al terminar la jornada, voy a un restaurante de comida alemana que se llama Fritz. Otros días como en el mercado una comida corrida y me como varias tortillas hechas a mano hasta que mi plato parece que lo acaban de enjuagar.
Hace años que no tengo televisión en donde vivo, así que cuando estoy en la fonda es que me entero de cómo son los comerciales. Este año apenas tengo idea de quién hará qué en el Mundial. Dicen Qatar o Catar. Dicen Messi y Cristiano. Dicen Neymar y Mbappé. Dicen la Selección Mexicana, Memo Ochoa y el Chucky Lozano. Pago mis treinta pesos, me termino el vaso de agua de jamaica y sigo hasta el Barrio Chino, donde me como un pan de colores y saludo a un gatito mecánico que levanta la pata sin descanso.
Las luces navideñas al mayoreo y menudeo van desplazando a las decoraciones del Día de Muertos, aunque uno que otro niño aferrado a su disfraz de príncipe sigue asustando a transeúntes como yo en una esquina. Mi vida es la de siempre: recorro las mismas calles y hago los ademanes adecuados según el vendedor o la persona atrasada que me pregunte la hora.
Las semanas pasan y el Mundial empieza a ordenar las conversaciones y mis horas de comida. Yo estoy distraído pensando qué plantas comprar y dónde acomodar los libros que he reunido. Cuando algún conocido me cuenta sobre un juego, repito lo que escuché unas horas antes en una fonda y consigo salir del apuro. No tengo opiniones sobre Argentina ni sobre Alemania. A veces me pregunto qué significa ser el mejor del mundo en algo; sin embargo, el mundo ha sido demasiado grande y yo acomodo mi sala y riego con cuidado mis macetas.
El intercambio
Para los primeros días de diciembre, México ya está eliminado. También Alemania y Bélgica. Japón y Marruecos han dejado de parecer accidentes y Argentina sigue avanzando, como si la derrota contra Arabia Saudita hubiera ocurrido en otro torneo.
El viernes 9 de diciembre hacemos un intercambio de regalos en la oficina. Sobre una mesa acomodamos vasos de plástico y paquetes con nuestros nombres escritos a mano. Algunos compañeros acercan sus sillas a una computadora porque Croacia juega contra Brasil. Yo entro y salgo del cuarto. Cuando regreso, Brasil ya ha quedado eliminado por penales. Los demás hablan de Neymar, del portero croata y de la injusticia de que un equipo pueda dominar un partido y perderlo en unos minutos.
Más tarde juegan Argentina y Países Bajos. Ya hemos abierto los paquetes y sobre la mesa quedan unas bolsas de frituras y vasos a medio terminar. Virgil van Dijk se mueve con una elegancia, como si su cuerpo le obedeciera en todo momento y ninguna voluntad pudiera escapársele por los pliegues de la camiseta. Messi pone un pase entre varios defensores para el primer gol de Argentina. Después marca de penal y corre hacia el banco neerlandés para hacer el Topo Gigio.
Argentina tiene la ventaja y la pierde en los últimos minutos. Nadie trabaja del todo. Cada grito hace que alguien abandone su escritorio y se acerque a la computadora. El partido se alarga hasta los penales y Argentina termina avanzando. Cuando todo acaba, mis compañeros discuten las provocaciones y las faltas sin marcar de Messi.
En el intercambio yo regalo La vida instrucciones de uso, de Georges Perec. Un compañero comenta que parece el título de un libro de autoayuda. Al inicio quiero desmentir su comentario y precisar que no lo es, que cuenta las vidas contenidas en un edificio, pero la conversación vuelve pronto al partido y yo solo respondo que, a su manera, lo es. A mí me regalan Julio Cortázar y Cris, de Cristina Peri Rossi. Hojeo algunas páginas y alguien me dice que le haga una pregunta al libro. Finjo que sí le pregunto y lo abro al azar. En la página 67, Peri Rossi cita a César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. Como no hice una indagación verdadera, tampoco sé qué hacer con la respuesta.
