5 junio,2026 5:38 am

Los “claros de bosque” de los niños

LASCAS

Julio Moguel

 

Filosofía y literatura (2)

Nota bene. En el objetivo de esta serie de encontrar algunos “puentes” (ontológicos) entre la filosofía y literatura, y en la idea ya anunciada de caminar en la ruta que nos mostró el filósofo francés Gaston Bachelard (1881-1992) durante muchos años, nos atrevemos a hurgar un poco sobre lo que, a partir de una frase de Heidegger, pudieran llamarse “los claros de bosque” de los niños. Hay que señalar sólo, a manera de presentación, que Gaston Bachelard dedicó una parte importante de su vida a encontrar y explicitar, desde el campo de la fenomenología husserliana y de la perspectiva de la “imaginación dinámica”, los hilos que unen o pueden unir íntima o “esencialmente” a ambas disciplinas (la filosofía y la literatura). En lo que sigue trataremos de hacer un ejercicio similar al que desarrolló nuestro filósofo, en un acercamiento a partir de lo que pudiera nombrarse de manera simple como “la mirada infantil”.

1

En el razonamiento primario que fincó el inicio de la obra de Gaston Bachelard (la que se desarrolla en la colección que va de La psicología del fuego a la de La poética del espacio, editados en español por el Fondo de Cultura Económica) queda claro que. si el sueño –“objeto” propio del psicoanálisis– tiene una realidad físicamente intangible y en muchos sentidos “ficcional”, pero dice o explica en ocasiones de mejor manera el “sentido” o “la circunstancia” del Ser de lo que pudiera entenderse a partir de la “simple palabra” o de la “constatación objetiva de los hechos”, ¿por qué pudiera pensarse que la “ficcionalidad” literaria no es capaz de dilucidar claves para una mejor o más certera comprensión del Ser y de sus circunstancias en su “estar-en-el-mundo”? ¿No es acaso el poema o el escrito literario en general una especie de “emanación” misteriosa que pudiera emparentarse con los sueños? ¿No queda acaso como una duda siempre a resolver el “de dónde surgen” los sueños tanto como el “de dónde surge” la denominada inspiración que comanda la escritura del poeta, cuentista o novelista? El psicoanalista encuentra, en esa intangibilidad de los sueños, elementos decisivos para entender y ayudar a sanar “la enfermedad” del paciente. El filósofo, por su parte, encuentra –o puede encontrar– en la literatura elementos esenciales para entender “verdades” del Ser que no son evidentes en la literalidad propia de lo que dice su pluma.

En esta entrega aplicamos el mismo principio bachelariano para ver y tratar de entender cómo desde “una mirada infantil” –mirada que, en este caso, es pensada en la condición de un específico “existencial”, pues el niño “está” plenamente “en el mundo” desde el primer día en el que “llega” a él desde el vientre de su madre– es posible, a través de sus sueños como el de sus escritos o dibujos primarios, descubrir verdades esenciales al “sentido del Ser”, mismas que la mente adulta no necesariamente es capaz de “ver” o comprender. Al menos por una simple y llana razón: que el niño “aún no comprenda” puede implicar una carencia, pero puede a la vez implicar, por el contrario, una importantísima virtud: la de tener la “mente abierta” a lo que le presenta el mundo, con capacidad de “asombro” y de avidez para aprender a su manera lo que “lo que le da la vida”. En tales condiciones, los niños pueden contar y alimentar una fértil y vigorosa imaginación (la “imaginación dinámica”, en los términos de Bachelard), factor que le permitirá, como dice el filósofo multicitado, “(llegar) a la raíz misma de la fuerza imaginante de la creación poética”.

No hemos hablado ni hablaremos ahora de El principito (de Antoine de Saint-Exupéry), obra que permitiría encontrar algunas de las líneas de aproximación que se ubican en nuestro tema. Lo dejamos como pendiente. Pero no es menor lo que aporta, en lo dicho, otra obra mayor de la literatura que, podemos apostar, ha sido leída y releída por una buena parte de quienes ahora siguen estas letras: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. ¿Qué nos ofrece esta obra en el vínculo entre filosofía y literatura? Digo aquí lo que escribí hace algún tiempo en otro texto: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas “tiene una profundidad y alcances filosóficos de tal naturaleza que ha permitido fincar reflexiones exquisitas como las que permiten a Gilles Deleuze la apertura de uno de sus mejores libros: Lógica del sentido (Paidós, 1969).

