
Gaspard Estrada
La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro a manos de un comando del ejército de Estados Unidos –contra los principios básicos del derecho internacional– constituye un hecho político y diplomático de gran alcance, cuyas consecuencias irán mucho más allá de las fronteras de Venezuela.
Sin embargo, la caída repentina de Nicolás Maduro no implica hasta ahora un cambio de régimen –su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, ha sido reconocida por la administración de Donald Trump. Para Washington, las experiencias traumáticas de Irak, en 2003, y de Libia, en 2011, en las cuales el cambio del régimen se tradujo en un vacío de poder que contribuyó al caos que vivieron esos países, sirvieron de aviso de lo que era preferible evitar, al menos en un primer momento. A cambio de mantener el orden, basado en una arquitectura militar, policial y económica profundamente firme, los dirigentes del madurismo consiguen mantener el control del país. La pregunta que podemos hacernos ahora es saber si este movimiento es el preludio de una transición ordenada, con la perspectiva de una nueva elección presidencial, o si bien las cosas se mantendrán como están, pero con un nuevo actor central: Estados Unidos, en vez de China, Rusia o Irán.
En este sentido, la resaca de este golpe político ha sido inmediata en América Latina. Gobiernos que mantuvieron una relación ambigua con Caracas –por afinidad o pragmatismo– se ven obligados a redefinir sus posiciones. Pensamos en particular a los países con fronteras con Venezuela, o que disponen de una nutrida población migrante en su país.
Para Washington, queda claro que la captura de Maduro ha sido presentada como una victoria estratégica, reforzando su narrativa de restauración de la doctrina Monroe en el hemisferio occidental, esta vez con el “corolario Trump”. Sin embargo, este triunfo tiene un costo altísimo para Estados Unidos: su política exterior ha quedado aún más expuesta a la acusación de doble estándar, especialmente en un contexto de tensiones crecientes, como la reiterada voluntad de anexión de Groenlandia, que ha generado inquietud en aliados europeos y revivido debates sobre soberanía y derecho internacional.
En Europa, el efecto es igualmente contradictorio. La Unión Europea ha celebrado por la vía de un comunicado de prensa el fin de un régimen sancionado, pero enfrenta una paradoja estratégica. Mientras apoya el principio de integridad territorial y el orden internacional basado en normas frente a la invasión rusa de Ucrania, no tiene la capacidad política de enfrentar realmente a Donald Trump, temiendo que este último deje de respaldar a Ucrania. Sin embargo, si permite que el caso venezolano siente precedentes que normalicen cambios de régimen impulsados desde el exterior, la credibilidad europea quedará en juego, especialmente frente al Sur Global.
La reacción de Rusia es clave. Moscú ha utilizado a Venezuela como plataforma de proyección política y militar en América Latina. La caída de Maduro representa una derrota estratégica indirecta para el Kremlin en un momento en que su capacidad de proyección global está ya tensionada por el conflicto en Ucrania. Pero al mismo tiempo, la acción de Washington en Venezuela le da a Rusia espacio para pretender realizar algo similar en Ucrania.
El interés principal de China en Venezuela ha sido económico y energético. Un cambio abrupto de régimen pone en riesgo sus inversiones en el país, en particular en materia petrolera. Se puede esperar una reacción dura de parte de Pekín en caso que Estados Unidos –y el gobierno de Delcy Rodríguez– impidan el suministro de petróleo venezolano a China, para reemplazarlo por empresas norteamericanas.
En términos más amplios, esta captura de Maduro revela una tendencia preocupante del orden internacional contemporáneo: la coexistencia de discursos normativos sobre democracia y soberanía con prácticas de poder cada vez más guiadas por la fuerza bruta. Mientras se condena la invasión de Ucrania, se toleran ambigüedades sobre anexiones territoriales o intervenciones selectivas, debilitando la coherencia del sistema internacional. Todo apunta a que, en nuestro mundo, las reglas parecen ser cada vez más negociables.
* Miembro de la unidad del sur global de la London School of Economics (LSE)
X: @Gaspard_Estrada


