
Federico Vite
Ian McEwan es un narrador de Reino Unido que se hizo famoso en todo el mundo por su novela Atonement (2001), cuyo título en español le será conocido: Expiación. En este espacio se han reseñado varios libros de él, tanto novela como cuento, pero desde hace tiempo lo dejé en pausa. Retomo su trabajo con Sweet tooth (Estados Unidos, Anchor Books, 2012, 379 páginas).
La historia ocurre en la década de los 70 del siglo pasado en Londres. Bajo la apariencia de una vida sofisticada, la protagonista de este libro, Serena Frome, nos cuenta, casi como si se tratara de una novela de aprendizaje, sus aciertos y errores en el espionaje; a la par incursiona en las vici-situdes estudiantiles, en los pri-meros frentes amorosos, eróticos y profesionales. Expone su interés por el otro sexo, en especial, la apetencia por hombres mayores. Serena, hija de un obispo an-glicano, demuestra talento para las matemáticas e ingresa a la Univer-sidad de Cambridge. Tiene difi-cultades académicas y se gradúa con esfuerzo. En Cambridge se involucra con Tony Canning, un profesor mayor y reservado, quien le consigue un puesto en el MI5 (Military Intelligence Sección 5, responsable de las actividades de espionaje dentro del país). Así que ella trabaja en algo de muy bajo nivel, pero surge una oportunidad más emocionante cuando a Serena se le invita a participar en un nuevo programa llamado Sweet Tooth. Se trata de un proyecto para contrarrestar la propaganda comu-nista durante la Guerra Fría, la MI5 quiere ofrecer ayuda finan-ciera a escritores, académicos y periodistas jóvenes anticomu-nistas.
La entrevista que le realizan los altos mandos del MI5 se enfoca sólo en el conocimiento literario de Serena, porque ella durante toda su vida ha tenido la pasión por leer novelas y se decanta por los libros escritos por mujeres. Ese hecho, por nimio que parezca, lleva el relato a otro nivel y Serena arriba a los anchos pasillos del espionaje inglés. Después de pasar con suficiencia la entrevista de los mandos superiores debe evaluar al prometedor escritor Thomas Haley. ¿Un hombre que lee sólo a hombres? No le convence el prospecto, pero acata la orden.
Serena busca a Haley, le ofrece un apoyo económico que “brinda” la Fundación Internacional para la Libertad, pero en realidad el capital será tomado de una partida del MI5 con el objetivo de supervisar y espiar el trabajo de escritores que se interesan por temas políticos anticomunistas. Ella logra que Haley acepte la beca sin preguntar mucho de dónde viene el dinero. Escribirá lo que a él le venga en gana durante dos años.
Serena y Haley, sin proponérselo, inician una relación sentimental. Ella descubre que la novela que está escribiendo Tom es una distopía anticapitalista; no considera que sea un libro espectacular o atractivo, así que teme haberse equivocado al reclutarlo, pero mantiene los informes al MI5 y espera que las cosas tomen buen curso. Para su sorpresa, Serena escucha boquiabierta que una editorial de prestigio acoge la novela de Tom, la publica y recibe una nominación a un premio importante en el que compiten Iris Murdoch, Anthony Burgess, Margaret Drabble y Tom Haley. ¿Qué es esto? Piensa ella. Por primera vez en todo el relato duda de su capacidad de discernimiento, porque ha sido una buena lectora y lo que proponía Haley era de menor calidad (y menor volumen) en comparación con los libros de los otros finalistas. Así que la fama recibe a Tom cuando gana el premio. Y le invitan a dar una lectura en público al lado de Martin Amis: “Tom deja que Martin vaya primero, como para calentar al público. Fue un error. Amis leyó partes de su nueva novela titulada Los papeles de Rachel. Es obscena, cruel y muy divertida –tan divertida que él tuvo que hacer una pausa durante y después para dejar que la audiencia se recuperara. Cuando él terminó y Tom salió al escenario para tomar su turno, el aplauso se mantuvo más y más, y Tom tuvo que regresar a la oscuridad de una de las alas del teatro. La gente estaba ahí, sonriendo y secándose los ojos, y Martin finalmente se paró ante el atril para despedirse y presentar a Tom: ‘Estas fueron mis tres mil palabras de baba, pus y muerte’. Durante la lectura de Tom algunas personas se fueron; tal vez tenían que alcanzar el último tren para regresar a casa”.
Serena se lleva una revés al leer que un periódico serio de Londres publica una filtración tremenda: “El MI5 subvencionó a escritor premiado”. No quiero desvelar el final, pero hasta este punto, la historia tiene diversos géneros; pasa por un relato de aprendizaje, un relato amoroso, una novela erótica y una intrincada pesquisa de espionaje. Es plausible el cambio de registro que logra darle a la novela McEwan, no porque sea complejo hacerlo, sino porque ese dominio de la sustancia literaria forma parte de una obligación para cualquier novelista serio; por ejemplo, sin problema alguno va del relato de usos y costumbres rural –para describir la familia de Serena– a la diversidad cultural de la vida agitada de una espía en Londres. McEwan cambia el género, el tono y la intensidad del relato, pero nunca descuida el crescendo de la novela. En términos sencillos, hay una constante contaminación intergenérica, porque la pureza, me temo, ya no existe. Es la era del reciclaje. McEwan ha demostrado, libro tras libro, que la novela es omnívora y lo mismo deglute diarios que poemas, reportes de espionaje, documentos burocráticos, misivas, telegramas, relato amoroso, erótico y perfiles anticomunistas. Toda esa amalgama tiene un orden impecable que revela el oficio del autor. Sweet Tooth no es una obra menor, pero no alcanza a Atonement; tampoco a la extraordinaria Amsterdam (1998).
Uno de los logros de Sweet Tooth es la aparente candidez de la voz narrativa que da cuenta de las andanzas de la protagonista y esa candidez está relacionada con los mecanismos técnicos que estructuran la historia. No basta con saber escribir, ni con tener dominio de los personajes, ni con saber crear escenas, ni con dividir bien los capítulos ni con entrecruzar a la perfección los destinos de los personajes. Es necesario hacer malabares de alta manufactura para que una historia de apariencia sencilla tenga una resolución memorable, congruente y cruel.
Sweet Tooth me recordó a Invisible (2009), de Paul Auster, ambas novelas abrevan de la realidad para darle soporte el entramado de ficción y encuentran con cierto afán –la segunda más que la primera– la gracia de la metaficción. También sumo a la lista The counterlife (1986), de Philip Roth, en la que el autor encajona corrientes alternas de caudales narrativos con mucha astucia y encapsula una novela posmoderna de pura cepa. Las tres apelan a las misivas para cerrar el relato. Y es un final sin estridencia, con una sutileza que apabulla porque la historia se viene encima del lector.
* Como es usual en este espacio, la traducción de las frases entrecomilladas es mía.
@FederìVite


