
Anituy Rebolledo Ayerdi
Residente acapulqueño
Luis Nicolás Guillemaud fue un ciudadano francés residente en Acapulco en la mitad del siglo XIX , dedicado a la medicina, la educación y la política. Insólito firmante de la primera Constitución Política de Guerrero, como luego se explicará.
Nace en 1810 en Cluny, Francia y será en París donde haga sus estudios de medicina, no concluidos porque un buen día se le atraviesa un nombre para él irresistible: México. Cumplidos 19 años se enrola en una aventura colonizadora patrocinada por la Compañía Europea de Tehuantepec, cuya oferta de “tierra prometida” lo entusiasma como a muchos otros jóvenes del Viejo Mundo. Luis Nicolás aborda el trasatlántico La Joven América (27 de noviembre de 1829), cuyo destino es México, el puerto de Veracruz.
La tierra a la que llega el joven francés no es la de promisión imaginada y entonces, luego de vagabundear por la región, decide viajar por todo el país. No irá lejos, porque en la ciudad de Oaxaca es sujeto de una experiencia singular. Su acento francés subyuga al fiscal de la Corte de Justicia quien, por ese único hecho, lo hace su secretario particular. Muy pronto, Luis Nicolás se fastidia de llamar monsieur a un indio zapoteco y huye.
Será en las tierras michoacanas, a las que lo ha llevado su ya irrefrenable vagabundez, donde un franchute asimilado lo convenza de que en este país sólo hay un lugar para él: Chilapa y hacia allá encamina sus pasos. Y en efecto, Chilapa será la tierra que hasta entonces le ha sido negada. Tan es así que dos años más tarde funda el Colegio Minerva, para la enseñanza de primaria de niños y niñas, reforzando su liga afectuosa con una comunidad solidaria. Entre sus primeros alumnos figurarán los hijos de los extranjeros radicados en la ciudad. (Colegio Minerva, hoy, 200 mil egresados en 80 años).
La familia Guillemaud-Astudillo
Guillemaud contrae matrimonio con la señorita Manuela Astudillo, perteneciente a una de las familias más distinguidas de Chilapa. Con ella procreará seis hijos: Matilde, Eduardo, Gerardo, Protasio, Luisa y Esteban.
Ligado a la política desde su arribo a la población conventual, el médico galo llegará a ocupar en diez años tres escaños en la Legislatura guerrerense. En uno de ellos participará en el Congreso Constituyente que promulga en Tixtla la primera Constitución Política de Guerrero. No tendrá objeción de firmar porque ya posee la nacionalidad mexicana. Más tarde será magistrado del Tribunal Superior de Justicia.
La invasión francesa
El arribo de los Guillemaud Astudillo a este puerto, el 10 de enero de 1863, coincide dramática y peligrosamente con el primer ataque de la flotilla francesa sobre la ciudad. Sólo viaja con él Matilde, la hija mayor, y ambos son acogidos por el propio alcalde de la ciudad. El resto de la familia esperará a que los galos sean echados
La flotilla francesa está integrada por las naves Palas, Diamante, Cornelius y Galatea, al mando del almirantes Bonet. Es tal la intensidad y el poder destructor de su ataque que sólo en dos horas acallará a las defensas porteñas. Los fortines localizados en torno a la bahía bautizados con los nombres de Guerrero, Morelos, Iturbide, Hidalgo. Unicamente el Álvarez quedará activo pero con respuestas esporádicas.
El buen francés
El número de bajas civiles será insignificante gracias a la ya vieja costumbre acapulqueña de refugiarse en los cerros ante la inminencia de cualquier peligro. Acapulco no tendrá traza de haber sido una ciudad, pues la destrucción es total, particularmente la del comercio. Y es aquí donde surge el nombre de Luis Nicolás Guillemaud, designado por el alcalde como encargado de cuantificar los daños y pérdidas sufridas por los porteños.
Al día siguiente, el fuego de la flotilla francesa se iniciará a las 6 de la mañana para terminar a las 5 de la tarde, con reloj en mano. Las respuestas del fortín Álvarez serán cada vez más débiles y espaciadas. Los cañones franceses reanudan sus andanadas el mediodía del día 12 de enero para repetirse a las 4 de la tarde. Luego, el silencio. Los gritos de júbilo provenientes de los cerros anunciarán la salida de las naves agresoras, para perderse luego en el horizonte.
