23 julio,2026 4:51 am

Mi reino por un amor

Anituy Rebolledo Ayerdi

 

Príncipe azul

Al mando del príncipe Eduardo de Gales, el acorazado MHS Renow de la Real Marina inglesa penetra a la bahía porteña (9 de septiembre de 1920) y lo hace silenciosamente. Silenciosos los cañones del Fuerte de San Diego y silenciosas las campanas de la iglesia de la Soledad, unos y otras a cargo de las bienvenidas sonoras al puerto. ¿Descuido? No, una razón de Estado imponía aquel silencio sepulcral: México no mantenía entonces relaciones diplomáticas con el Reino Unido.

Misma razón por la que el alcalde, don Juan H Luz, no había ordenado la limpieza de las llaves de la ciudad y tampoco preparado la bienvenida a los visitantes ponderando, en su caso, “a la monarquía como el mejor sistema de gobierno del mundo”. Tampoco la escuela Ignacio M. Altamirano ha movilizado a su alumnado para que agiten banderitas mexicanas e inglesas al paso de los visitantes.

Y en el colmo, se negará permiso a un grupo de hermosas adolescentes para acudir al muelle para cumplir sus deseos: Conocer “aunque fuera de lejitos” a un “auténtico príncipe azul”.

Eduardo de York baja en el muelle de madera del puerto, frente a la plaza principal, y lo hace luego de que la Secretaría de Relaciones Exteriores ha autorizado su desembarco, vía telegráfica por supuesto. El inglés viste el uniforme azul de la Marina inglesa y lo luce con gallardía y apostura, como dicen las crónicas sociales de su país, donde él es árbitro de la moda y la elegancia europeas. Lo acompañan cuatro oficiales en calidad de guardia personal.

El también duque de Cornualles y Rothesay cruza la plaza principal para visitar la parroquia de la Soledad. Lo hace solo momentáneamente, por celebrarse en ese momento un rito mortuorio. Sale y da unos cuantos pasos para llegar al mercado de la ciudad (ubicado en el espacio ocupado hoy por el edificio Pintos), llamando poderosamente su atención que los comestibles, particularmente frutas y vegetales, se ofrecen en el piso sobre petates. Hasta él llegan los olores despedidos por las cazuelas humeantes de una fonda localizada más adelante y hacia ella se dirige.

El hijo del rey Jorge V y la reina María estará a punto de infarto cuando la propietaria del establecimiento, doña Bocha Castrejón, lo invite a pasar con estas palabras: “pásale, mi rey, estás en tu casa”. Ante su expresión dramática, acompañada de un angustioso ¿¡cómo?! , uno de sus ayudante evita el colapso informándole que no se trata de una mujer pitonisa sino simplemente de una dama que trata de “mi rey” a toda su clientela masculina. Le dice también que la dama tiene fama de ser la mejor cocinera del puerto y que su mejor guiso son las albóndigas de res y cerdo preparadas con almendras, yerbabuena, cebolla picada , pasitas, huevos duros y una pizca de comino. Ora que el caldillo lleva jitomates, cebolla, ajo, canela, laurel y poquitita manteca, añade solícito.

“Las voy a probar –le responde el príncipe– y si me gustan, anota la receta para que se me preparen en palacio”.

Edward-Albert-Cristian-George-Andrew- Patrick-David imita fielmente a un comensal vecino. Utiliza los dedos índice y pulgar de la mano derecha para para extraer de la cazuela una albóndiga y hacerla taco con una gruesa tortilla. Mastica el taco para luego, también como el vecino, beber el caldillo directamente del plato-cazuela.

Lo cuatro ayudantes se miran azorados condenando en silencio tan grave transgresión a los normes elementales de urbanidad y particularmente a la etiqueta rigurosísima de la Corte de Saint James. No obstante, sonríen

Doña Bocha se seca la manos con su delantal para recibir el saludo y felicitación del futuro duque de Windsor, agradecido por tan regio banquete. Ella le recomienda tomar sal de uvas porque “las albóndigas son muy pesadas, mi rey”.

¡Ándele, mi rey, que el buen Dios lo acompañe!, se despide la dama después de negarse a cobrar las albóndigas. “¡Son un regalo de Acapulco, mi rey!”, las ofrece.

Pie de la Cuesta

Intrigado por lo que ha escuchado en la fonda sobre un lugar llamado Pie de la Cuesta, el príncipe inglés pide visitar el lugar del cual regresará hablando maravillas. “Los tumbos son tan grandes como montañas y el mar chisporrotea al ocultarse el sol”. Un espectáculo jamás presenciado, prometiéndose alguna vez regresar.

