8 enero,2026 6:24 am

“Mi reino por un amor”

Anituy Rebolledo Ayerdi

 

Príncipe azul

El acorazado MHS Renow de la Real Marina inglesa, al mando del príncipe Eduardo de Gales, penetra aquel 9 de septiembre de 1920 a la bahía de Acapulco y lo hace silenciosamente. Silenciosos los cañones del Fuerte de San Diego y silenciosas las campanas de la iglesia de La Soledad, unos y otras a cargo de las bienvenidas sonoras

¿Descuido? No, una razón de Estado imponía aquel silencio sepulcral: México no mantenía relaciones diplomáticas con el Reino Unido.

Misma razón por la que el alcalde, don Juan H. Luz, no haya ordenado limpiar las llaves de la ciudad y tampoco preparar la bienvenida a los visitantes, ponderando la monarquía como el mejor sistema de gobierno. Por otro lado, la escuela Ignacio M. Altamirano no movilizará alumnos para que agiten banderitas mexicanas y del país del huésped. Y en el colmo, se negará permiso a un grupo de hermosas adolescentes para acudir al muelle y cumplir sus deseos de conocer, aunque fuera de “lejitos”, a un “príncipe azul” de 26 años.

El capitán de navío, Eduardo de York, desembarca en el muelle de madera del puerto, frente a la plaza principal, y lo hace luego de que la Secretaría de Relaciones Exteriores del gobierno federal haya autorizado su desembarco, vía telegráfica, por supuesto. El inglés viste el uniforme azul de la Marina inglesa y lo luce con gallardía y apostura, como dicen las crónicas sociales de su país, donde es árbitro de la moda y la elegancia europeas. Lo acompañan cuatro oficiales en calidad de guardia personal.

El duque de Cornualles y Rothesay cruza la plaza principal para visitar la parroquia de la Soledad, sólo momentáneamente por celebrarse en ese momento un rito mortuorio. Sale y da unos cuantos pasos para llegar al mercado de la ciudad (ubicado en el espacio ocupado hoy por el edificio Pintos) llamando poderosamente su atención que los comestibles, particularmente frutas y vegetales , se ofrecen en el piso sobre petates. Hasta él llegan los olores despedidos por las cazuelas humeantes de una fonda localizada más adelante y hacia ella se dirige.

El hijo del rey Jorge V y la reina María estará a punto de infarto cuando la propietaria del establecimiento, doña Bocha Castrejón, lo invite a pasar con estas palabra: “pásale mi rey, estás en tu casa”. A su expresión dramática, acompañada de un angustioso “¿¡cómo?!”, uno de sus ayudantes evita el colapso informándole que no se trata de una mujer pitonisa, que se trata de que doña Bocha trata así a su clientela masculina. Le dice también que la dama tiene fama de ser la mejor cocinera del puerto y que su mejor guiso son las albóndigas de res y cerdo preparadas con almendras, yerbabuena, cebolla picada, pasitas, huevos duros y una pizca de comino y que el caldillo lleva jitomates, cebolla, ajo, canela, laurel y poquita manteca.

“Las voy a probar –le responde el príncipe a su ayudante– y si me gustan, anota la receta para que se me preparen en Palacio”.

Edward, Albert Cristian George Andrew Patrick David –que es su nombe completo– imita a un comensal vecino. Utiliza los dedos índice y pulgar de la mano derecha para extraer de la cazuela una albóndiga y hacerla taco con una gruesa tortilla. Mastica el taco para luego , también como el vecino, beber el caldillo, directamente del plato-cazuela.

Los cuatro ayudantes se miran azorados condenando en silencio tan grave transgresión a los normes elementales de urbanidad y particularmente a la etiqueta rigurosísima de la Corte de Saint James. Sin embargo, sonríen

Doña Bocha se seca las manos con su delantal para recibir el saludo y felicitación del futuro duque de Windsor, agradecido por tan regio ban-quete. Ella le recomienda tomar sal de uvas porque “las albón-digas son muy pesadas, mi rey”.

¡Ándele, mi rey, que el buen Dios lo acompañe!, se despide la dama después de negarse a cobrar el servicio.

Pie de la Cuesta

Intrigado por lo que ha escuchado en la fonda sobre un lugar llamado Pie de la Cuesta, el príncipe británico pide visitar el lugar del cual regresará hablando maravillas: “Los tumbos son tan grandes como montañas y el mar chisporrotea al ocultarse el sol”. Un espectáculo jamás presenciado por él, prometiendo regresar alguna vez.

