16 junio,2025 6:05 am

Los asesinos en casa

 

 

Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan

La violencia se agrava en la Montaña no solo por la presencia de grupos de la delincuencia que se han apostado en comunidades estratégicas para tener el control de las rutas, sino porque los niños y jóvenes indígenas han incursionado en el consumo de drogas sintéticas. Así como los teléfonos celulares proliferan en las comunidades de la Montaña, el cristal es una sustancia que está al alcance de toda la gente, principalmente niños y jóvenes. Es más difícil conseguir una medicina que comprar una bolsita de cristal. Las escuelas están asediadas por estas drogas psicoactivas, al grado que se han transformado en espacios idóneos para alentar su consumo y su venta dentro de las mismas instituciones educativas. Pocas comunidades están abordando este problema en las asambleas, con muchas reticencias se quiere abordar un asunto que está causando estragos entre sus hijos e hijas. Hay temor a ventilar públicamente cómo están llegando las drogas a sus comunidades, quién las está vendiendo y las conductas que están asumiendo los niños y los jóvenes en las escuelas y dentro de sus casas.
Las autoridades municipales y educativas no se han interesado en atender este problema de salud pública. Nadie quiere cargar con la responsabilidad de platicar lo que está sucediendo en las comunidades por el consumo de estas drogas. Las madres y padres de familia tampoco están dispuestos a aceptar esta realidad y mucho menos afrontarlo con sus hijos. Le apuestan a que sea algo pasajero y que con el tiempo los jóvenes se alejen de las drogas. No solo el alto consumo de refrescos, sobre todo la Coca Cola, ha aumentado la diabetes de forma alarmante en los organismos mal alimentados de la Montaña, también las metanfetaminas en la población joven que se vende sin control alguno. La Montaña es un mercado cautivo para el consumo de comida chatarra y para el consumo de drogas psicoactivas. El negocio de las drogas no solo se da en las grandes ciudades ni en ámbito urbanos, el mercado no conoce fronteras, llega a los lugares más pobres y apartados para expoliar a sus habitantes y desquiciarlos con el consumo de drogas. El fetiche del capital requiere sacrificios humanos para robustecer su poder devastador.
Las tragedias protagonizadas por los jóvenes están dejando huellas profundas en las comunidades indígenas. A pesar de estos focos rojos, ninguna autoridad atiende ni previene, mucho menos investiga ni castiga a quienes lucran con estos negocios. Se han documentado casos de suicidios en la Costa Montaña, homicidios y feminicidios en las comunidades indígenas. En los municipios de San Luis Acatlán, El Rincón, Malinaltepec, Copanatoyac, Cochoapa El Grande, Zapotitlán Tablas, Acatepec y Tlapa se han consumado hechos deleznables. Este fin de semana se registró un multihomicidio en el municipio de Tlacoapa: dos mujeres y hombre fueron asesinados a puñaladas por un sobrino dentro de su vivienda.
Cleotilde de 75 años, creció entre las hondas barrancas de la Montaña. Ayudaba a sus padres en la siembra del maíz. Aprendió a sobrevivir con tortillas y quelites. Nunca tuvo oportunidad de estudiar. Cuando nació su hija Araceli no pudo ofrecerle más que los saberes del trabajo agrícola porque no tenía dinero para que fuera a la escuela. Luchó a brazo partido con su hermana Eco para levantar su casa de adobe. De las 8 hermanas que fueron, Araceli y Escolástica (Eco) son las únicas que se quedaron con doña Cleotilde. Ante la muerte de una de sus hermanas quedó huérfano el niño Francisco, que también perdió a su papá cuando tenía 3 años.
Araceli se casó con Leandro y decidieron hacerse cargo del sobrino Francisco. El adolescente pronto supo que no eran sus papás. Le dolía mucho que le recordaran que no tenía madre. Sentía que nadie lo quería y que en el pueblo estaba solo. “Fue como un odio que se incrustó en su mente y en su corazón que nunca pudo controlar. Empezó a consumir droga y nadie se atrevía a decirle algo. Mi mamá lo consentía y lo dejaba que anduviera de ocioso, porque no quería trabajar. No sé qué pasó, pero tengo muy presente su amenaza de que nos iba a matar”.
Este jueves estuve platicando con mi mamá Cleotilde y mi hermana Araceli sobre la clausura de mi hijo. Fue un día extraño porque platicamos de la muerte. Yo les dije que solo ellas podrían darme una cristiana sepultura. Mi hermana me pidió que no mencionara la muerte porque nadie sabe cómo será nuestro final. Eran como las 5 de la tarde cuando le dije a mi mamá que tenía pesadez en mi cuerpo, como mucha flojera, pero tenía que lavar mucha ropa. Mi madre todavía me dijo que descansara, al fin hay más tiempo que vida. Nunca imaginé que la desgracia iba a llegar a la casa.