–Ya me acostumbré a recibirlas, decía el francés sobre las mentadas de madre en francés, incluso por los niños.
“Por lo demás, yo ya no soy francés, soy puro mexicano”, sostenía . Todo acoso terminará cuando se popularice su mote de El francés bueno, aplicado por un grupo de madres de familia luego de conocer a sus paisanos.
¡Merde!
Tres meses más tarde penetran a la bahía de Acapulco tres nuevas embarcaciones ondeando la bandera de Francia, esta vez con sus cañones silenciados. Desembarcan aquí a un numeroso grupo de soldados argelinos pertenecientes a la brigada Doway, afamada de ser, además de los mejores guerreros del mundo, los más crueles y sanguinarios. Con todo y eso venían huyendo de las fuerzas del gobernador de Guerrero, general Diego Álvarez, hijo de don Juan, con las que se habían topado en el cercano cerro del Peregrino.
Todo había empezado con un reclamo estúpido del almirante Bonet, quien exigía al gobernador Álvarez el desmentido de una nota aparecida en un periódico de Acapulco. Nota que ofendía el honor del general Gilardi, comandante de la ocupación anterior de Acapulco. Se le acusaba de “haber desartillado un barco mexicano para luego echarlo a pique”. ¡Mensonges mille fois mensonges!, (menti-ra, mil veces mentira) brama Bonet para poner enseguida un plazo de tres días para el desmentido o abrirá fuego sobre Acapulco.
–¿Y yo qué tengo que ver con esas pendejadas? –pre-gunta indignado el hijo de don Juan Álvarez. Nada tengo que ver ni he tenido con ningún periódico y jamás he leído el mentado Chaleco, como dicen que se llama. Pretextos, puros pretextos de esos maricones.
Finalmente, las cosas no llegarán muy lejos gracias a un militar francés que hace llegar al mariscal Bonet un ejemplar del diario El Chaleco. No editado en Acapulco ¡en la ciudad de Lima, Perú!
Pan de pata
En aquellos días aciagos de la ocupación francesa, Luis Nicolás Guillemaud tendrá sin embargo encuentros felices, como será el que tenga con el auténtico pan francés, de toda su infancia. Las crujientes baguettes, los irresistibles croissants, el brioche y el rissole horneados aquí sólo para consumo exclusivo de las tropas francesas de ocupación. No obstante, los tahoneros militares se darán sus mañas para hacerlos llegar al mercado local. Muchos consumidores vomitarán cuando conozcan el proceso de panificación.
Harina, agua y levaduras se vaciaban en una batea de gran tamaño para ser amasados no manualmente, sino con el brincoteo de la soldadesca con los pies desnudos, bautizado justamente por los acapulqueños como “pan de pata”.
El 7 de abril de 1863, don Luis Nicolás es nombrado juez de primera instancia del puerto y a mediados de ese mismo mes viaja a la hacienda de La Providencia, llamado para atender de una leve dolencia al general Diego Álvarez, en cuya residencia saluda a su viejo amigo y colega Ignacio Manuel Altamirano, acogido con su madre por la familia del creador del estado de Guerrero.
Pocos meses más tarde el médico francés se reunirá con su esposa e hijos..
Su muerte
Carlos E. Adame hace en uno de sus libros una reseña cronológica de la enfermedad que llevó a la muerte al francés bueno.
Amanece el 30 de mayo de 1864 con una severa hinchazón en la muñeca, manos y pies. La hinchazón cede un poco el 27 de junio y el personaje se dispone a normalizar su vida. El 8 de septiembre sufre una severa recaída, Los cuatro médicos que lo atiendan diagnostican: la fiebre ya le atacó el cerebro. Muere a la medianoche del 12 de ese mismo mes .
Acapulco
El maestro Ignacio Manuel Altamirano le escribe en Acapulco una carta a su amigo Guillemaud y en ella le dice:
“No pocas tardes me he ido a La Quebrada desde donde se descubre todo el mar en su magnífica grandeza y ahí me he estado algún tiempo con los ojos fijos en esa llanura solitaria, oscura, alumbrada apenas por la luz crepuscular de la tarde. Y crea usted, amigo Guillemaud, que mi frente se ha encendido, que mi pensamiento se ha recogido religiosamente y no ha tenido inspiración poética, sino que he reclinado la cabeza sin tener valor para murmurar más que algunas frases humildes”. (Fragmento).


