
Desde las 10 de la noche del 26 de septiembre se informó mediante Radio UAG de los ataques a los estudiantes de Ayotzinapa, y una caravana de reporteros y organizaciones sociales partió de la capital a cubrir el evento y encontró la ciudad en poder de agentes municipales y militares. A las 3:19 de la madrugada del 27 llegaron los primeros peritos de la Fiscalía del estado; habían pasado cinco horas desde la primera llamada de auxilio.
Chilpancingo, Guerrero, 26 de septiembre de 2019. La noche del 26 de septiembre de 2014 recibí una llamada en la estación de Radio UAG durante el programa de Rock que tengo. Un joven de la Normal Rural de Ayotzinapa informó que estudiantes fueron atacados por policías municipales cuando terminaban de ocupar autobuses en la terminal Estrella de Oro de Iguala.
El estudiante usó el nombre falso de Carlos (por seguridad omitió decir su nombre verdadero), la llamada salió al aire pasadas las 10 de la noche, en ella denunció que uno de sus compañeros “había recibido un balazo en la cara (Aldo Gutiérrez)” y pedían la intervención del gobernador Ángel Aguirre Rivero y de la Policía Estatal.
Cerca de las 11 de la noche Carlos volvió a marcar el teléfono de la estación, en la llamada volvió a pedir la intervención de las autoridades, “no llega nadie”, recuerdo que dijo con desesperación, pues en el primer ataque hubo tres heridos de bala.
La mañana antes de los ataques los estudiantes de Ayotzinapa acudieron a tomar autobuses a la terminal Estrella de Oro en Chilpancingo, pero fueron perseguidos y hostigados por la Policía Estatal con agentes armados. Decidieron ir a Iguala en la tarde a recoger los autobuses que ocuparían para manifestaciones el 2 de octubre, en una aniversario más de la mayor masacre de estudiantes a manos de fuerzas del Estado de la historia reciente del país, me dijo uno de los dirigentes en esa ocasión.
Los estudiantes de la Normal desde que salen de la Hacienda de Ayotzinapa siempre son monitoreados por agentes de la Dirección de Gobernación estatal, del gobierno federal, los Grupos Información de Zona (GIZ) que pertenecen al Ejército y por el extinto Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (Cisen), elementos que desde las 6 de la tarde del viernes 26 de septiembre ya estaban reportando su salida en grupos de WhatsApp.
A las 12 de la noche salimos ocho reporteros de diferentes medios a la ciudad de Iguala para constatar lo que estaba pasando.
En el trayecto y estacionados fuera del hospital general de Chilpancingo nos enteramos del ataque al camión del equipo de futbol Los Avispones.
En el lugar esperamos más de media hora, pues por seguridad realizaríamos una caravana con organizaciones sociales, normalistas y maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación Guerrero (CETEG) para llegar a la zona donde fue el primer ataque.
A las 12 y media de la madrugada un compañero recibió un mensaje de voz de los reporteros que cubrían una conferencia de prensa en la calle Juan Álvarez y el Periférico de Iguala, donde alertaban que “no fuéramos, que los habían atacado y las cosas estaban muy mal”. En ese ataque fueron asesinados los estudiantes Daniel Solís Gallardo de 18 años y Julio César Ramírez Nava de 23.
Solicitaron ayuda al gobierno del estado para una caravana de organizaciones y periodistas, se les ofreció una escolta de policías estatales que nunca llegó
Una de la maestras de la dirigencia de la CETEG se comunicó vía telefónica con el que fuera asesor del Ejecutivo Estatal, Ernesto Aguirre Gutiérrez (sobrino del exgobernador Ángel Aguirre) para que diera medidas de seguridad para entrar a Iguala. El funcionario se comprometió a que en el lugar conocido como el Rancho de Cura estarían patrullas de la Policía Estatal para escoltarnos, pero las patrullas nunca llegaron.
La caravana era conformada por cuatro carros y un autobús, emprendimos camino a las 12:40 desde el hospital general de Chilpancingo a la ciudad de Iguala.
Cerca de la 1 y media pasamos Mezcala, donde había una fuerte lluvia acompañada de una tormenta eléctrica que dificultaba manejar y acelerar la marcha. Durante el trayecto, antes de llegar a Xalitla, un convoy de camionetas y un camión de redilas pasaron con dirección contraria a gran velocidad.
En el camino sentíamos miedo, sabíamos el riesgo que era viajar a la Cuna de la Bandera porque eran constantes las denuncias de dirigentes sociales contra los policías municipales del lugar, meses antes habían encontrado ejecutado al luchador social Arturo Hernández Cardona, en ese tiempo las organizaciones culparon al alcalde José Luis Abarca pero no se había hecho justicia, incluso ahora el caso sigue en la impunidad.
A las 2 de la mañana llegamos al crucero de Santa Teresa, en el lugar había tráfico y se iluminaba con el azul y rojo de las sirenas de una patrulla de la Policía Federal. En contra flujo y caído en una zanja el autobús de Los Avispones que había sido atacado 2 horas antes.
