4 abril,2026 5:26 am

La grulla

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Alan Valdez

 

  1. Por ejemplo, una grulla de papel o un avión son trabajos típicos de papiroflexia

Muchas veces he pensado que la tensión de mi biografía es una especie de doblez, una papiroflexia que hace que Chihuahua, al plegarse, roce lo expansivo de las costas de Guerrero. En mí, donde nada ha sucedido aún, busco la montaña; y así como entiendo el desierto, pienso también, inevitablemente, en el mar.

Es, sobre todo, a estas horas, cuando por fin el invierno comienza a retirarse, que esa geografía escindida desea resolverse en una pregunta: ¿hacia dónde queda el agua y qué tanto se le debe? Digo lo de la primavera porque es entonces cuando aquí puedo ver de nuevo cómo todo se inicia: los campos se deshacen de la bruma y de la nieve, y empiezan a brotar, seguros de sí, pequeños animales, cuerpos diminutos que se asientan, como si ensayaran su lugar, bajo la sombra de árboles recientes.

Alguna vez me dijeron, casi como reproche, que yo solo escribía lo que me pasaba al caminar. Lo tomé como un acierto: pensar el movimiento es, en el fondo, lo único que hago. Soy un ser humano sin oriente, a propósito, así que cada deformación del paisaje para mí sucede como un acontecimiento.

A veces me gusta pensar que las veredas que persigo son las mismas prisas que dejan los venados cuando van a beber agua o a comer la hierba. En todas direcciones entonces. Así que a pesar de haber iniciado este texto diciendo que mi biografía tiene líneas y correspondencias muy claras, prefiero mejor pensarla como una hoja que se arruga adentro de una mano.

¿Lo han visto alguna vez?

Es más, lo haré en seguida con esta misma hoja.

Miren, en mi mano el pliego se redujo a la gracia de una ciruela seca.

Ya no hay líneas estilizadas, ya no hay figura con nombre y eje definido. Parece así de pronto la superficie yendo de un mar salado y a la vez, la tierra que dejan los deslaves de cualquier montaña en la planicie.

Una simple bola de papel donde todos sus horizontes se multiplican porque se tocan.

Aparecen arrugas que forman crestas y valles.

¿Cómo se llama este lugar?

 

  1. No sabemos cuál es el río que Heráclito de Éfeso habría mirado para formular su idea

Hace unos días leí un texto del ensayista y traductor norteamericano Guy Davenport, que entendió la literatura, la historia y el arte como un sistema de correspondencias no inmediatas, sino necesarias para volverse legibles entre sí. En La geografía de la imaginación, Davenport se detiene en Heráclito y, antes que nada, cuestiona una lectura bastante establecida, la idea de que cuando afirma que todo fluye nos está exhortando a aprovechar el instante.

Para Davenport, el gesto es otro: Heráclito no propone una ética de la urgencia, sino una forma de atención. Lo que está en juego no es el instante, sino el ritmo, es decir, el modo en que cada cosa acontece según su propia cadencia. Cada cosa, entonces, tiene su modo de aparecer: la siesta de un perro, la procesión de los equinoccios, las danzas de Lidia.

A partir de esa atención al ritmo, Davenport piensa la imaginación. La imaginación es, como todo lo que existe en el tiempo, metamórfica, pero no por ello desarraigada, también está inscrita en una geografía. Es decir, no cambia en el vacío, sino desde un lugar.

 

III. El brazo amputado de Álvaro Obregón fue el brazo derecho.

Cuando tenía 26 años y vivía en la Ciudad de México, había tardes en las que, después de terminar mi turno de mesero en una fonda de Copilco, iba al café del último piso de la librería del Fondo de Cultura Económica. Me compraba un americano de 16 pesos, tomaba un libro y me sentaba como si aquello fuera una especie de biblioteca personal.

Recuerdo especialmente la época en que leía El lugar, parte de una trilogía involuntaria del escritor uruguayo Mario Levrero. El relato sigue a un personaje que se desplaza dentro de un espacio extraño, como si recorriera una casa inmensa o un laberinto. Cada habitación conduce a otra, sin que haya nunca una salida clara. Avanza, atraviesa puertas que no terminan de cerrarse, desciende, reaparece en otros espacios, y el conjunto nunca llega a explicarse del todo.

A veces mientras estaba leyendo me distraía con las conversaciones de gentes con gafas, a veces también con pantalones de vestir, que hablaban de cualquier cosa, como si cualquier cosa fuera importante. Luego salía a la calle y le pedía prestado su encendedor al hombre del puesto ambulante de libros sobre Miguel Ángel de Quevedo. Los autobuses pasaban llenos y las personas entrando y saliendo del metro nunca me decían sus nombres.

Yo siempre regresaba caminando a mi habitación.

En algún momento de ese marzo terminé otro libro de Levrero: El discurso vacío. En ese libro, en su prólogo fechado en diciembre de 1989, está escrito lo siguiente, Aquello que aparece porque sí, brilla un instante y luego se va por años y años.