2

Recordando partes importantes del libro de Carroll, sabemos que. en sus sueños creativos, una niña rubia de siete años de edad decide perseguir a un conejo blanco, hablantín y presuroso, que viste de chaleco y posee un reloj de bolsillo. “Alicia se levantó de un brinco y, muerta de curiosidad, corrió por la pradera hacia el lugar donde se encontraba el conejo, y llegó justo a tiempo de verle desaparecer por una gran madriguera que se abría al pie de un seto.” La niña “se hace pequeña” para poder perseguir al conejo hacia el fondo de la tierra, por el curso de su madriguera, e inicia con ello una aventura que no encuentra límites en sus posibilidades mágicas y de transfiguración.

En el mencionado periplo, las aventuras de Alicia entran en un espacio a-temporal en el que los sueños se confunden y mezclan con “las realidades objetivas” y ofrecen una realidad muy otra a la que nos reduce el pensamiento racional despierto. El Pienso, luego existo, de Descartes, se hace añicos para ser desplazado en este caso por un insinuante y maravilloso Sueño, luego existo, tema-eje que permitiría entender con mayor profundidad la vida de los seres humanos (y, en particular, la de los niños) si lográramos cambiar nuestro criterio y aceptar que éstos (los seres humanos) están hechos y se desarrollan con “materia de niñez”. “En el subterráneo país de las maravillas –se dirá en la reveladora “Introducción” de la obra de Carroll publicada por la editorial Cátedra–, muchos de los principios que consideramos válidos en el mundo real ceden paso a otros muy distintos, de manera parecida a como cede en el sueño, según Freud, el principio de realidad al principio del deseo. Educada en el mundo de la vida ordinaria, a la diminuta visitante le sorprenderá el contraste de sus puntos de vista con los sustentados por los habitantes del nuevo e imaginario entorno”.

En la perspectiva de Deleuze, el sentido y el sinsentido no pueden calcarse en este caso sobre la relación polar entre lo verdadero y lo falso, debiendo establecerse más bien en un plano de “copresencia”. La sonrisa cuajada del gato de Cheshire será otro de los signos significantes de la historia. ¿Puede un gato reír? Y si así fuera, ¿De qué se ríe? No hay respuesta posible para cualquiera de estas dos preguntas, o, en todo caso, diríamos, no hay respuesta posible racional. La sonrisa eterna del gato de Cheshire no es más que un gesto puro sobrepuesto a la figura del felino, desprendido de toda materialidad para dar sentido textual al sinsentido y marcar o remarcar el carácter fantástico del personaje y del espacio-tiempo en el que habita.

El país de las maravillas al que pertenece Alicia aparece entonces como una tierra subterránea abierta al disparate, en una línea narrativa que interroga el sentido ordinario convencional adulto de la época para abrir nuevos continentes posibles a las capacidades creativas de lo imaginario y de la imaginación. Capacidades que de variadas formas y niveles aún tienen los niños y que pierden conforme crecen y se vuelven partícipes activos del tiempo-espacio de las personas maduras. “Más tarde –nos dirá Deleuze–, las personas mayores son atrapadas por el fondo, caen y ya no comprenden, porque son demasiado profundas”.

Siempre siguiendo el razonamiento de Deleuze, podemos decir que los diálogos de los personajes de la novela fantástica de Carroll utilizan también el sinsentido para confrontar y desnudar la impertinencia retórica de “Yoísmo” corriente instalado íntimamente en la vida y en el lenguaje occidental. Incluyendo en este caso la locura y el sentido del humor, en condiciones en que el acto humorístico devuelve a los humanos “a la superficie”, donde pueden captarse los acontecimientos y demostrarse que “lo pesado” y “lo sustancioso” son acaso solamente unos “espacios vacíos”.