17 diciembre,2025 5:51 am

Las claves de la victoria de Kast en Chile y sus consecuencias para América Latina

Gaspard Estrada

 

La victoria de José Antonio Kast en las elecciones presidenciales de Chile en 2025 no puede explicarse únicamente como un triunfo de la derecha dura, sino como el resultado de una convergencia de miedos, frustraciones y fatiga política acumuladas durante más de una década de inestabilidad. Su elección expresa menos una adhesión ideológica plena a su proyecto que un voto reactivo, orientado a restablecer orden, previsibilidad y autoridad en un país exhausto por el conflicto político permanente.

Uno de los factores centrales de su triunfo fue el fracaso del ciclo reformista iniciado tras el estallido social de 2019. Las expectativas de transformación estructural chocaron con la incapacidad de producir consensos duraderos. El doble rechazo a una nueva constitución, la fragmentación del Congreso y la debilidad del Ejecutivo erosionaron la confianza en las fuerzas progresistas, asociadas crecientemente al desorden, la improvisación y la parálisis decisoria. Kast capitalizó ese desgaste presentándose como la antítesis del caos, con un discurso simple, coherente y disciplinado.

La seguridad pública fue el eje decisivo. El aumento sostenido de delitos violentos, la expansión del crimen organizado y la percepción de pérdida de control territorial instalaron una sensación de urgencia. Kast ofreció respuestas claras —mano dura, fortalecimiento policial y respaldo irrestricto a las fuerzas del orden— en un contexto donde amplios sectores sociales priorizaron la eficacia por sobre las garantías individuales y el rechazo al legado de la dictadura militar. El voto por Kast fue, en este sentido, un voto por la autoridad del Estado, incluso a costa de restricciones a libertades civiles.

El componente identitario también fue clave. Kast logró articular un electorado conservador movilizado alrededor de temas como migración, valores tradicionales y rechazo al multiculturalismo, especialmente en sectores populares y clases medias empobrecidas. A diferencia de elecciones anteriores, la derecha radical dejó de ser un fenómeno exclusivamente elitista y penetró en territorios históricamente adversos, aprovechando el vacío dejado por una izquierda percibida como distante de las preocupaciones cotidianas.

En el plano económico, su victoria reflejó el temor a la incertidumbre. El bajo crecimiento, la presión fiscal y la caída de la inversión reforzaron la idea de que Chile necesitaba un giro hacia la estabilidad macroeconómica y la ortodoxia fiscal. Kast se presentó como garante del modelo, prometiendo corregir excesos sin desmontar la arquitectura económica heredada, lo que tranquilizó a sectores empresariales y a votantes moderados cansados de experimentos fallidos.

Las implicaciones geopolíticas de su elección son significativas. Chile abandona su rol de actor puente entre progresismo y liberalismo para alinearse con el bloque conservador regional. El gobierno de Kast se perfila cercano a administraciones como las de Argentina, Paraguay o Ecuador, y distante de los gobiernos de izquierda en Brasil, Colombia y México. Esto debilita los esfuerzos de coordinación política sudamericana y fragmenta aún más un continente ya polarizado.

En política exterior, se espera un alineamiento más estrecho con Estados Unidos, especialmente en seguridad, migración y contención de la influencia china. Kast ha sido explícito en su desconfianza hacia Pekín y hacia los mecanismos de integración regional autónomos. Su llegada al poder refuerza la tendencia de algunos países latinoamericanos a priorizar vínculos bilaterales con Washington por sobre esquemas multilaterales regionales.

Asimismo, su discurso crítico hacia organismos internacionales y su énfasis en la soberanía nacional pueden tensar la relación con instancias como la ONU o la CIDH, especialmente si se implementan políticas de seguridad que entren en conflicto con estándares internacionales de derechos humanos.

La elección de Kast no inaugura una era de consenso, sino una nueva fase de polarización, ahora dominada por la derecha. Para América Latina, su triunfo confirma que el péndulo político regional sigue oscilando con fuerza, impulsado más por el rechazo al adversario que por proyectos de largo plazo. Chile, alguna vez visto como laboratorio de reformas progresistas, se convierte ahora en símbolo del repliegue conservador en un continente marcado por la incertidumbre.

Más que el fin de un ciclo, el triunfo de Kast es la evidencia de que la crisis de representación sigue abierta y que la estabilidad prometida dependerá menos del discurso de orden que de la capacidad real de gobernar sin profundizar las fracturas sociales que lo llevaron al poder.

 

* Miembro de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE)

 

X: @Gaspard_Estrada