
Ciudad de México, 9 de noviembre de 2017. Un aplauso prolongado en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario antecede la llegada de Leonardo Padura (Mantilla, Cuba, 1955). Él se acomoda en un sillón blanco. A su diestra, toma asiento la escritora y catedrática Rosa Beltrán. Este jueves, Leonardo Padura será reconocido con el grado de doctor honoris causa por parte de la UNAM.

Novelista, ensayista, periodista y guionista televisivo, Padura es uno de los eslabones de la literatura cubana, una cadena de lengua e identidad que comenzó a formarse, según sus propias palabras, desde el siglo XVIII y que encuentra su forma definitiva en el siglo XX, con Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante.
Sobre el germen y la evolución de la literatura de su patria, es de lo que viene a hablar en su encuentro con estudiantes de la UNAM. La sala está llena, pero hay pocos jóvenes, que se pierden en un auditorio más bien maduro.
Padura, de 62 años, es un ser dividido en dos tiempos: nació antes de la Revolución Cubana y creció completamente inmerso en ella. Sus obras, principalmente aquellas que tienen como protagonista al detective Mario Conde, dan cuenta de la vida en La Habana y retratan los claroscuros de la isla. Rosa Beltrán, durante la presentación, recuerda que Mario Conde es el crítico de una generación que no tuvo oportunidad de decidir su destino: fue la estructura política la que impuso eso que creyó lo mejor para todos.
Padura tiene el rostro benevolente y juvenil de un monje. Han pasado 19 años desde la última vez que estuvo en Ciudad de México. “Su altura me golpea”, confiesa, pero esta ocasión, para ahorrarse la asfixia que provoca la urbe, se decidió a tomar la ruta por tierra desde Guadalajara, “subiendo escalón por escalón”, y así ahorrarse el sobresalto.
Llegó cargando las hojas que condensan su conferencia. Lo que fue anunciado como una charla con estudiantes sobre la literatura cubana, los conflictos sociales y la Revolución, acaba por ser una lectura de lo que será un próximo libro: un recorrido histórico, con datos, nombres, fechas y lugares que dieron forma a la literatura de La Habana.
De la literatura, Padura ha expresado: “Yo tengo tres patrias. Una es Cuba; otra, el trabajo, y la tercera es la lengua. La lengua, además, es mi instrumento”.
Rosa Beltrán, sentada a su lado, recuerda –“¡qué curioso!”– que la primera novela de Padura, Fiebre de caballos, es una historia de amor. Se editó en 1984 y desde entonces los intereses de Padura se han diversificado. “Novelas voluminosas, que combinan el dato duro con el tratamiento literario, obras que retratan el siglo XX y el privilegio de haber vivido, de manera atípica, el sueño americano”, dijo en aparente alusión a la aclamada novela de Padura El hombre que amaba los perros, la historia de León Trotsky y de su ejecutor Ramón Mercader que es a la vez una dura y muy documentada crítica a la Unión Soviética de José Stalin, una mirada profunda y original sobre momentos clave de la Guerra Civil de España y es también la historia de la Cuba de Fidel Castro.
Rosa Beltrán hace una pausa, antes de rematar con un elogio al trabajo del invitado de honor: “Escribe tanto, que he llegado a pensar que, más que escritor, Leonardo es una industria”.
Padura, en cambio, se identifica como un escritor cubano que vive en Cuba, y que, por ende, cualquier reconocimiento que reciba, es un reconocimiento a la isla. Autor y patria unidos en simbiosis. La patria lo forja a uno, pero también uno da forma a la patria a través de la palabra. Padura se acomoda los lentes, coloca las hojas de su conferencia frente a sus ojos, y se dispone a explicar por qué.
En su lectura, Padura se remonta a los años donde la isla era una colonia de espíritu mercante y naval. Época en que la literatura se limitaba a editar libros dedicados a la construcción de barcos y fortalezas, o a recopilar el abc de la navegación mercante.
Un tiempo lejano a la idea de nación. Un tiempo donde ni siquiera existía la noción del cubano. Padura se emociona, sube y baja la voz, interrumpe su lectura para abonar un comentario o soltar una broma. El tema le entusiasma.
Por eso se detiene largos minutos para explicar a detalle las tertulias literarias impulsadas por Domingo del Monte, con el apoyo de la burguesía del siglo XVII. También por eso sonríe cuando habla de Juan Francisco Manzano, un esclavo que, tras ser liberado, escribió su autobiografía. Y es por pasión que Padura pasa lista a nombres y obras que de alguna manera integraron el imaginario de lo que antes ni siquiera se concebía: la nación, la identidad.
Él mismo ha apoyado en esta labor. Su última novela, La transparencia del tiempo, ha sido editada por el sello Tusquets. Y desde la década de los noventa, su constancia ha derivado en títulos como Pasado perfecto –el primero de la saga del detective Conde–, Adiós, Hemingway; La cola de la serpiente y El hombre que amaba a los perros, está última, basada en la vida de Ramón Mercader, el asesino de León Trotski.
“Nosotros –los escritores cubanos contemporáneos– somos herederos de todas las tradiciones. Desde las tertulias costumbristas, hasta el realismo y de ahí a la vanguardia”, dice Padura al auditorio.
Pero sobre todo, afirma, su generación es heredera de una trinidad: Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante. “Ellos construyeron la forma definitiva de la literatura en Cuba. Nosotros hemos escrito a partir de la deconstrucción de la ciudad”.
Nota: Tatiana Maillard/ Foto: GALO CAÑAS /CUARTOSCURO.COM.


