24 noviembre,2025 9:15 am

Las historias no morirán ni la manera de contarlas, “sólo cambiará el formato”: Ana Paulina Calvillo

La ganadora del Premio Ignacio Manuel Altamirano 2025 en la categoría de novela traza en Palíndromo –la obra con que concursó– la desaparición de un padre y los esfuerzos de una hija para encontrarlo, al tiempo que intenta descifrar de dónde viene el linaje de su nombre y de su oficio tipográfico. En la trama, la autora contrasta el acto físico de imprimir con la “volatilidad contemporánea”. Hoy, dice con azoro, “uno borra y desaparece todo con una tecla”

El Sur / Ciudad de México, 24 de noviembre de 2025. Viene de una familia de impresores “desde hace muchas generaciones. Mi papá es maestro tipógrafo, heredó el oficio de su padre”, explica Ana Paulina Calvillo, ganadora del Premio Nacional de Novela y Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2025. Su trayectoria profesional está estrechamente ligada al tema central de la novela Palíndromo que eligió para concursar: el mundo del oficio tipográfico.

A sus 51 años, está segura de que las historias se seguirán contando mientras exista la humanidad: “No creo que mueran, ni la manera de contarlas. Solo cambiará el formato”, dice en entrevista con El Sur.

“Soy de vocación docente. Doy clases en preparatoria y por muchos años las impartí en secundaria. También soy editora y escritora”, relata vía zoom desde la ciudad de Guanajuato, donde radica desde hace 30 años, aunque nació en Ciudad de México y mantiene vínculos afectivos, familiares y culturales con la capital del país.

La herencia de la tipografía marcó a toda su familia: hay varios escritores, en particular un tío abuelo –Salvador Calvillo– vinculado al modernismo y al periodismo nacional. Ana Paulina intentó alejarse un poco y se metió a estudiar teatro en el Núcleo de Estudios Teatrales, con maestros como Julio Castillo y Héctor Mendoza, pero –resume ella misma– “uno termina regresando a la vena familiar”.

En una ceremonia realizada en un ambiente festivo en Tixtla, tierra natal del periodista, escritor, político y militar Ignacio Manuel Altamirano, el premio de este año se entregó a Ana Paulina Calvillo, ganadora en la categoría de Novela con Palíndromo, y Cristina Guillermo Arena, reconocida en Poesía por Allá donde el cuerpo. Ambas recibieron un estímulo económico de 120 mil pesos y verán sus obras publicadas en 2026.

Organizado por el gobierno de Guerrero a través de la Secretaría de Cultura, se trata de uno de los certámenes literarios con mayor continuidad en el país; este año llegó a su vigésima edición. Cuenta entre sus ganadores a Carmen Ávila y Azul Ramos (2024), Enrique González Cuevas y Raúl García Rodríguez (2021).

De la dramaturgia al cuento y luego a la novela

El tránsito de Ana Paulina Calvillo hacia la escritura comenzó con la dramaturgia. De ahí pasó al cuento y finalmente a la novela. No ha sido un proceso improvisado: Calvillo ha formado parte de una plataforma estatal de profesionalización de escritores que funciona en Guanajuato desde hace varios años y que asigna tutores de renombre a proyectos seleccionados.

“He tenido la fortuna de trabajar con grandes escritoras, como Liliana Blum o Ave Barrera, y en dramaturgia con Silvia Peláez”, menciona. Añade que la novela Palíndromo fue trabajada con Blum durante un año y otro más con Barrera.

“Soy súper lenta para soltar proyectos –dice entre risas–, empecé esta novela en 2022 y hasta ahora tomó su forma final”.

Si bien la autora tiene ya un libro de cuentos publicado –Marca de agua, con Editorial Ficticia–, además de dramaturgia y textos en antologías, considera que esta novela consolida un rumbo creativo que llevaba años madurando.

“De 100 veces, quizás una tienes oportunidad”

El Premio Ignacio Manuel Altamirano tiene una historia que a veces pasa inadvertida fuera de Guerrero, pero que cumple 20 años reconociendo a narradores y poetas de todo el país. “Afortunadamente, en México hay mucho apoyo a las artes… siempre nos vamos a quejar, pero sí hay oportunidades”, celebra Calvillo.

“De 100 veces que concursas, quizás una tienes oportunidad. La suerte también juega, y los gustos de los jurados”, admite.

La ceremonia de premiación se realizó en Tixtla, el 13 de noviembre pasado, durante la 36 Jornada Altamiranista, que conmemora al prolífico periodista, historiador, poeta, ensayista, profesor, cuentista, biógrafo, novelista y actor político Ignacio Manuel Altamirano nacido en esa ciudad de la región Centro del estado.

Calvillo recuerda con cariño el ambiente de la ceremonia: “La sociedad allá es aguerrida, luchona, con posturas políticas y artísticas que no ves en todo el país”. Le sorprendió, además, que el acto se integrara a un concierto de reggae fusión del grupo acapulqueño Palma de Coco. “Me pareció divertidísimo y muy propositivo que la entrega fuera en ese marco, sin solemnidades”.

El reconocimiento incluye la publicación de la novela el próximo año mediante coedición, pues el gobierno de Guerrero no cuenta con una editorial estatal. En años anteriores, varias obras ganadoras han salido a la venta en tirajes realizados junto con editoriales como Textofilia.

¿Qué se pierde cuando desaparece algo, alguien?

Ana Paulina desmenuza la estructura de Palíndromo, la relación de la novela con la ausencia y la desaparición, y reflexiona sobre el futuro de las letras mexicanas.

