22 agosto,2020 9:02 am

Las fotografías de Yael Martínez son imágenes que escuchan el dolor de un país

Nominado para formar parte de la prestigiada agencia internacional Magnum Photos, el fotógrafo taxqueño ha retratado el trauma de las desapariciones forzadas en su doble dimensión: la personal y la colectiva. Para Guerrero, le gustaría que hubiera más oportunidades para la iniciación artística

El Sur / Ciudad de México, 22 de agosto de 2020. Yael Martínez pertenece a esa clase de fotógrafos que buscan imágenes más allá de su inmediatez. Nacido en 1984 en Taxco, Guerrero, cree en el trabajo forjado despacio, fruto del tiempo compartido con las personas que le abren la puerta de sus casas y con las comunidades que acceden a contar su historia a través de él.

La idea del fotógrafo como testigo invisible no le funciona, prefiere pensarse como un catalizador social.

“Siempre he creído que la fotografía tiene un valor social muy fuerte”, dice en entrevista con El Sur. “Es un vehículo para transformar conciencias y cambiar partes de la sociedad, no sólo a través de la imagen sino también mediante proyectos educativos”.

A los jóvenes que encuentra en talleres, Yael les aconseja vincularse con proyectos que les resuenen y tengan conexión con sus comunidades, sus conflictos e incluso sus aspectos más emocionales.

“The dark root”. Itzel Martinez juega en la casa de sus abuelos en la comunidad de Santiago Temixco, Guerrero

La casa que sangra, obra que le valió el segundo lugar en la categoría Proyectos a Largo Plazo de la edición 62 del World Press Photo 2019, la trabajó a lo largo de siete años.

La idea surgió en 2013, a raíz de la desaparición de algunos de sus propios seres queridos y por la necesidad de retratar las fracturas que empezaban a recorrer el espacio familiar.

La pérdida de personas cercanas a él lo llevó a buscar a otros que experimentaban la misma imposibilidad de completar el proceso de luto. La vivencia personal se fusionó con la vivencia social y esa casa dolida adquirió una dimensión mayor al coincidir con una región, un estado, un país entero: México, cuyo tejido social enfrenta la embestida de una violencia descomunal.

“Para mí esta casa hablaba como si fuera el espacio íntimo de cualquier familia, y a la vez hacía una correspondencia con una casa más grande que podía ser como un cuerpo, una familia, una comunidad. Hace referencia a un espacio simbólico en donde la violencia penetra y provoca una herida que sigue abierta sobre todo por esta imposibilidad de curarse, de cerrar un ciclo como ritual para llegar a otro”.

En Guerrero, Yael se vinculó y colaboró con el colectivo de Los Otros Desaparecidos de Iguala, y con la familia del joven José Ángel Campos Cantor, uno de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.

Durante una jornada de la Brigada Nacional de Búsqueda conoció a las mujeres del colectivo sinaloense Las Rastreadoras y en los últimos tres años no ha dejado de cultivar esta relación. Actualmente desarrolla un proyecto enfocado en ellas.

“Es importante que las madres tengan esta valentía, este valor. En todos los procesos de búsqueda siempre son las primeras que rompen el silencio y que están ahí en la lucha para encontrar soluciones a este problema social”, comenta.

La mujer es el hilo conductor de buena parte de las series de Martínez. Entre éstas destaca La raíz oscura, dedicada a su abuela, aunque también se afinca en el espacio doméstico, entendido como el lugar de los afectos y de la fragilidad de la vida.

Propiciar espacios de creación artística

A fines de junio pasado, Yael Martínez fue llamado a formar parte de Magnum Photos; con sede en París, Nueva York y Tokio, la agencia funciona como una cooperativa y representa a varios de los más prestigiosos artistas de la lente en el mundo.

Antes de pertenecer al staff, los fotógrafos primero se unen como nominados, luego se convierten en asociados y finalmente son admitidos en la agencia como miembros vitalicios.

Para Yael es un reto emocionante, que se suma a una larga serie de reconocimientos de su obra. El comienzo en el mundo de la fotografía, sin embargo, no fue fácil.

Rechazado de una universidad en Morelos por no contar con las nociones básicas, estudió en una escuela técnica de Cuernavaca y posteriormente se formó en el Centro de las Artes de San Agustín Etla, Oaxaca, fundado por el pintor y grabador Francisco Toledo.

Yael recuerda que cuando era más joven y tuvo que salir de Guerrero para dedicarse a la fotografía, la situación del estado era más árida en cuanto a opciones educativas. Ha mejorado, menciona, gracias a la presencia en Taxco de una extensión de la Facultad de Artes y Diseño (FAD) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Aún así, considera que la formación en la entidad no facilita la vinculación a profesiones relacionadas con los medios de comunicación y el arte.

“Algo que no me encanta es que la mayor parte de la gente que estudia en la FAD es de la Ciudad de México o de la zona metropolitana”, se queja el fotógrafo. “Tenemos un problema educativo porque para acceder a estos espacios te piden que tengas un bagaje, una carpeta de trabajo. Pero, ¿la población de aquí cómo puede tener esta experiencia si no hay actividades formativas?”.