El príncipe de Gales ocupará el segundo día en Acapulco para hacer homenaje a un marino de su patria, el almirante Reginald Carey Brenton, quien, luego de participar en la creación de la Marina mexicana y jubilado de la suya, se dedica a propagar el protestantismo en Guerrero. Opta por residir en Ometepec.

Rey Eduardo VIII

Cuando hayan transcurrido dieciséis años de su visita a Acapulco, el príncipe de Gales será coronado como rey del Reino Unido y emperador de India con el nombre de Eduardo VIII. Lo será por escasos 326 días, tras los cuales renuncia con una frase sacada de un cuento de hadas.

¡Mi reino por un amor!

En efecto, Eduardo VIII renuncia a ser soberano del Reino Unido para poder casarse con su amante Wally Simpson (gringa, dos veces viuda, pobre y feúcha). Una unión a la que se opone principalmente la Iglesia anglicana de Inglaterra. Alguno de sus prelados comentará sarcásticamente haber visto el espíritu chocarrero del rey Enrique VIII, revoloteando sobre la Abadía de Westminster presumiendo sus seis matrimonios y su ruptura con la Iglesia.

La novela rosa urdida en torno al romance del monarca y la viuda tendrá el fondo perverso de una conspiración fraguada por los ministros de la Corte, los obispos e incluso familiares. Aceptan haber pasado por alto la ligereza de Eduardo en aras de la modernidad, su fama de mujeriego y, en fin, que su conducta licenciosa desprestigiara a la Corona. Coinciden todos en que nunca podrían pasar por alto las simpatías del monarca por Hitler.

Por ello, la decisión del rey de casarse con una mujer de no muy buena reputación, les vendrá de perlas para obligarlo a renunciar a favor de su hermano Jorge (VI). El exrey Eduardo VIII, ya sin corona, ahora duque de Windsor, se casa en Francia con la señora Simpson (1937) y un año más tarde recorren Alemania, atendidos por el propio führer Adolfo Hitler

Durante la Segunda Guerra Mundial, el exmonarca será nombrado gobernador de Las Bahamas, siempre vigilado por la inteligencia británica. Entonces tendrá tiempo para contarle a su esposa su inolvidable viaje al puerto de Acapulco.

Carey Brenton

El presidente Porfirio Díaz decide crear una escuela naval en México y recurre a Gran Bretaña, con fama de tener la mejor marina del mundo. Solicitará entonces a la reina Victoria su cooperación para ese propósito y es así como se contratan los servicios de los almirantes en retiro Reginald Carey Brenton y A. Baresford. Ambos iniciarán sus tareas conduciendo a México un barco escuela armado en los astilleros franceses de Forbes Chrustier, bautizado como El Zaragoza.

Su primer encuentro con la bahía de Acapulco provocará en Brenton un gran impacto, por su forma y tamaño emocional, mismo que dejó impreso en su diario con el comentario de que jamás había visto una igual en el mundo.

Jubilado por la Marina de su país y de la mexicana después de cinco años, Brenton decide cumplir el viejo anhelo, y es así cómo, convertido en misionero de la iglesia presbiteriana, recorre los pueblos del sur de la entidad. Monta una acémila y jala otra cargada con ejemplares de la Biblia que reparte entre sus escuchas.

Ometepec

El predicador de la iglesia presbiteriana, Reginald Carey Brenton, tuvo tres sedes durante su tarea apostólica, Chilpancingo, Teloloapan y Ometepec, asentándose finalmente en esta última de la Costa Chica de Guerrero. Aquí morirá el 18 de abril de 1921 y será inhumado en el cementerio de la localidad.

Allí mismo, el 24 de mayo de 1962 se levanta un monumento en su honor con la participación de marinos mexicanos y la Embajada británica, que aporta una bandera de su país, para que ondee en honor del inglés que ha sido llamado “padre de la marina mexicana”. La placa de bronce dice:

“Reginald Carey Brenton, capitán brigadier de la Marina mexicana y Real Marina británica (1848-1921). Siervo de Dios y de los hombres, dejó su tierra natal para dedicar su vida a México”.

Hospital de la Amistad

Diecinueve años más tarde (1940) arriban a Ometepec el doctor James Boyce y su esposa Marguerite, para fundar el Hospital de la Amistad, en memoria de Reginald Carey Brenton.

Colegio Reginald Carey Benton

Otra institución que lo recuerda es el colegio que lleva su nombre. Sus directivos dicen: “somos una empresa especializada en escuelas de educación secundaria del sector privado, operando desde julio de 2010”. Otros avisos hablan de educación media superior.