
Un huipil y un enredo nahuas de San Luis Acatlán, un atuendo mixteco de Metlatónoc y un traje amuzgo de Xochistlahuaca, son algunas de las piezas tradicionales del estado que se pueden ver ahora en el recinto inaugurado en junio pasado en la Ciudad de México. Más de 200 “piezas vivas” de todo el país integran la exhibición permanente, cuyo concepto dinámico de conservación obligará a rotarlas, junto con las expos temporales. El objetivo del museo es ser “un eslabón” entre las prácticas textiles vigentes y las nuevas generaciones de creadores
Ciudad de México, 11 de julio de 2026. El arte textil en México no produce objetos estáticos para guardar en vitrinas, es “un patrimonio vivo que respira y se transforma”: con esa premisa, el nuevo Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos (MUT) abrió sus puertas el 9 de junio pasado en la Casa del Marqués del Apartado, ubicada en la esquina de la calle República de Argentina número 12 y la calle de Donceles, en pleno Centro Histórico de esta ciudad.
Ha pasado poco más de un mes desde la inauguración y el recinto ya se proyecta como un espacio clave para entender la identidad nacional. Eduardo Salina Rojas, coordinador de exposiciones del MUT, lo presume al hablar de la ambición de este proyecto: “Se está buscando que este museo aquí en Ciudad de México se pueda definir como un punto de representación de todas las comunidades que existen a lo largo del país”.
El reto no es menor. Aunque existen referentes imprescindibles, como el Museo Textil de Oaxaca, este nuevo espacio intentará concentrar y visibilizar “de manera equitativa” los saberes y el trabajo de las y los creadores de todo el territorio nacional.
El corazón de la exhibición radica en entender el origen mismo de estas piezas, enfatiza Salina Rojas. “El textil nace desde una necesidad original de cubrirte, de taparte el frío, y hasta después se va convirtiendo en esta manera de expresarte, de expresar tu esencia”, explica el coordinador.
Arte en movimiento: “nunca habrá cosas repetidas”
El recorrido por las 16 salas de exhibición sigue un guión meticuloso diseñado por el curador Alejandro de Ávila, un investigador cuya trayectoria ha estado volcada por entero al estudio de los textiles. El viaje museográfico arranca desde los procesos más primarios, que enseñan distintas formas en que las comunidades transforman fibras vegetales, como el ixtle, o materias primas de origen animal, como la lana y la seda.
En las vitrinas el desglose del uso del telar de cintura y el telar de piso revela la complejidad técnica que esconde cada urdimbre. Sin embargo, el MUT tiene una característica que lo vuelve único: su propuesta es completamente mutable debido a la fragilidad de los materiales que muestra al público.
“Aunque son exposiciones permanentes, por cuestiones de conservación se tienen que estar rotando y sustituyendo las piezas”, dice Salina Rojas. Esto significa que el acervo –de unas 210 piezas por ahora– estará en constante movimiento. “Básicamente, este museo propone que siempre que vengas vas a ver algo nuevo; nunca va a haber cosas repetidas que ver”, asegura.
Para lograr este dinamismo sin romper el discurso de la exhibición, un consejo curador selecciona con De Ávila las piezas que entran y salen de las salas. El resultado proviene de la colaboración entre colecciones públicas y privadas, que incluye préstamos del Museo Nacional de Antropología, el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), Fomento Cultural Banamex y el Museo de Historia de Monterrey, además de comisiones directas encargadas a personas artesanas que dominan las técnicas textiles tradicionales.
El inventario es “un mapa geográfico de la indumentaria mexicana”. En su primer montaje conviven piezas de comunidades de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Michoacán, Estado de México, Hidalgo, Puebla, San Luis Potosí, Querétaro, Veracruz, Durango, Sinaloa, Sonora, Jalisco, Colima, Nuevo León y Ciudad de México.
En el recorrido por las salas, el público puede observar la maestría técnica de los pueblos originarios mazahua, mixteco, amuzgo, nahua, tseltal, wixárika y tének, por mencionar sólo algunos de los que dan vida al recinto.
La diversidad de texturas y colores se materializa en huipiles, enredos, enaguas, faldas, tocados, dechados y paños ceremoniales que comparten espacio con las herramientas esenciales que los hacen posibles, entre malacates y variadores de madera.
Pero la prisa corre en el MUT. Debido a estrictos criterios de conservación preventiva, tres de las piezas históricas más valiosas del siglo XIX, prestadas por el Museo Nacional de Antropología, están en sus últimos días de exhibición.
La más destacada es un huipil etéreo oaxaqueño de alrededor de 1800. Es una prenda ceremonial de gran formato, elaborada con la hiladura manual de algodón más fina conocida en México y decorada con seda teñida en grana cochinilla. “Actualmente ya no existe alguien que utilice esta técnica, pero se trabaja con artesanos para lograr una reproducción”, comenta el coordinador sobre esta joya que pronto estará bajo resguardo otra vez.
Junto a ella se despedirán del museo un echequemo purépecha –prenda similar al quexquemetl, hecho en telar de cintura– y un rebozo de lana antiguo con brocado en seda.