Cierro el libro y lo guardo en mi mochila.
Regreso a la Obrera. En los teléfonos de quienes viajan conmigo en el metro aparece una y otra vez el gesto del Topo Gigio que hace Messi intercalado con la cara de Riquelme. Cuando llego al edificio, las imprentas siguen trabajando y, en una esquina, el hombre que junta latas se persigna junto a la Virgencita. Antes de dar vuelta en Victoriano Salado y salir a la avenida 20 de Noviembre, recoge del suelo una botella llena de un líquido que no distingo. La abre, huele el interior y, en respuesta a su contenido, la avienta contra el muro donde todavía se lee “Vota Verde”, junto al tucán del partido.
Al llegar a la puerta de mi edificio, leo un anuncio que invita a la gente de la cuadra al rezo y a la fiesta de esa misma Virgen, que se celebrará en unos días. En el pasillo me encuentro a mis vecinos. Intercambiamos saludos brevemente. Si son puntuales como yo, empezarán a preparar la cena contra el muro.
12
Escucho cohetes y gente entrando y saliendo del edificio. Mi casera me invita a bajar por tamales. En la calle, los niños corren y las señoras interrumpen sus conversaciones para regañarlos mientras se pasan la comida y los vasos de agua fresca. Varios vecinos asisten a la celebración con playeras de futbol, aunque debo decir que la más interesante es la de un vecino que porta, con un orgullo casi nacional, la playera del extinto club Jaguares de Chiapas. Quisiera preguntarle por qué, pero, en todo caso, después de que me respondiera no sabría cómo continuar la charla. Una montaña de platos y vasos de unicel se amontona en la esquina, pero el perímetro alrededor del altar aparece, como me enseñaron en el catecismo, inmaculado y lleno de flores.
Regreso a mi departamento.
La final
Al lado de mi edificio hay un motel. Como los moteles que se van alineando desde el centro de la ciudad por la calzada de Tlalpan hasta el sur, donde está el Estadio Azteca, siempre está solicitando recamaristas. Junto al motel hay una lechería Liconsa y, al lado de esa lechería, un parque donde siempre hay niños jugando futbol.
Hoy ya he salido de vacaciones. Francia y Argentina juegan el domingo y, en unas horas, tengo que empezar mi viaje para visitar a mi familia. Aunque aún no tengo listo nada, me detengo a observar a los niños. Cada vez que veo jugar a otros niños no puedo dejar de pensar en mis hermanos.
Las porterías están marcadas con mochilas y, como casi siempre, al niño más pasado de peso lo han puesto de portero. Los equipos parecen armados según las playeras escolares: de un lado los de secundaria técnica y del otro los del Bachilleres. Unos dicen que van diez a cuatro y otros que están empatados. Cada vez que alguien mete gol se quita la playera y corre junto a la reja como si detrás hubiera una tribuna. Los demás lo persiguen mientras los del otro equipo dicen que el gol no cuenta porque una de las mochilas se movió. Entonces resuelven todo con un gol gana.
Me doy cuenta de que ambos equipos están formados por hermanos. Los mayores les gritan a los menores que se abran y los menores corren hacia donde está la pelota. Uno le reclama a su hermano que nunca le pasa el balón. Otro lo empuja después de una falta, pero los dos vuelven a correr cuando la jugada pasa junto a ellos.
La pelota choca contra la reja y sale botando hacia la avenida 20 de Noviembre.
—¡Bolita, señor, bolita, por favor! —me gritan.
Y yo, el señor, me pongo a correr, todo bofeado, esperando que no cambie el semáforo antes de alcanzarla.
Lo consigo y la devuelvo por encima de la reja con un balonazo que casi vuelve a sacarla del parque. Los niños acomodan las mochilas y vuelven a pactar:
—¡Gol gana, pues! ¡Gol gana!
Todos se acomodan para la última arenga cuando un grupo de señoras llega con una bocina para ocupar la cancha con sus ejercicios de zumba.
Hay una disputa en el centro.
La bocina se enciende.
Suena Shakira.
Señoras 1, niños 0.


