24 agosto,2026 6:30 am

Lo que se observa del cambio

Silvestre Pacheco León

 

Con el privilegio que me dan mis más de 70 años de vida en estrecha relación con la realidad de Quechultenango, mi pueblo natal, llevo un recuento de los cambios más notables que ha vivido, como su paso en la economía del sector primario, de una agricultura temporalera de autoconsumo, al sector terciario, como prestador de servicios de salud, educación, comercio, transporte y turismo.

Sin embargo, el carácter eminentemente agrario y primario de la cabecera cambió recientemente para ocuparse en el sector de los servicios, lo cual salta a la vista con la infraestructura de salud del hospital, la oferta escolar con escuelas del nivel medio superior y superior con la escuela de Salud.

El comercio ha crecido de manera exponencial con la abundancia de negocios como las ferreterías y las casas de materiales para la construcción, farmacias y las llamadas tiendas de conveniencia, comercio ambulante y una crecida oferta del más variado servicio de transporte que comenzó con una sola línea de autobuses en la década de los sesenta y ahora cuenta con una flota impresionante de combis, taxis, bicitaxis y un servicio particular para prácticamente todas las poblaciones del municipio gracias a la red de carreteras que se ha construido.

La afluencia de visitantes de la capital del estado que vienen a disfrutar del clima y los balnearios a lo largo del río Azul, se ha consolidado y crece durante la época de vacaciones y de las fiestas patronales en toda la cañada, desde Petaquillas con San Agustín, Mochitlán con la Señora Santa Ana, Quechultenango con el Señor Santiago y Colotlipa con el de la Misericordia.

Dicho cambio se produjo como resultado del impulso que recibió la educación a partir de 1960, año de la fundación de la escuela secundaria por cooperación Lázaro Cárdenas.

Quechultenango pasó de tener apenas tres profesionistas en ese año a decenas de egresados de las diferentes universidades del país desde la década de los setenta.

En 30 años la cabecera pasó de ser un pueblo de hombres “engabanados” cuya indumentaria parecía llamativa a cualquier visitante observador por el clima cordial que se vivía, hasta descubrirse que esa prenda servía a los campesinos que la usaban para ocultar el verduguillo con el que peleaban. Ese era el drama del alcoholismo detrás de la estadística sobre el alto índice de mortalidad provocado con arma blanca. Era común en aquellos años la muerte en las calles por acuchillamiento que dejaban las peleas de borrachos envueltos en la oscuridad del pueblo.

Solo con el estudio se combatió la grave enfermedad del alcoholismo extendido entre la población, para convertirse en una sociedad pujante que se distinguió por sus grandes logros en la educación y en la salud. Construyó su hospital con sus centros de salud, empedró sus calles, hizo campañas permanentes de vacunación, introdujo el sistema de letrinas y canalizó la energía juvenil en la recreación y el deporte con la organización de torneos de basquetbol que se convirtieron en semillero de grandes deportistas. Lo mismo sucedió con el jaripeo en torno al llamado Corral de Toros.

La capacitación para el trabajo a través del Centro de Bienestar Social Rural a cargo de artesanos y oficiales locales tuvo resultados excelentes.

Entre la población juvenil permeó la idea de que el futuro de pobreza a que la condenaba la vida campesina podía cambiar solo si se alejaba del campo, y buscó como migrante lo que no podía conseguir donde nació. Las abnegadas madres y padres de familia le apostaron al cambio de vida en el deseo de que sus descendientes superaran el llamado destino manifiesto de la pobreza campesina, por eso apoyaron a sus hijos dedicados al estudio y también a quienes apartados de las aulas optaron por probar suerte más allá de la frontera, creyendo en el sueño americano.

En poco tiempo el rostro de Quechultenango cambió. Sus calles polvorientas, aunque anchas y rectas, se pavimentaron, las casas se alzaron y la mancha urbana creció más allá de donde los ríos la limitaban. Pasó sobre los puentes y los ríos, ocupó lomas y laderas. El Centro antes silencioso se volvió bullicio por el comercio.

Todo eso sin ser omisos en señalar los graves problemas de contaminación, algunos sin reparar después de la inundación del año 2013, principalmente el drenaje vertido en el río a lo largo de la cañada, afectando negativamente la calidad del agua del balneario de Santa Fe, así como al nivel de la salud por parte del tiradero de basura y su permanente incendio y olor pestilente que se acentúa durante la noche y resulta tanto o más molesto que el estruendo de cuetes a cada momento.

De todo eso platico una tarde con Humberto Jiménez, un hombre de mi edad que apenas conocí sentado en una banca del jardín de la plaza municipal. Ingeniero civil de profesión y jubilado, vive en Quechultenango por temporadas desde hace años que lo conoció y quedó prendado de sus atractivos. La gente lo identifica por su peculiar modo de vestir medio hippie, con su morral de tela al hombro, lentes para el sol, pelo largo, camisa de fuera y cómodos huaraches de correa.

Me dice que cuando no llueve se distrae en la plaza donde espera a sus amigos Arturo Pineda de Chilapa y Arquímides Cortés, de las viejas familias del lugar. Lleva los registros de lo que mira cada día y está convencido de que al modo del filósofo Heráclito, todo cambia en la vida, recordando los hechos pasados. Dice que le admira ver por las mañanas la fila de indígenas que se forman en la entrada del banco para recibir el envío de dinero que mandan sus familiares migrantes que en el segundo trimestre del año alcanzó la cifra de casi 17 millones de pesos.

Entonces recuerdo a los braceros que abrieron brecha en la frontera a las generaciones de hoy como a don Policarpo Gatica, mi tío Sidonio Pacheco, don Roberto Godínez y su hermano Efrén, don Nino Nava y don Gobén Solano, a don Otilio corona conocido como El Coime, también a don Leonel Hidalgo, a Humberto Sánchez y mi tío Procopio León, quienes como braceros cruzaron por primera vez la frontera contratados de manera temporal para trabajar en los campos de California después de la Segunda Guerra Mundial.

A Humberto le entusiasma ver a las familias que vienen del interior del municipio en sus grandes trocas enlodadas a cobrar en el banco y a surtirse del activo comercio local, pero mi nuevo amigo critica la falta de orden y limpieza, y también de respeto que nota en la conducta de la gente, sobre todo de los niños y jóvenes, asegurando que no conoce otro pueblo donde se hable con tanta procacidad. Tan alarmante le resulta ese hecho que insiste en la falta de autoridades para corregir lo que ve como absoluta falta del respeto hacia los adultos.

Aunque fuera de eso reconoce el cambio que se observa en la vida de la gente y en la economía local con muchos comercios y negocios boyantes y en la calidad constructiva de las viviendas hechas de material industrializado, la mayoría con más de un piso, sustituyendo a las viejas casas de bajareque con adobes y techos de palma y tejas por las de altas paredes y grandes portones.