Piezas guerrerenses en confite, chaquira y coyuchi
Dentro del mapa geográfico que despliega el MUT, Guerrero ocupa un lugar prioritario en el montaje actual con una notable variedad de piezas expuestas. Eduardo Salina Rojas destaca, en primer término, una colcha histórica de 1920 proveniente de una comunidad afromexicana del estado, confeccionada con una técnica sumamente compleja conocida como confitillo o confite.
“La técnica en sí consiste en realzar la trama con una espina de maguey o con un hueso de guajolote”, detalla el coordinador. Al realizar el tejido, las personas artesanas usan la espina o el hueso para ir levantando la trama y formar una especie de pequeñas bolitas o relieves. La pieza de Guerrero es de gran formato, pues mide 1.75 metros de ancho por 2.36 metros de largo. Su alto grado de dificultad radicó en hacer coincidir los relieves y las texturas al momento de unir los tres lienzos de algodón hilado a mano que la componen.
A diferencia de este textil de 1920 que es totalmente blanco, el museo exhibe además dos paños procedentes del estado, más recientes y que también emplean el confitillo, pero evidencian la evolución de la práctica. Aparte de la herencia de las comunidades afromexicanas, en estas piezas se observa la introducción de color y el uso de materiales artificiales, como el acrílico en sustitucuión de la lana y la artisela para imitar la seda.
La indumentaria guerrerense en el MUT incluye una blusa de 1970 elaborada con cuentas de vidrio, popularmente llamadas chaquira. En esta prenda, las cuentas se bordaron una por una, configurando una iconografía muy característica basada en el tramado de la flora y la fauna locales.
Asimismo, se exhibe un atuendo nahua completo de San Luis Acatlán –municipio de la Costa Chica–, compuesto por un huipil y un enredo que llevan minuciosos bordados florales y representaciones de conejos, cisnes y garzas.
Una de las aportaciones más singulares de Guerrero es la conservación de indumentaria tradicional masculina, un uso que se ha ido perdiendo con el tiempo en muchas regiones del país. En la sala 3 del museo se puede apreciar un atuendo mixteco para hombre, originario de Metlatónoc. Y hay un traje masculino amuzgo, de Xochistlahuaca, confeccionado con algodón coyuchi, fibra natural característica por su tonalidad amarillenta.
Punto de encuentro para el diálogo comunitario
Más allá de operar como contenedor de objetos antiguos o escaparate de exhibición, el Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos aspira a consolidarse como un centro cultural dinámico y vivo. Tiene de meta principal propiciar que las tradiciones y los creadores entablen un diálogo directo en sus instalaciones.
Para eso cuenta con áreas específicas destinadas a la formación, donde se impartirán talleres de manera continua, de tal modo que el espacio funcione como un punto de encuentro vecinal y regional que permita a las personas artesanas del país generar el intercambio activo de técnicas, conocimientos y experiencias de producción.
Los textiles y bordados exhibidos “cargan con un fuerte valor identitario, territorial y creativo que los artesanos plasman tras siglos de transmisión generacional”, dice Salinas Rojas. En ese sentido, el museo busca conducir este legado hacia una conversación pública que ayude a reconocer formalmente la diversidad cultural que coexiste en México.
Con este concepto de puertas abiertas, el MUT se proyecta como un resguardo del pasado, concluye Salinas, pero sobre todo será “un eslabón para que las prácticas textiles contemporáneas continúen vigentes y se transmitan con solidez a las nuevas generaciones de creadores”.
El aire y la práctica híbrida de Trine Ellitsgaard
Este viernes, el MUT inauguró su primera exhibición temporal individual: La forma que sostiene el aire, de la tejedora y artista textil Trine Ellitsgaard. Curada por Ana Elena Mallet, bajo los auspicios de la Secretaría de Cultura federal y el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart), en esta muestra se reúnen textiles que trascienden su dimensión utilitaria y piezas escultóricas hechas a mano con lana, henequén, seda, hilos de oro y crin de caballo, “en colaboración con artesanas y artesanos de distintas regiones del país”.
Ellitsgaard –nacida en Dinamarca y residente en Oaxaca desde hace cuatro décadas–“propone un diálogo entre las técnicas y conocimientos del patrimonio textil mexicano con una óptica contemporánea”, destacó durante el acto de apertura la titular de Cultura federal, Claudia Curiel de Icaza, de acuerdo con un comunicado difundido por la dependencia.
Las creaciones de la artista de origen escandinavo, son “una experiencia que revela al textil, al arte y el tejido como un lenguaje en constante transformación”. En cada fibra, técnica o forma de creación “existe también el conocimiento, territorio, historia y futuro. Esta sala temporal va a dialogar con otros artistas, textiles y otras maneras y cosmovisiones del mundo”, expresó la funcionaria.
Ellitsgaard agradeció al MUT la invitación: “Es importante que no olvidemos lo que pueden crear las manos y los materiales naturales. Ha sido un gran honor el poder exponer al lado de los textiles tradicionales”.
En su oportunidad, Ana Elena Mallet subrayó la importancia de que el MUT albergue una exposición temporal “de una artista contemporánea que habla del textil desde otro registro, pero desde su llegada a Oaxaca, hace 40 años, reconoce y se reconoce en los materiales regionales, en la cultura mexicana y la tradición.
Guillermo Rivera / Foto: Cortesía del MUT


