
Anituy Rebolledo Ayerdi
El nuevo siglo XX, con el presidente Porfirio Díaz en plena borrachera centenaria, encuentra un Acapulco cubriendo apenas sus necesidades educativas. A la escuela para varones llamada Miguel Hidalgo y Costilla se le ha sumado, a regañadientes, una escuela para niñas dirigida por la maestra Hipólita Orendáin. Ambas localizadas en la calle México (hoy Cinco de Mayo) esquina con el callejón de El Mesón (hoy Mina). Más pronto llegará el remolino y las alevantará, como dice el corrido. Lo primero que hacen los alzados es desalojar a ambas instituciones educativas para utilizar sus albergues como cuarteles y caballerizas.
Pero no todo terminará allí. La paranoia del atoyaquense general Silvestre Mariscal llegará al extremo de declararse gobernador del estado de Guerrero y hacer de Acapulco su capital. Será entonces cuando dicte la militarización de la Miguel Hidalgo, vistiendo al alumnado con el uniforme caqui de la milicia. Y no sólo eso, lo dota de fusiles, de madera felizmente, con los que los infantes marchan y juegan a las guerritas con los clásicos sonidos guturales de ¡pum!, ¡pum!
El castigo de la indisciplina será también castrense con plantones de dos horas con fusiles en posición terciada. Tampoco faltarán los sablazos en la espalda con el espadín de Mariscal, según recordaba Jorge Joseph Piedra ex alcalde de Acapulco.
Finalmente, la Miguel Hidalgo, dirigida por el profesor Miguel Carrillo Robledo, encontrará acomodo en una casa localizada en la esquina de los callejones El Brinco y El Mesón (Galeana y Mina) prestada generosamente por don Simón Chamón Funes, personaje icónico del puerto. Por su parte, la escuela para niñas lo tendrá en una casa de la calle 5 de Mayo.
La maestra Chita Jiménez

La profesora Felícitas Victoria Jiménez Silva –pequeña, espigada, muy blanca, ojos cafés y cabello largo, egresada a los 18 años de la escuela Normal de Tixtla, su tierra natal–, cumple en Acapulco su primer contrato laboral. Llega al puerto en 1905 para hacerse cargo de una docencia en el confesional Colegio Guadalupano, sostenido en la calle Roberto Posada por el cura de la parroquia Leopoldo Díaz Escudero. La acompañan su señora madre doña Benigna Silva y su hermana Gregoria.
El Colegio Guadalupano tiene cubierto su cupo con niñas de la colonia española por lo que resulta imposible encontrar alguna morenita. Primera actitud discriminadora con la que no estará de acuerdo la maestra tixtleca, quien pronto se confrontará con la directora del plantel, la profesora Nicolasa Vizcarra.
La profesora Jiménez Silva tampoco está de acuerdo con la intromisión del patronato del plantel en la cátedra, particularmente en la de biología con la omisión de los órganos reproductores. Censura, también, que se dedique más tiempo a rezar que a la lectura y muy especialmente que en lugar del Himno Nacional se cante el “somos cristianos, somos guadalupanos”, con la tonada de la marcha real española. En general, que la enseñanza que se ofrece riña con la realidad. El choque con la directora Vizcarra será brutal y no le dará a Chita otra opción que la renuncia.
Ya sin compromisos, la maestra Chita dedicará todo su tiempo a su lucha por una escuela para niñas, siempre acompañada por un numeroso grupo de madres y padres de familia. Para ellos un 6 de enero de 1906 será de júbilo y alborozo al recibir el anuncio por parte del gobernador del estado, Manuel Guillén, que la escuela anhelada será pronto una realidad, Adelanta que el nombre del tixtleco Ignacio Manuel Altamirano es el que hubiera propuesto. El solo anuncio se recibirá como un regalo de reyes para la niñez acapulqueña.
Un primer escollo en tan magnífico proyecto educativo será el de conseguir el número necesario de maestras. ¿Profesores? ¡Ni lo mande Dios, son muy arrechos y se trata de niñas!, coinciden varias señoras. El problema será superado recurriendo a educadoras particulares, quienes más tarde, bajo la dirección de Chita Jiménez, sacarán un excelente primer año. Ellas: Amelia Alarcón, Ambrosia Bocha Tabares, María de la Cruz Martínez, Aurora Apreza y Ernestina Tina Clark. Se sumarán más tarde: Rosaura Chagua Liquidano, Paula Velarde, Andrea Oliver. Emilia Lobato y Pachita Merel.
Los desfiles
Los desfiles cívicos del 5 de Mayo y 16 de Septiembre de cada año, recuerda el cronista Carlos E. Adame, eran encabezados por el alcalde seguido por el personal del Ayunta-miento. Participaban únicamen-te dos escuelas, la Altamirano para señoritas y la Miguel Hidalgo para varones, en un recorrido por dos o tres calles céntricas de la ciudad.
En uno de tales eventos, el 5 de mayo de 1920, el cañonero Guerrero vomita accidental-mente fuego sobre la ciudad y uno de los proyectiles, diri-gidos al Fuerte de San Diego, se desvía para caer cerca de la columna del desfile. Hay terror y desbandada particularmente de las columnas escolares. Será ella, profesora Chita Jiménez quien controle primero la caótica situación y una vez cerciorada de que no hay víctimas, organizará una movilización para pedir castigo para los irresponsables autores del bombazo.