Eco y Araceli tardaron en encender el fogón por la lluvia que cayó en la madrugada. Cerca de las 9 de la mañana se corrió la voz que Pancho había apuñalado a Leandro. Ante la trágica noticia Araceli corrió para su casa para controlar a Francisco. Eco hizo las tortillas para que almorzaran los maestros y pidió a su sobrina que fuera a ver qué había pasado. La sorpresa fue que no encontró a nadie dentro de su casa. Eco presentía algo malo. Llamó por teléfono a una prima mientras los buscaba alrededor de la casa. Después de una revisión más meticulosa Eco vio las huellas del huarache de su hermana Araceli, bajó por unos ramales y vio otras huellas. Después de una hora de búsqueda entró a una segunda casa que está a unos metros de la otra y se espantó al ver que unos perros sorbían la sangre que salía de adentro. Desesperada empujo la puerta y al entrar vio a su mamá Cleotilde en una esquina. Cerca de ella estaba Araceli tirada bocabajo, y a su lado yacía Leandro tirado bocarriba, todos ensangrentados y ya muertos. Al salir para pedir auxilio Eco alcanzó a ver a Pancho cerca de la casa, que al sentirse descubierto corrió para el cerro.
Caminé con mucho miedo para ponerme a salvo, a pocos metros me topé con un vecino a quien le pedí que me apoyara. No se quiso involucrar y solo me recomendó que me fuera con cuidado. Cuando llegué a la casa de mi compadre les platiqué todo y les pedí que me acompañaran para ir a la comisaría municipal. Me subí a su carro y llegamos a la comisaría donde les informé lo que había pasado.
A las 2 de la tarde llegó la síndica municipal de Tlacoapa, escuchó nuestra denuncia y levantó un acta. Más tarde llegó el Ministerio Público y unos peritos forenses que se encargaron de hacer las diligencia para levantar los cuerpos. A las 8 de la noche se los llevaron a la comisaría. Fue muy duro para todos tener que velar tres cuerpos. Nos invadía la tristeza y el coraje por la forma cobarde en que lo hizo un miembro de la familia. Nunca había pasado algo así en la comunidad, varios piensan que a la mejor es un castigo de Dios por tanto desorden que hay en la comunidad.
Este sábado llegaron los familiares a la Fiscalía de Tlapa para interponer la denuncia formal. Fue un trabajo arduo que duró más de seis horas declarando y realizando los trámites correspondientes. Después de la necropsia los tres cuerpos fueron trasladados a La Sabana. A pesar de la pena y el cansancio emprendieron el viaje a su comunidad en medio de la densa neblina y la lluvia que los acompañó en el viaje de tres horas. En el trayecto Eco recordaba a su mamá y a su hermana. Se lamentaba de lo que había sucedido. Manifestaba que no comprendía por qué había llegado a ese extremo su sobrino Francisco. No concebía la barbarie que cometió. Deducía que estaba drogado porque sus comportamientos eran muy violentos.
La gente se mantuvo en vela hasta ver llegar los féretros. El sacerdote de Tlacoapa hizo compañía para recibirlos y celebrar a la una de la mañana la misa en el albergue de la comunidad. Los vecinos tapizaron de veladoras alrededor de los tres difuntos. El humo de copal elevaba las plegarias de una que se siente culpable por la que pasó, que consideran que es un castigo divino, una reprimenda de las fuerzas sagradas porque no están haciendo bien las cosas. Lo más trágico es que no están tomando medidas efectivas para tener en sus manos el control de su comunidad. Han dejado que actores políticos se coludan con grupos de la delincuencia para hacer negocios ilícitos. Son agentes externos los que imponen su ley y los que distribuyen la droga en las comunidades para tener entre los niños y jóvenes una clientela cautiva, dispuesta a cometer crímenes para que ellos mismos se encarguen de aterrorizar a la población. Estas fracturas destruyen la cultura comunitaria, causan divisiones y confrontaciones internas. La violencia con el consumo de drogas entre las nuevas generaciones se adhiere al problema de un tejido comunitario que se desangra con los asesinos que habitan en la propia casa. Esta violencia endémica le viene bien a las autoridades de los tres niveles de gobierno porque se desentienden del problema y culpan a las mismas comunidades de su propia desgracia. Para los gobernantes los generadores de violencia no son las redes macrocriminales que siguen intactas en su estructura y organización, sino los jóvenes pobres que caen en las garras del cristal.