
Gaspard Estrada
La Cumbre UE–Celac celebrada en Santa Marta, Colombia, en 2025, reveló un momento de profunda fragilidad en la relación entre Europa y América Latina. Lejos del entusiasmo diplomático de encuentros anteriores, la reunión dejó en evidencia no solo la erosión del interés político en ambas regiones, sino también la incapacidad de construir una agenda común en un contexto internacional crecientemente volátil.
El primer síntoma de crisis fue imposible de ocultar: la baja asistencia de jefes de Estado y de gobierno. De la Unión Europea (UE), solo acudió un reducido grupo de líderes; muchos delegaron en ministros o enviados especiales, alegando “compromisos internos” o “prioridades urgentes” asociadas al contexto económico europeo. Del lado latinoamericano, la situación no fue distinta: varios mandatarios se ausentaron en medio de tensiones internas, elecciones cercanas o divergencias ideológicas. La escena contrastó duramente con la retórica oficial de “asociación estratégica”, vaciando de peso político una cumbre que buscaba precisamente reactivar un vínculo estancado.
La elección de Santa Marta como sede –un gesto simbólico para reequilibrar la presencia regional hacia el Caribe– quedó opacada por un factor geopolítico inesperado: el despliegue de fuerzas militares de Estados Unidos en aguas caribeñas, oficialmente para operaciones antinarcóticos. La llegada de buques y personal estadunidense alteró sensiblemente el clima del encuentro, alimentando sospechas sobre la autonomía estratégica de la región y la capacidad de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) para responder unida ante presiones externas.
Para muchos gobiernos latinoamericanos, la presencia estadunidense fue interpretada como una señal de retorno a lógicas de seguridad hemisférica que la región consideraba superadas. Para otros, especialmente los más alineados con Washington, la operación fue vista como parte de la cooperación habitual. Estas divergencias intensificaron una fractura interna que debilitó aún más la postura latinoamericana frente a la UE.
Europa, por su parte, llegó a la cumbre con una agenda centrada en la seguridad energética, los minerales críticos y la protección de cadenas de suministro. Sin embargo, la ausencia de líderes de alto nivel redujo la capacidad del bloque para presentar propuestas ambiciosas. Bruselas insistió en la necesidad de renovar los acuerdos comerciales pendientes y acelerar proyectos de inversión del programa Global Gateway, pero encontró una región más escéptica y dividida que en años anteriores.
La Celac reclamó un trato verdaderamente simétrico, señalando que la UE no puede aspirar a ser un socio estratégico mientras no aborde asuntos clave: acceso a tecnología, inversión con valor agregado, y un compromiso claro con la soberanía regional. Además, varios países cuestionaron la inconsistencia europea en temas de derechos humanos y su tendencia a usar “dobles estándares” según conveniencias geopolíticas.
El contexto internacional agravó las tensiones. El conflicto prolongado en Ucrania, la rivalidad creciente entre China y Estados Unidos, y la presión sobre los países del Sur Global para alinearse con uno u otro bloque colocaron a la UE y la Celac en posiciones incómodas. Para Bruselas, la alianza con América Latina es estratégica; para muchos países latinoamericanos, sin embargo, la prioridad es mantener márgenes de autonomía, diversificar relaciones y evitar quedar atrapados en rivalidades entre potencias.
La cumbre concluyó con una declaración final diplomáticamente correcta, pero políticamente débil. Los compromisos en transición verde, digitalización y derechos humanos se repitieron sin nuevos mecanismos de implementación. El vacío más notable fue la ausencia de un posicionamiento común frente a la militarización del Caribe, un tema que dejó al descubierto que la Celac carece de cohesión interna y la UE de capacidad para actuar como contrapeso.
En Santa Marta, quedó claro que la relación birregional enfrenta una crisis de profundidad, no de agenda. Las palabras de “asociación estratégica” ya no bastan en un escenario global que exige claridad, coherencia y gestos políticos de alto nivel. Mientras la UE lidia con sus propias tensiones internas y América Latina busca redefinir su autonomía en un mundo multipolar, la cumbre dejó una advertencia: si ambas regiones no reconstruyen confianza y compromiso real, otros actores –Estados Unidos, China o potencias emergentes– seguirán ocupando el espacio que ellas mismas ceden.
La cumbre de 2025 no será recordada por sus avances, sino por el vacío político que expuso. Una señal preocupante para dos regiones que insisten en declararse socias, pero que cada vez se entienden menos.
* Miembro de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE)
X: @Gaspard_Estrada


