12 junio,2020 5:01 am

Milpa, corazón de la soberanía alimentaria

Sembradíos de maíz en el ejido de San Miguel, municipio de Mochitlán, donde los campesinos se quejaron de que no les fue entregado el suficiente fertilizante y deberán comprarlo para no perder su cosecha. Foto: Jesús Eduardo Guerrero

Bajo el ala del sombrero

Carlos García Jiménez

 

A los caídos el 10 de junio:

No un minuto de silencio, sino,

toda una vida de lucha.

Clamor ciudadano

 

Cuando el olor a tierra mojada, el canto de las chicharras y los oscuros nubarrones, anuncian el inicio del temporal lluvioso, es el momento de hacer milpa, o mas ampliamente, el momento para sembrar una diversidad de semillas que darán el sustento alimentario y el bienvivir de la familia campesina de todo un año.

La intensa actividad campesina de estos días – consiste en preparar la tierra, las semillas y los utensilios de labranza–, no es para menos. Regidos por la máxima de que “el que no trabaja no come”, muchos campesinos siguen haciendo milpa, muy a pesar de la expansiva agricultura comercial que como la Coca cola ha llegado a todos los confines de los territorios rurales.

Si algo nos enseñan los auténticos campesinos milperos es que, si producimos de manera diversificada, sana y saludable nuestros propios alimentos, es posible enfrentar cualquier calamidad; y la pandemia que hoy padecemos no es la excepción. La milpa, entendida en su profunda significación, es el corazón de la soberanía alimentaria a escala de una familia campesina, una región o una nación. Porque hacer milpa, no es lo mismo que solo sembrar maíz. La milpa es mucho más que eso

¿Qué es la milpa?

El vocablo milpa deriva del náhuatl milli que significa “parcela sembrada”, y pan que significa “encima” o “en”. Entonces, literalmente es “lo que se siembra encima de la parcela”.

En palabras llanas de don Roy López Monroy, campesino milpero de La Lima, Coyuca de Benítez: “milpa es el lugar donde se establecen de manera asociada un sinfín de plantas para asegurar alimentos y otros productos que permiten la sobrevivencia de la familia campesina”.

Para el historiador ruralista Armando Bartra, la milpa no es solo maíz. El maíz cultivado solo, es monocultivo, es un maizal, como es un trigal, un limonar o cualquier otro monocultivo. “El maíz es uno, la milpa es muchos; el maíz discursea, la milpa dialoga; los maizales son disciplinados, cual desfile militar; las milpas, jacarandosas y desfajadas como los carnavales (…). Desmesurada, extravagante, excesiva, barroca, así se percibe la milpa desde el clasisismo chato de un monocultivo que ve confusión donde hay complejidad”.

Por su parte, Edelmira Linares y Roberto Bye, investigadores de la UNAM, señalan que “la milpa es, sin duda, una muestra de la biodiversidad que, a lo largo de milenios, el humano ha manipulado sosteniblemente para sobrevivir. Es una invención de Mesoamérica. Las plantas que la integran tradicionalmente son el maíz, el frijol y la calabaza, pero en muchas partes del mundo, además, se asocia con otra diversidad de plantas comestibles, condimenticias, medicinales, ornamentales y animales adaptados a este agro sistema”.

La milpa, entonces, es un policultivo en donde el maíz, como cultivo principal, cohabita de manera simbiótica con otros cultivos. Condensa un sistema de conocimientos, tecnologías y prácticas culturales que datan de la época cuando se establecieron las diversas culturas mesoamericanas, miles de años antes de la conquista española en México. Provee de una diversidad alimenticia a familias pobres, temporaleras y minifundistas que constituyen el 70 por ciento de la población rural. También abastece a familias rurales que se dedican a la ganadería y a otras actividades agrícolas como el café, el coco, los frutales, la pesca, etc.; y complementa el consumo alimentario de la población de las ciudades.

¡Hagamos milpa!

No obstante, sus bondades, en las últimas tres décadas el sistema milpa se ha venido erosionando, al igual que los recursos naturales (tierra, agua flora y fauna) y genéticos (semillas nativas) que le son inherentes. Hoy, en Guerrero, solo un 5 por ciento de los campesinos hace milpa tradicional, el 70 por ciento hace milpa convencional (que incorpora roza-tumba-quema, fertilizantes químicos y agrotóxicos) y el 25 por ciento hace agricultura propiamente comercial.

Es preciso que, mediante políticas públicas adecuadas, se rescate este sistema productivo de la perturbación de las tecnologías convencionales; que éstas se regulen, con el mismo rigor con el que paradójicamente el gobierno regula los productos orgánicos. Que la reciente Ley de Fomento y Protección del Maíz Nativo, aprobada en marzo pasado por el Congreso de la Unión, pase del papel al presupuesto. Y que las instituciones que han incorporado el concepto milpa y los maíces nativos en sus programas (Sader, Semarnat y Secretaría de Bienestar Social), transiten ya, y con eficacia, del discurso a los hechos.

Desde la ciudadanía proponemos algunas acciones que todo mundo puede realizar:

Hagamos milpa. Aprovechemos el temporal de lluvias para sembrar una diversidad de plantas en hogares (traspatios, azoteas, jardines y paredes), parcelas y hasta en los grandes monocultivos (de maíz, cocotero, café, etc.).

Practiquemos la agroecología. Mediante la incorporación de prácticas de agricultura ecológica (labranza de conservación, abonos orgánicos, control biológico de plagas, etc.) elevemos la diversidad productiva por unidad de superficie; es decir, de una hectárea de milpa cosechemos más maíz, frijol, calabaza, jamaica, ajonjolí, jícama, camotes, chiles, pipisa, chipile, etc.

Preservemos las semillas nativas. Rescatemos, difundamos y mejoremos las semillas nativas; y limitemos el uso de semillas hibridas y transgénicas.

Consumamos los productos de la milpa. Adquiramos en los tianguis campesinos los productos alimenticios que consumimos diariamente.

Aprendamos del paradigma milpa. Para resolver problemas de la vida cotidiana aprendamos de la cosmovisión, la pluralidad y el trabajo conjunto y armonioso del sistema milpa.

Porque hoy día hablar de milpa es hablar de soberanía alimentaria, no solo de los campesinos sino de todos los mexicanos. Es también preservar la fuente de trabajo natural de los campesinos, y de la biodiversidad para garantizar la reproducción de la vida en la tierra. Por ello, es urgente redimensionar la importancia económica, social, cultural y medioambiental del sistema milpa. En este nuevo ciclo productivo llegó la hora de hacer milpa en materia de políticas públicas.

A pleno Sol: Es lamentable que cuando el campo debiera ser declarado y atendido como sector estratégico y de interés social, el gobierno federal recorte 4 mil millones de pesos del presupuesto etiquetado por el Congreso de la Unión para este 2020. Y sin cantar tan mal las rancheras, el gobierno de Guerrero nada informa de los 340 millones 935 mil pesos que el Congreso del Estado etiquetó para ser aplicados este año a través de 17 programas y proyectos.

 

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