27 marzo,2026 5:17 am

Marina Azahua y la agonía que repara

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Adán Ramírez Serret

 

Marina Azahua (Ciudad de México, 1983) es una de las voces más lúcidas, depuradas y profundas que se pueden leer en presente. Dueña de una pulida redacción y de una gran sabiduría proveniente de su formación de historiadora y antropóloga es una es una de las mentes a las que acudir en cuanto a los terribles y brutales problemas que vive en México sobre la desaparición de personas; pues es documentada y tiene un profundo amor a la vida.

Además, es autora de ensayos sobre fotografía y arte y con una gran agencia política que recomiendo tener siempre a la vista.

Entre otras cosas, Azahua también es traductora y desde hace dos años una extraordinaria novelista cuando en 2024 puso sobre la mesa Archivo agonía. Una obra necesaria y por lo mismo muy extraña en este mundo, muy rara en nuestra sociedad en donde es de mal gusto, es grosero y violento hablar de la muerte.

Y claro, se entiende bien que en este México estemos cansados de hablar de la muerte con el terrible clima de violencia que se vive en el país desde hace veinte años; sin embargo, Marina Azahua no escribe una obra cruenta en donde se vea aquello que es cada vez más cercano como la banalidad del mal en donde hay sangre y violencia; no, más bien en Archivo agonía hay aquello que siempre urge a la humanidad porque es esencial en lo que entendemos como especie: la vida como un momento que debe disfrutarse y la cual está en una estrecha relación con la muerte, que es imprescindible, al grado que la primera no puede ser concebida sin la segunda. Pues el ser humano vive en un constante diálogo con la muerte, se comienza la adolescencia, el fin de la infancia, cuando se tiene plena conciencia de la muerte. La cual, aunque escondida, ya sea en la relación con la juventud, la salud o la vejez que son la constante en nuestro mundo son la invariable que, en la paradoja, por olvidarla, es el tormento. Vemos el cráneo a la manera de Hamlet, pero preferimos maquillarlo con cremas, gimnasio y medicinas. Pero el cráneo, la calaca, la muerte siempre está allí. Y si no se reflexiona sobre la muerte, la vida es una constante angustia.

Por supuesto que la anterior es una idea de Michel de Montaigne, aquel inasible autor francés quien primero descubrió que filosofar es aprender a morir y años después que filosofar es aprender a vivir. En este mismo tenor, precisamente, es donde están los personajes de Archivo agonía, sobre todo el enigmático R quien vive el duelo del reciente fallecimiento de su amante Edith, quien antes de morir, dejó una serie de documentos, unas obras de arte bastante peculiares en donde documentaba de manera fetichista y mórbida, y no por eso no artística, diferentes momentos en los que algunas personas están a punto de morir. Vivas en ese instante, capturadas por la cámara en el momento, en el soplo preciso que están por morir. Un monje vietnamita inmolado, un suicidio masivo en las islas Marianas, un hombre arrojado a las vías del metro, una niña atrapada en los escombros tras una erupción… Todo esto lo dejó en fotografías intervenidas de manera artística por la amante recién fallecida, y quienes leemos, tenemos acceso a ellas mediante las cartas que R manda a un amigo editor, Gabo, artista reconocido, con la finalidad que mediante su privilegio pueda publicar aquellos objetos artísticos de manera póstuma.

Así pues, el desarrollo de la novela es epistolar, las cartas de R para Gabo que vamos leyendo y que una huidiza compiladora va agrupando. Por lo cual, somos testigos de una serie de reflexiones de quien acaba de perder a su amada y retoma sus pensamientos /obras de arte sobre la agonía.

¿Qué es en lo que está pensando quien está por morir? Aparecen, entonces, las artes visuales como un lugar en donde el performance, el momento inasible de la muerte puede ser pasmado, y esto, de manera genial, visto por quien escribe que acaba de sufrir una pérdida y el destinatario está viviendo precisamente la enfermedad / agonía de un ser cercano, quizá la persona más cercana que puede haber en el mundo.

Las paradojas son que el maquillaje, el gimnasio y la salud, dejan el vacío; mientras que la reflexión y asimilación de la muerte, dejan vida inmensa, enorme por vivirse. Una agonía que repara y prepara para la muerte y, más aún, para la vida.

 

Marina Azahua, Archivo agonía, Ciudad de México, Sexto Piso, 2024. 274 páginas.