
Javier Saldaña Almazán
México atraviesa un momento crucial de su historia contemporánea. Vivimos un proceso profundo de renovación de la vida pública, en el que los grandes conceptos de la teoría política se han convertido en realidades palpables en la vida de la gente. De todas esas ideas, ninguna posee tanta fuerza y vigencia en el corazón de la Cuarta Transformación como la soberanía nacional.
Hoy, defender la soberanía no significa levantar muros ni abrazar un nacionalismo cerrado o beligerante. En un mundo interconectado, la verdadera soberanía se mide por la capacidad de un país para decidir su propio destino negociando y coexistiendo con el resto del mundo desde una posición de dignidad, respeto mutuo e igualdad.
Es la propia Cuarta Transformación la que ha demostrado que se puede mantener una relación de buena vecindad con cualquier nación –incluidos nuestros socios comerciales– sin renunciar a la dignidad ni a la independencia de nuestras decisiones. Un México próspero y autosuficiente es el mejor garante de su propio pueblo y un factor de estabilidad para toda la región. Cooperación entre iguales sí, subordinación nunca.
La soberanía es el eje transversal que cruza cada una de las políticas del proyecto de nación al que orgullosamente pertenecemos. Para ejemplificar y comprender el valor de la soberanía, debemos clarificar este concepto.
Hablemos, en primer lugar, de la soberanía energética. Pensemos en la economía de un hogar: ninguna familia quiere depender de la voluntad o de las tarifas del vecino para encender la luz de su casa o conectar sus aparatos. Lo mismo ocurre a gran escala. Fortalecer nuestras plantas, refinerías y recursos naturales garantiza que el costo de la luz y del combustible que mueven a México dependa de nuestras propias decisiones y capacidades, y no de los vaivenes de los mercados internacionales ni de las ganancias de las grandes trasnacionales. Proteger la energía es proteger el bolsillo familiar.
En segundo lugar está la soberanía alimentaria, que toca las fibras más sensibles de nuestro campo. Soberanía es lograr que el plato de maíz, frijol y arroz que alimenta a las familias guerrerenses provenga del sudor y el esfuerzo de nuestros propios productores –cobijados por los programas y apoyos directos del gobierno– y no de importaciones masivas que castigan al productor local. Comer lo que sembramos es la forma más pura de libertad.
Existe, por último, una dimensión que sostiene a todas las demás: la soberanía educativa y científica. Construir soberanía es abrir las puertas de las universidades públicas para que los hijos de los campesinos, de los obreros y de las familias de las comunidades más apartadas de la Montaña y de la Sierra accedan a una educación superior gratuita y de excelencia.
En la UAGro, con orgullo, hicimos eso: formar ingenieros, médicos y técnicos que no tengan que emigrar para desarrollarse, sino que transformen su entorno desde aquí. Educar al pueblo es, en última instancia, el acto soberano que sostiene a todos los demás.
Hoy, la historia nos convoca a una tarea mayúscula. Tras haber solicitado licencia como rector de la UAGro, para sumarme plenamente a las tareas organizativas de nuestro movimiento, asumo con absoluta responsabilidad este llamado a ser un defensor de nuestro legado en el territorio. La soberanía no es un decreto que se firma en un escritorio: es una construcción diaria que se siembra en las colonias, en las comisarías y en los comités de defensa de la soberanía nacional.
Desde Guerrero, el sur histórico que siempre ha acudido puntual a las grandes transformaciones de México, refrendamos nuestro compromiso con la defensa de estos logros. Nos toca profundizar el camino andado, consolidar el bienestar social y demostrar que la soberanía de una nación comienza con la dignidad y el bienestar de su pueblo.
Unidos, con el corazón a la izquierda y la mirada puesta en el futuro, seguiremos haciendo historia.