Albergues
La Escuela Primaria Ignacio Manuel Altamirano ocupa una vieja casona de la calle Cinco de Mayo, junto al edificio Alzuyeta, célebre por haber sido diseñado por el francés Gustavo Eiffel, autor de la emblemática torre parisina que lleva su nombre. No por mucho tiempo, ciertamente, pues será desalojada violentamente, otra vez, en esta ocasión por órdenes del gobernador del estado, ingeniero Damián Flores, quien había vendido la sede escolar a la empresa gringa Mexican Pacific Company, contratada para construir el ferrocarril México-Acapulco. Se ha de decir que para Damián Flores, último gobernador porfirista, “la educación hacía daño a los guerrerenses, volviéndolos rejegos, flojos y violentos.” Fue propietario del Teatro Flores, en la calle Independencia, en cuyo incendio murieron 300 acapulqueños.
La nueva residencia de la Altamirano se ubicará en la calle de Las Damas (luego Guerrero y más tarde La Quebrada). Una casona que había albergado a la Aduana Marítima de Acapulco, propiedad de los hermanos Uruñuela, quienes cooperan con la causa cobrando una renta mensual de sólo 20 pesos. El inmueble se desploma con el temblor de 1934, felizmente en domingo, y las clases se reanudan en la 27 Zona Militar, ocupando la fortaleza de San Diego.
Casa para la Altamirano, finalmente
Las gestiones para la construcción de un edifico propio serán intensas, siempre con Chita Jiménez a la cabeza. Pronto, finalmente, se inician las obras en la calle de La Quebrada. Corre el último año del gobierno del presidente Abelardo L. Rodríguez (1932-36) y la espera de 14 años será tan larga como ignominiosa. Terminará cuando el presidente Miguel Alemán Valdés y el gobernador del estado Baltazar R. Leyva Mancilla, inauguren la tan esperada construcción. Ambos políticos se referirán a la maestra Chita como una mexicana excepcional, merecedora de todos los reconocimientos por su entrega a la educación de los niños. Le piden perdón por la tardanza.
No obstante, serán sentidas y calurosas las manifestaciones de agradecimiento expresadas por todos los acapulqueños orgullosos de su Altamirano. No faltarán, sin embargo, los reproches por tan insólita tardanza. A ello aludirá el secretario de Educación Pública, Manuel Gual Vidal, culpando de tal tardanza a la empresa Techo Eterno Eureka, propiedad de Manuel Suárez, dueño aquí de la barranca de La Laja, a quien promete multar.
La nueva directora del plantel, la chilpancingueña Carolina Vélez viuda de Leyva, presenta a Chita Jiménez como maestra de manualidades, atendiendo a su fama de “bordar como los propios ángeles”.
La blusa azul
Vestir el uniforme blanquiazul de la Altamirano , primero fue una aspiración hoy mismo un timbre de orgullo.
Chita Jiménez:
Mujer agraciada, se dijo, Chita Jiménez pudo haber inspirado a Tata Nacho cuando canta:
Menudita como flor de campo
Con tus ojos grandes de capulín,
Esbeltita, como una varita
de nardo fragante al amanecer.
Y no es que Chita no se haya casado por falta de pretendientes, dice su sobrina, Aurora Jiménez. Si nunca contrajo matrimonio ni tuvo hijos fue por su entrega total a su familia, a sus alumnos, niños y niñas, y a su escuela Altamirano. Cada uno de sus sobrinos y cada uno de sus alumnos fueron para ella sus hijos, sostuvo.
Deceso
Al morir aquí, el 4 de diciembre de 1960, la maestra Chita había recibido todos los reconocimientos a los que puede aspirar un profesor mexicano. Se sentía particularmente orgullosa de sus medallas con los nombres de sus paisanos, Adolfo Cienfuegos y Camus e Ignacio Manuel Altamirano. Esta última la había recibido meses atrás de manos del presidente Adolfo López Mateos, por medio siglo de actividad docente. Ella misma dará nombre a una presea que otorgaba el Ayuntamiento del presidente Ricardo Morlet Sutter, para reconocer la entrega magisterial.
Cuadro de honor de directores y maestros de la Escuela Ignacio Manuel Altamirano
Fidencio Tellechea, Petronila Blas Cortina, Galdina Vega Pérez, Cirenia Leyva, Joaquín Nava, Raúl Vélez Peralta, Vicente Ríos, Miguel Chavelas, Francisco Pastor, Magdalena Martínez, Ángel Mata Medina, Orlando Morales, Roberto Abundez Olea, Roberto Fuentes Martínez, Pedro Robledo, Elizabeth Chávez, Ernestina Blas Cortina, Emilia Moreno Ugarte, Eloína Ramírez Hernández, Ever Alarcón, Abdón Díaz Labra, María de los Ángeles Cabrera, Rafael Sánchez, Emilia Moreno, Chavelita Maldonado, Esperanza Chávez, Alberta Cortés, María Alba Alarcón y Silvia Maldonado González.