Junto con su hermano –artista visual que se dedica al grabado–, además de un amigo pintor y otro amigo escritor, Martínez forma parte del colectivo de artes gráficas Tecuan. En los últimos tres años se han dedicado a impartir talleres comunitarios en distintas localidades del municipio de Taxco.

La gestión de los talleres, relata, corrió casi siempre por su cuenta, salvo una vez en que obtuvieron un financiamiento de la Secretaría de Cultura de Guerrero. Esperaron que el proyecto pudiera convertirse en piloto para llevarlo a otras regiones del estado, pero no funcionó.

“Trabajar en Guerrero ha sido complicado”, dice en alusión a la posibilidad de conjuntar esfuerzos con la Secretaría de Cultura.

Hace un año y medio, Martínez colaboró en un trabajo sobre la cultura afrodescendiente en la Costa Chica. Paralelamente, cruzó camino con Carlos Rodríguez, quien se volvería su amigo, y su proyecto virtual Cuajinicuilapa, la Perla Negra del Pacífico.

“Cuando llegué, la mayor parte de la gente me comentó que los fotógrafos tomaban imágenes, se iban y nunca regresaban nada a la comunidad. Entonces propuse hacer un taller gratuito de fotografía, así que cuando iba para la asignación también daba el taller”.

Al principio la comunidad respondió con entusiasmo y llegó a tener unos 25 alumnos. Con todo, los recursos eran escasos y el equipo de trabajo se limitaba a unas cuantas cámaras que Yael podía llevar.

“Ahora ya no he ido a la Costa, pero es un proyecto que me gustaría continuar, sobre todo porque hay personas que están interesadas”, dice.

Considera la carencia de financiamientos para la formación en los diferentes campos de las artes como “una de las penas que padece Guerrero”.

Aún tiene presente cuando, tras recibir el Premio de Adquisición Encuentro Nacional de Arte Joven 2014, intentó plantearle al secretario de Cultura estatal crear una escuela de iniciación artística.

“La única que hay está en Acapulco. La última vez que fui me dijeron que estaban a punto de cerrarla porque había problemas para financiarla”, lamenta.

Alimentarse del color

Enfocado sobre todo en series de largo plazo, Yael Martínez aprovecha la posibilidad de estructurarlos a lo largo del tiempo. Antes de entrar de lleno en la toma de imágenes, se dedica a escribir para aterrizar las ideas.

“Por la misma formación que me deriva de dar clases, pienso en cómo documentarme sobre todas las referencias visuales y sonoras que existen y trato de encontrar salidas para que el proyecto sea propositivo o que de alguna forma sume un poquito a los procesos de investigación”.

Aparte de recopilar referencias de lo que se ha hecho sobre la temática que quiere trabajar –y sobre el porqué y el cómo se ha realizado–, el fotógrafo suele pensar en los obstáculos con que podría toparse una vez en el campo y en cómo podría narrar la historia para aportar algo nuevo desde su visión personal.

La influencia de la pintura, la escultura, el cine y la literatura son palpables en su obra. Para La casa que sangra se inspiró en grabados de Goya –la serie onírica y grotesca conocida como Los disparates, en particular–, en cuadros de Francis Bacon y en la cinematografía de David Lynch. Pero su corazón late en la fotografía y entre los colegas que le resultan más entrañables sobresalen el checo Josef Koudelka y la mexicana Graciela Iturbide.

Yael Martínez confiesa estar enamorado del color. Después de terminar dos series en blanco y negro –una con migrantes de Guerrero, Oaxaca y Puebla empleados en el corte de la caña y otra sobre músicos populares guerrerenses–, se centró en las imágenes a color.

“Cambié la forma de pensar, ya no me fijo sólo en la calidad táctil de la luz y las sombras; con el color trabajo más bien pensando en atmósferas”.

Este afán se aprecia en la reciente serie Luciérnaga. En ella, Martínez interviene manualmente sus fotografías con tupidas y diminutas perforaciones que dejan traspirar la luz, alumbrando las impresiones.

Las imágenes, que conjugan la minucia del repujado y la fantasía de la ilustración, se pueden ver en su perfil de la red social Instagram. Mirándolas, atrapa la atención que la intervención gráfica de un retrato de su abuela –parte de La raíz oscura– sea acompañada de un poema.

Se trata de la versión en castellano de unos versos del poeta maya Isaac Esau Carrillo Can. Juntas, palabras e imagen se completan y de su unión cobra vida un diálogo que desdibuja las fronteras de la intimidad.

 

Cuando era niño atrapaba luciérnagas,

sacrificaba sus cuerpos

en mi piel

para iluminar mi espíritu

en las entrañas de la noche.

 

Un día mi abuela

diluyó sus palabras

en agua y me las dio a beber

en silencio.

Ahora cuando la oscuridad

me envuelve,

soy una luciérnaga

que recuerda a su abuela.

 

Texto: Caterina Morbiato

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