Palíndromo surge de una mezcla precisa entre vivencia, oficio heredado y una pregunta que lo atraviesa todo: ¿qué se pierde cuando desaparece alguien, y qué se revela en esa búsqueda? Aunque la autora insiste en que su obra no es autobiográfica, sí reconoce que está construida desde una zona profundamente personal, donde la historia familiar y el universo de la imprenta, presente en su vida desde niña, funcionan como cimiento emocional y simbólico.

Palíndromo es una novela autoficcional. Parte de mis experiencias, pero no es autobiográfica”, explica. En el centro del relato está una mujer que viaja de provincia a Ciudad de México para acompañar a su padre, un maestro tipógrafo formado en las técnicas de la imprenta de Gutenberg.

La rutina cambia de forma abrupta cuando el padre desaparece y sus hijas, y más tarde los nietos, emprenden una búsqueda que atraviesa la ciudad, al mismo tiempo que los silencios y los huecos de la historia familiar. “En esa pesquisa no encuentran al hombre que falta, pero sí al niño que fue el padre y al hombre en que se convirtió”.

La novela, subraya, es también una exploración del oficio tipográfico como una forma de identidad. En su familia, la impresión tipográfica es casi oficio obligado: uno de sus tíos mantiene un Museo de la Imprenta con más de 100 prensas en funcionamiento, y tanto su padre como su hermano continúan haciendo libros con tipos móviles, “letra por letra, eligiendo cada tipo de plomo”.

Esa materialidad, el acto físico de imprimir, contrasta con la “volatilidad contemporánea. Ahora la letra se vuelve volátil: uno borra y desaparece todo con una tecla”, reflexiona Calvillo. En su novela, la desaparición literal del padre y la desaparición simbólica del oficio se vuelven metáforas paralelas.

La autora recuerda cómo, en su infancia, la identidad se imprimía también de forma literal. Los veranos en la imprenta de su papá eran rituales: ella y su hermano componían las pequeñas tarjetitas con su nombre para los cuadernos del nuevo ciclo escolar. Elegir la tipografía era elegir quién eras. “Era toda una experiencia de identidad”, señala. “Y ahora los jóvenes ya no tienen esa experiencia”.

Como docente, esa nostalgia convive con otra realidad que presencia: la acelerada transformación en los modos de leer y escribir tareas escolares: “Muchos alumnos entregan trabajos sin nombre. Y muchos trabajos hechos con inteligencia artificial”, lamenta. Lo dice desde la conciencia de que el entorno cambió más rápido de lo que la institución escolar supo asimilar: “Podemos influir un poquito, aunque la influencia de un maestro es muy pequeña. Pero parte de lo que me gusta de ser maestra es eso: tal vez en cinco de esos treinta alumnos dejas una huella”.

El anuncio del premio llegó a ella en pleno ciclo escolar y el recibimiento de sus alumnos la conmovió profundamente. Flores, tarjetas, mensajes de agradecimiento. Una decía: “Tu voz literaria es una brújula para quienes aún no saben que también pueden escribir su propio destino”, recuerda emocionada. “Esas cosas te sostienen”.

“Los seres humanos necesitamos ficción”

Las letras –literal y literariamente– son parte de toda la familia de Ana Paulina. Su hermano Juan Carlos obtuvo este año el Premio Bellas Artes de Traducción Literaria Margarita Michelena, y sus hijos también están vinculados a las letras: uno es doctorando en Letras Clásicas y la otra es socióloga y llevó a presentar un libro en la FIL de Guadalajara. Ellos “no han leído la novela aún. Les he contado, pero saben que hay personajes inspirados en la familia”, dice la autora de nuevo con una sonrisa.

Palíndromo es una novela breve, de alrededor de 140 páginas, que surgió de una investigación íntima. Calvillo recuerda que la lectura de La clave Morse, de Federico Campbell, la inspiró a explorar la historia de su propio padre. Quiso indagar en el origen del oficio familiar y encontró documentos que revelan, por ejemplo, que su abuelo fue el primer dirigente del sindicato de impresores, en 1936.

“De él no hay foto, pero sí nombre. Y a partir de él ya aparecen fotos de los siguientes directores”. Ese vacío visual le sugirió la forma narrativa de su novela: una historia armada desde fragmentos, documentos y citas.

En el proceso, debió enfrentar una pregunta clave: ¿cómo transmitir la experiencia de un oficio que podría desaparecer? Consideró escribir un ensayo o una crónica, pero la ficción le permitía llevar al lector a un terreno más emocional: “Los seres humanos necesitamos ficción: la capacidad de imaginar, de mentir, de crear historias. Eso está ligado a la letra impresa… o así lo asociamos hasta ahora”.

Por eso decidió incluir, entre capítulos, fragmentos tomados del Museo de la Imprenta de su familia, integrando la investigación histórica al cuerpo narrativo de la novela.

Sobre el futuro de la letra y de las historias, no es pesimista, pero sí realista. Cree que los soportes cambiarán, como ocurre con la música, pero no la necesidad humana de narrar. “No creo que mueran las historias ni la manera de contarlas. Sólo cambiará el formato”, afirma. Señala que los jóvenes consumen narrativa a través de los videojuegos, donde se combinan trama, personajes e interacción. Las historias siguen ahí, mientras se multiplican las formas de presentarlas.

Palíndromo, al final, es la historia de un padre que desaparece y de una hija que intenta descifrar de dónde viene el linaje de su nombre y de su oficio. Es una novela sobre cómo se conserva la memoria, cómo se hereda un mundo de letras y cómo se sostiene un oficio en riesgo de extinción.

Guillermo Rivera