El príncipe de Gales ocupará su segundo día en Acapulco para rendir homenaje a un marino de su patria, el Almirante Reginald Carey Brenton quien ,luego participar en la creación de la Marina mexicana y jubilado de la suya opta por dedicarse a propagar el protestantismo por todo Guerrero, decidiendo finalmente residir en Ometepec.

Rey Eduardo VIII

Cuando hayan transcurrido dieciséis años de su visita a Acapulco, el príncipe de Gales será coronado como rey del Reino Unido y Emperador de la India con el nombre de Eduardo VIII. Lo será por escasos 326 días, tras los cuales renuncia con una frase sacada de un cuento de hadas:

¡Mi reino por un amor!

En efecto Eduardo VIII renuncia a ser soberano del Reino Unido para poder casarse con su amante Wally Simpson (gringa, dos veces viuda, pobre y no guapa). Una unión a la que se opone principalmente la iglesia de Inglaterra, cuyos jerarca comentan sarcásticamente no haber visto revoloteando la Abadía de Westminster el espíritu chocarrero del rey Enrique VIII.

La novela rosa urdida en torno al romance del monarca y la viuda tendrá el fondo perverso de una conspiración fraguada por los ministros de la Corte, los obispos e incluso los suyos. Aceptan haber pasado por alto la ligereza de Eduardo en aras de la modernidad, su fama de mujeriego y en fin que su conducta licenciosa desprestigiara a la Corona. Coinciden todos en que nunca podrían pasar por alto las simpatías del monarca para Hitler.

Por ello, la decisión del rey de casarse con una mujer de no muy buena reputación, les vendrá de perlas para obligarlo a renunciar a favor de su hermano, Jorge VI.

Ya sin corona, el ahora Duque de Windsor se casa en Francia con la señora Simpson (1937) y un año más tarde ambos recorren Alemania atendidos por el propio führer Adolfo Hitler

Durante la Segunda Guerra Mundial el ex monarca será nombrado gobernador de Las Bahamas, siempre vigilado por la inteligencia británica. Entonces tendrá tiempo para contarle a su esposa su inolvidable viaje al puerto de Acapulco.

Carey Brenton

El presidente Porfirio Díaz decide crear una escuela naval en México y recurre a la Gran Bretaña, con fama de tener la mejor marina del mundo. Solicitará entonces a la reina Victoria su cooperación para ese propósito y es así como se contrata los servicios de los dos almirantes en retiro, Reginald Carey Brenton y A. Baresford. Ambos iniciarán sus tareas conduciendo a México un barco escuela armado en los astilleros franceses de Forbes Chrustier, bautizado como El Zaragoza.

Su primer encuentro con la bahía de Acapulco provocará en Brenton un gran impacto emocional, mismo que dejó impreso en su diario con el comentario de que “jamás había visto una igual en el mundo”.

Jubilado por la Marina de su país y de la mexicana después de cinco años, Brenton decide cumplir su viejo anhelo Y es así como, convertido en misionero de la iglesia presbiteriana, recorre los pueblos del sur de la entidad. Monta una acémila y jala otra cargada con ejemplares de la Biblia, que reparte entre sus escuchas.

Ometepec

El predicador de la iglesia presbiteriana Reginald Carey Brenton tuvo tres sedes durante su tarea apostólica: Chilpancingo, Teloloapan y Ometepec, asentándose finalmente en esta última de la Costa Chica de Guerrero Aquí morirá el 18 de abril de 1921 y será inhumado en el cementerio de la localidad.

Allá mismo, el 24 de mayo de 1962 se levanta un monumento en su honor con la participación de marinos mexicanos y la embajada británica que aporta una bandera de su país, para que ondee en honor del inglés que ha sido llamado “padre de la marina mexicana”. La placa de bronce reza :

“Reginald Carey Brenton, capitán brigadier de la Marina Mexicana y Real Marina Británica (1848-1921) Ciervo de Dios y de los hombres, dejó su tierra natal para dedicar su vida a México”.

Hospital de la amistad

Diecinueve años más tarde (1940) arriba a Ometepec una pareja inglesa formada por el doctor James y su esposa Margarita Jorce, para fundar el Hospital de la Amistad, a la memoria de Carey Brenton.

Colegio Reginald Carey Benton

Otra institución que lo recuerda es el colegio que lleva su nombre. Sus directivos dicen: “somos una empresa especializada en escuelas de educación secundaria del sector privado, operando desde julio de 2010.”