“No llegaban las ambulancias, tuvieron que llevarse a los heridos como podían” exclamó un integrante de la porra del equipo que viajó desde Chilpancingo para auxiliar a los jugadores. La primera ambulancia llegó a la 1:40 de la madrugada cuando ya había muerto el joven futbolista David Josué García Evangelista y en el camino el chofer del autobús, Víctor Manuel Lugo Ortiz.
En el trayecto no había un alma, mucho menos cuerpos de seguridad que viajaran por la carretera. En Rancho del Cura (entronque que comunica a Huitzuco de los Figueroa) realizamos una parada para esperar el autobús donde venían los maestros y representantes de varias normales del estado, además de esperar las patrullas que el sobrino del gobernador Aguirre prometió.
En la espera, un automóvil azul Tsuru con vidrios polarizados se colocó a un costado de nosotros, al mismo tiempo bajó los vidrios y dos hombres rapados tipo militar tomaron nota de los carros que se encontraban estacionados.
A las 2:25 de la mañana entramos a Iguala y fuimos recibidos por policías municipales que estaban pertrechados en al menos 8 patrullas, todos en posición de tiro.
“Bájense hijos de la chingada”, fue la primera frase que recibimos los que íbamos adelante de la caravana. La reacción fue bajar con las cámaras en posición de ocuparlas.
El lugar estaba totalmente oscuro, sabíamos que difícilmente podríamos documentar algo con el equipo sin luz. Uno de los policías gritó “¡no pueden grabar!” pero al ver que éramos varios reporteros reculó. Nos interrogaron, “¿de dónde vienen?”, “¿quién los mandó?”, “¿qué quieren?”. Alzamos las cámaras y al poco tiempo llegó el camión de los maestros y normalistas.
–¿Esos vienen con ustedes?- preguntó uno y respondimos que sí.
–No van a entrar- exclamó un agente.
Al mismo tiempo se abalanzaron al camión y con las culatas de sus armas golpeaban la puerta, los del camión lograron bajar y hubo un diálogo.
–No les recomiendo entrar-. Fue la amenaza.
La caravana cruzó el reten de la Policía Municipal, en ese momento nadie sabía la magnitud del problema, mucho menos sabíamos que habíamos estado con el comando que atacó a los normalistas.
A las 2:40 de la madrugada llegamos al lugar donde quedaron muertos Daniel y Julio César. Estaba resguardado por soldados del Ejército Mexicano que colocaron piedras en la escena del crimen para que nadie pasara.
Un mando militar se abalanzó contra los compañeros que tomábamos las primeras imágenes. Hubo una discusión y empujones con los militares.
–No van a tomar fotos- fue la orden del mando.
Al final y al ver el grupo grande de alrededor de 50 personas, el militar tuvo que acceder y dejar que hiciéramos nuestro trabajo.
En ese momento un soldados dialogaba con un civil que vigilaba la zona. Algunos profesores le preguntaron quién era, nadie dijo nada y al final el hombre salió huyendo en una motoneta roja.
Una imagen mortal y la tardía llegada del gobierno estatal
A las 2:48 de la madrugada tomé la primera foto, eran los cuerpos de Daniel y Julio César tendidos sobre el asfalto mojado por la intensa lluvia que no paraba.
Los camiones estaban estacionados en la calle Juan Álvarez con los vidrios destrozados. En las calles no había nadie, era un silencio total.
A las 3:19 llegaron los primeros peritos de la Fiscalía del Estado a realizar las diligencias, habían pasado 5 horas de la primera llamada de auxilio y casi 3 desde que los jóvenes de Ayotzinapa fueron asesinados, eran las primeras autoridades del gobierno de Ángel Aguirre que llegaban al lugar.
A las 3:47 taparon los cuerpos con sábanas azules.
Después nos dirigimos al hospital de Iguala, no tuvimos contacto con nadie. En el lugar al menos 8 taxistas nos siguieron hasta las oficinas regionales de la Fiscalía donde ya declaraban jugadores y familiares del equipo Los Avispones.
A las 4:37 de la mañana llegó el primer grupo de normalistas de Ayotzinapa que se encontraba perdido luego de los ataques, la mayoría de los jóvenes rapados entraron a las instalaciones en camionetas de la Policía Ministerial. Nadie quiso hablar por miedo, nadie comentó nada, pasaron casi 7 horas para iniciar el rescate de los estudiantes. Por esa hora se dejó ver el fiscal del estado, Iñaki Blanco.
A las 6 de la mañana regresamos a Chilpancingo, en la comunidad de Mezcala un grupo de policías federales apuntaban sus armas de fuego a los cerros, minutos antes habían quitado un bloqueo de miembros del grupo criminal Guerreros Unidos colocó para no dejar pasar automovilistas. La tragedia de Iguala apenas comenzaba.
Texto y foto: Lenin Ocampo Torres
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