
(Tercera y última parte)
Federico Vite
En 1997, la novela El Anatomista, de Federico Andahazi, ganó el premio Planeta, pero no lo recibió porque el autor infringió una cláusula importante y se desbarrancó de lo que se insinuaba como la gloria literaria de su tiempo. Cuestión aparte, Andahazi es el mayor logro del agente literario Guillermo Schavelzon, quien detalla en El enigma del oficio (México, Océano, 2023, 294 páginas) esos dimes y diretes en materia de literatura y de mercado.
Primeramente debe decirse que la novela de mi tocayo es protagonizada por Mateo Colón, un anatomista del Renacimiento que al enamorarse de una prostituta veneciana, Mona Sofía, emprende la búsqueda de una pócima que le permita conseguir el amor de esa mujer. Se enfrasca entonces en la ardua exploración de la naturaleza femenina. Mateo Colón descubre en pleno siglo XVI una “dulce tierra hallada”: el Amor Veneris, equivalente anatómico del clítoris. Pero en cuanto intenta hacer público su hallazgo debe forzosamente enfrentar a la Inquisición, lo cual implica consecuencias mortales.
En los albores del nuevo milenio, este libro cosechó muchos lectores. No sólo fue aplaudido por la recreación histórica, sino que cautivó por el tema: el placer femenino. La señal para la industria editorial era clara: hacer a un lado lo masculino. Y eso también permeó al jurado del premio Planeta. “La decisión que no lograba tomar el jurado se tomó sola: a la mañana siguiente, tres días antes de fallar el Premio Planeta, los diarios anunciaban el Premio Fortabat de Novela, ganado por un joven argentino de apellido extraño y compuesto que yo escuchaba por primera vez: Federico Andahazi-Kasnya. ¡La novela era El Anatomista! Quedé paralizado. ¡Era la misma novela! ¡Nos habían birlado a nuestro casi ganador del Premio Planeta! Pasé de la sorpresa a la bronca: las bases del premio exigían no estar participando en otros concursos, y Andahazi las había aceptado pero incumplido. Estaba llamando a cada uno de los jurados para explicar la situación cuando Noemí, mi asistente, que sabía lo que estaba pasando, me dice: ‘Lo llama ese señor Andahazi’. Efectivamente, me llamaba para decirme que sabía que estaba entre los diez finalistas del Premio Planeta (la lista hacía una semana que se había dado a conocer), pero que como acaba de ganar el Fortabat quería retirarse de este premio. No supe qué contestarle. Me sentí burlado, apenas atiné a decirle, con mal tono, que viniera a la editorial, y en una hora después, estaba en mi oficina. Era un tipo joven, de unos treinta años, guapo, de pelo largo, recogido; parecía asustado, lo que me envalentonó. Solté toda mi bronca porque había incumplido las bases. No podía decirle que estaba por ganar el premio, pero se lo insinué. Pasado el momento de tensión me contó su historia. Era psicólogo, tenía algún paciente y trabajaba gratis en un hospital, pero lo que le interesaba era ser escritor. Hacía tres años que paseaba el manuscrito de El Anatomista por las editoriales, sin conseguir que nadie quisiera publicar su novela. Me contó que solo en una editorial lo recibieron personalmente, pero el matrimonio que lo atendió le dijo que no porque era poco comercial. Entonces, sin saber ya qué hacer, decidió presentarse a cuanto premio literario hubiera, firmando lo que fuera. Ya era tarde, le dije que quedaba fuera del Planeta y para que le doliera más, le conté que estaba por ganarlo. A una velocidad que me sorprendió a mí mismo, al ver que pedía disculpas por todo suplicando que lo comprendiera, mi enojo desapareció, le dije que su novela era muy buena, y comencé a hablar detenidamente de ella”.
Lo interesante es que el premio Fortabat no incluía la publicación. Así que Schavelzon le hizo una propuesta. Federico aceptó. “Al día siguiente firmamos el contrato de edición, y me quedé con todos los derechos internacionales”.
Pronto se supo que quien resultó ganadora del premio Planeta era María Esther de Miguel con la novela El general, el pintor y la dama “y se convirtió, de todos los premios Planeta, en el de mayor venta”.
Casi al mismo tiempo, la señora Amalia Lacroze de Fontarbat, personaje de mucha presencia, mucho dinero y mucha beatitud, se enteró de la novela que había ganado el premio de su fundación y montó un escándalo mayúsculo que llegó a las páginas de periódicos muy importantes en América y en Europa.
“Al enterarse de que la novela era la historia del descubrimiento del clítoris, y que además, juzgaba el papel represor de la iglesia durante la Inquisición, la señora Fontarbat –conocida por ser una buena católica, pero famosa por sus atribuidos amantes muy jóvenes– publicó en todos los diarios una solicitada de gran tamaño, desautorizando su propio premio”, cuenta Willy y seguro estaba desternillándose de la risa. Finalmente, agrega: “Además de los anuncios a página completa en los diarios, con los que la señora Fontarbat hizo un ridículo tremendo, se suspendió la gran fiesta del premio (…). Un abogado muy serio apareció en casa de Andahazi, donde de manera muy rápida, casi sin entrar, le entregó el cheque del premio, quince mil dólares, que en esa época era mucho dinero”.
A mí me sorprende poco todo esto, pero la pregunta obligada es simple, ¿qué hace un agente literario en estos casos? Schavelzon procedió de la siguiente manera: “el affaire Amalia llegó a las páginas de The New York Times (…). La nota del prestigioso periódico hizo que esa misma semana la editorial Doubleday contratara la novela, pagando un anticipo inusual que hasta entonces no había cobrado ningún escritor argentino y dio paso a una veintena o más de contrataciones en todo el mundo”. Es decir, el agente literario ganó de todas, todas. No perdió la novela en el premio Fontarbat, no. Capitalizó la venta de derechos internacionales y esperó un tiempo, hasta marzo de 1998, para que el ruido de El Anatomista no afectara la novela ganadora del premio Planeta. Willy quedó bien con María Esther de Miguel. Posteriormente logró que un tremendo fallo del autor (obcecado en la loca carrera de la literatura: publicar, ganar, ser famoso) se convirtiera en una posibilidad inaudita de lo anhelado: obtener algo más que un premio, una publicación y fama. “La primera edición se agotó el mismo día que llegó a las librerías, y la venta del libro exigió una reedición detrás de otra durante meses. El primer año se vendieron 250 mil ejemplares solo en el país. Federico Andahazi se convirtió en todo un personaje de la Argentina posmoderna (…). Se pasó más de un año viajando por el mundo, invitado al lanzamiento de la novela en cada país. Siempre lo recibieron y trataron excepcionalmente bien”.
Otra persona, supongo, habría hundido al autor que infringió las cláusulas de una convocatoria; Schavelzon, en cambio, hizo de Federico una celebridad. Pero todo esto es debido a que El Anatomista abría el espectro de lo que usualmente se abordaba en las novelas de aquella época: lo finisecular que prefiguraba el año 2000, lo histórico y todo eso que mimaba lo masculino.
El Anatomista busca congraciarse con lo femenino. Bajó del pedestal al objeto amoroso y lo transformó en una indagación que prefiguraba lo que vendría: la liberación de la energía femenina. Sospecho que Schavelzon sabía que las mujeres leen más y el mundo editorial necesitaba quitarse el traje de macho que ya le venía guango. Algunos reseñistas de Estados Unidos señalaron que esta novela era un objeto machista; otras tantas aplaudieron la radical veta feminista del texto.
Sirvan estos tres artículos para entender los extraños rumbos de esto que yo entiendo como la metafísica del manuscrito.


