16 octubre,2018 7:04 am

“Me voy a suicidar cuando tenga 80”, dice el cineasta Peter Greenaway en conferencia en México

El destacado cineasta británico ya tiene escrito su final, pero antes trabaja en varios proyectos, dos de ellos dedicados de nueva cuenta a Eisenstein, con los cuales cerrará una trilogía sobre el cineasta.
Ciudad de México, 16 de octubre de 2018. Peter Greenaway, referente del mundo cinematográfico, siempre ha enfocado sus proyectos entre Eros y Tánatos, el amor –o el sexo, como él remarca– y la muerte, aunque ahora, a sus 76 años, lo que impera es lo segundo.
“Estoy a la mitad de mis 70, por tanto, la mayoría de mis pensamientos tienen que ver con Tánatos, no con Eros. Ahora me interesa la idea de tener una muerte feliz”, confiesa en entrevista.
Y añade: “Sin querer ser melodramático, mi próxima gran aventura va a ser la muerte”.
Y es que ya no hay más tema para Greenaway, uno de los cineastas vivos más celebrados, que, sin tapujos, sentencia: “Me voy a suicidar cuando tenga 80”.
Pero no hay dejo de tristeza en sus palabras.
“He sido un afortunado receptor de la civilización. He disfrutado mi vida, me ha dado muchas cosas, por eso creo que debo dar algo de regreso, aunque eso sea un ínfimo grano de arena de una gigantesca playa que es la civilización”, señala.
De visita en México, invitado por la Feria Internacional del Libro del Zócalo, en cuyo marco ofreció el domingo la conferencia Eros y Tánatos, habla de su obsesión por la imagen más que por las historias, lo cual tiene arraigo en la pintura, que cultivó desde muy pequeño, cercano a la naturaleza.
“Cuando tenía unos 13 o 14 años”, recuerda, “estaba muy preocupado porque parecía que nada se quedaba quieto, todo estaba en movimiento. El otoño, el invierno, que luego se convertía en primavera… Nada duraba mucho tiempo y yo quería fijarlo, quería hacerlo permanente. Entonces se me ocurrió que podía lograrlo si lo pintaba”.
Y un día le ganó la partida a su padre y se fue a estudiar pintura, aunque acabó dominado por el cine.
El artista galés, nacido en 1942, fue a la escuela de arte en los años 60, en Londres, uno de los polos de creatividad y novedad de la década de la rebeldía.
“Me la pasaba viendo películas de la Nouvelle vague y del neorrealismo italiano. Cuando podía, viajaba a París a ver a (François) Truffaut y a (Jean-Luc) Godard. Luego escribía artículos sobre cómo se relacionaba la pintura con el cine”, cuenta.
Eran los años, sobre todo, de Eros.
Greenaway mismo califica sus proyectos cinematográficos como barrocos y teatrales. Entre los más destacados están El vientre de un arquitecto (1987), Drowning by numbers (1988), El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (1989), El niño de Macon (1993), El libro de cabecera (1996), e incluso, entre varias decenas de filmes más, Eisenstein en Guanajuato (2015), que filmó en México.
Provocador, como siempre lo ha sido, tanto en propuesta visual como en los temas que aborda, está trabajando actualmente en varios guiones, dos de ellos dedicados de nueva cuenta a Eisenstein, con los cuales cerrará una trilogía sobre el cineasta.
Otro de sus proyectos en proceso será sobre José y su debate con Dios para establecer su paternidad sobre Jesús y otra más: el fantasma de un bebé que fue abortado y regresa al cuerpo de la mujer que lo procreó.
Y también trabaja un remake de Muerte en Venecia, de Luchino Visconti a partir de la novela de Thomas Mann, la historia del viejo Gustav von Aschenbach que cae rendido ante la belleza del adolescente Tadzio.
“La homosexualidad ya es aceptada; es legal el matrimonio entre personas del mismo sexo. En el mundo occidental, el aborto sigue estando prohibido en algunas partes, pero eso cambiará pronto”, advierte Greenaway sobre la cinta. “Poco a poco vamos cambiando”.
Su propuesta sobre Muerte en Venecia, asegura, abrirá una conversación que no se dio antes, por el miedo que tuvieron tanto Mann como Visconti a que se percibiera su historia como promotora de la pederastia.
Pero su proyecto no es más que otra historia sobre la vejez y el tema que lo invade a su edad: la muerte.
“Hay una idea generalizada que dice que no saber cuándo vamos a morir es una bendición, pero yo creo que no, que es una maldición. Si supiéramos cuándo vamos a morir nos tomaríamos la vida más en serio”, reflexiona.
Y sabe de lo que habla si ha fijado ya su despedida, a los 80.
Texto: Lourdes Zambrano / Agencia Reforma / Foto: Twitter