Después de leer esa frase, me fui a esperar a un amigo en las escaleras del monumento a Álvaro Obregón, en La Bombilla. Mientras llegaba, presencié un partido de futbol callejero sobre la explanada y a unas niñas practicando patinaje en el asfalto.

Cuando mi amigo llegó, le platiqué de la frase de Levrero. Él me dijo dos cosas, la primera fue que en ese monumento había estado el brazo que Obregón perdió en la batalla de Celaya, aunque ahora ya nadie sabe exactamente dónde está. Después me preguntó si ya había leído la Entrevista imaginaria con Mario Levrero por Mario Levrero.

Hasta hace unas semanas no la había leído. En ella, el escritor de Montevideo dice La imaginación es un instrumento; un instrumento de conocimiento.

 

  1. Ayer, por ejemplo, estaba en clase

El profesor David hablaba de cuando las aves vuelan en parvada por diez minutos, prolongando unas formas aéreas que nos obligan a revisar nuestras nociones de acuerdo y coreografía.

Un ave solitaria indaga en saltos las condiciones de una rama. Y de la nada, en la urgencia de la luz en cada tarde, esa misma ave se entrega a un vuelo compartido y sincronizado. Una ventisca donde ya no se trata de una suma de individuos, sino de una sola configuración en acto. Un cuerpo más amplio que se compone en el aire. Un único signo donde cada batir de alas pertenece a una misma potencia que se despliega. Como si por un momento lo viviente encontrara una forma más intensa de existir.

Entonces terminó la clase y salí queriendo encontrarme a esos pájaros que me demostraran la ética de los cuerpos. Sin embargo, el día estaba vacío de signos, pasaban algunos autos, y algunos hombres caminaban sin voltear a ver a nadie.

En un momento del camino apareció un muro cubierto de pequeños rayones de gis. El ala, la ceja y el ala se repetían en decenas a lo largo de una pared bajo un puente. Los trazos organizados, yo juraba que eran los mares y sus migraciones. Lo tomé como un presagio y regresé a casa a terminar la tarea.

En mi casa, antes de dormirme, recordé un dibujo muy viejo que alguna vez hice con mi madre. Ella había usado acuarelas para mostrarme el mar, y yo, en la otra mitad de la cartulina, había decidido dibujar un bosque con montañas.

Al final, doblé la hoja y la metí en mi mochila, sin esperar a que la pintura terminara de secarse. Los colores de una cara y otra se mezclaron y la superficie acabó siendo una sola, donde lo único que se distinguía era el nombre de mi madre junto al mío, como firma del dibujo.

 

  1. Casa

En alguna de mis mudanzas mi idea de casa fue desdibujada para siempre.

Pienso, claro, en la casa de mis padres, en el lugar donde jugué de niño y donde vi morir a mis primeros animales. Pero cuando pienso en regresar, no pienso en volver ahí. ¿Dónde está mi casa?, me pregunto ahora, hoy, justo cuando sé que estoy a punto de mudarme otra vez, como si cada desplazamiento no hiciera sino desviar también la respuesta.

 

  1. Ahora la grulla reposa sobre mi librero

En unas semanas termino mi trabajo en esta parte del Midwest. Cuando llegué aquí tenía el cabello más corto, había guerras diferentes y pensaba que mi país estaba más cerca. El invierno me ha parecido un hueco enorme que se horada con palabras que no entiendo. Cuando llegué a esta ciudad mi escritorio estaba vacío y no tenía cortinas en las ventanas, ahora no me gusta que me miren y en la mesa se acumulan las cosas que he dicho que leeré pronto.

Juro que he deseado ser una persona, pero a veces me seduce la idea del musgo que crece a lo largo de los ríos cuando el clima es agradable.

Me preguntan por la comida de mi país, por la gente de mi país, por los años de mi país, y yo apenas contesto cosas simples, como que la mesa no era grande pero siempre había que comer, que algunos de mis vecinos con los que crecí tomaron las armas y no regresaron y que no soy bueno para las fechas.

Así que voy por estos lugares, siendo extranjero, enseñándole mi lengua a gentes extrañas que a veces me sonríen cuando aprenden a decir una palabra nueva. He pensado en el mar a diario, aunque supongo que es porque el hielo de los ríos ya dejó de juntarse.

Voy, me divierto cuando puedo. Saludo, pero sin regresar la vista del todo, escucho las noticias, hago notas en los márgenes de mis libros, y algunos días me conmuevo al leer que todo ya estaba completo desde antes de que yo lo mirara.

Hoy, por ejemplo, al terminar de dar clases de español, me di cuenta de que, sobre la butaca de mi alumno más distraído, reposaba una grulla hecha con el papel azul de la última tarea.

Guardé la grulla en medio de un libro.

El mundo es azul en sus extremos y en sus profundidades, dice Rebecca Solnit en su guía sobre el arte de perderse.

Afuera la tarde se acumula tan azul en sus orillas.

Abro una vez más el libro de Solnit.

Renglones más adelante habla del azul del sueño. La grulla, por lo mientras, reposa cerca del teclado, lista para devorar. Mis dedos son peces hirviendo en el agua de una hoja.