
Arturo Martínez Núñez
En un país marcado durante décadas por la corrupción estructural, la simulación institucional y la impunidad selectiva, sostener una postura clara frente a la ley no es un gesto retórico: es una definición política de fondo. En ese contexto, el reciente comunicado de Morena no solo fija una postura institucional, sino que traza una línea nítida frente a uno de los males históricos que más han dañado la confianza ciudadana: la idea de que el poder político puede estar por encima de la ley.
Morena ha sido explícita: no encubre ni protege a nadie. Esta afirmación, sencilla en su forma pero profunda en su alcance, rompe con una tradición arraigada en la vida pública nacional, donde los partidos solían convertirse en refugio de impunidades, administrando la justicia con lógica facciosa y no con criterios de legalidad. Durante años, la corrupción funcionó como un sistema, y la impunidad fue su principal mecanismo de reproducción.
El movimiento de transformación nació, precisamente, para enfrentar ese régimen de privilegios. Por ello, combatir la corrupción como política de Estado –y no como consigna coyuntural o arma discursiva– implica aceptar una verdad incómoda: cuando las instituciones actúan conforme a la ley, nadie puede colocarse por encima de ellas. Ni adversarios políticos, ni aliados circunstanciales, ni autoridades emanadas del propio movimiento. La ley no distingue colores partidistas ni trayectorias políticas.
Celebrar que las instituciones actúen y que los procesos legales sigan su curso conforme a derecho no debe interpretarse como una renuncia política, sino como una afirmación democrática. El Estado de Derecho se fortalece cuando el poder ejecutivo, los partidos y los actores públicos comprenden que su legitimidad no proviene de interferir en la justicia, sino de respetarla. Morena ha entendido que la presunción de inocencia es un derecho constitucional, pero no una coartada para eludir la rendición de cuentas.
Este principio adquiere mayor relevancia cuando se trata de servidores públicos surgidos de las filas del propio movimiento. La exigencia ética hacia quienes gobiernan bajo las siglas de Morena debe ser, incluso, más alta. No por un afán punitivo ni por prejuicio alguno, sino porque el mandato popular exige congruencia entre el discurso transformador y el ejercicio cotidiano del poder. La coherencia es la base de la credibilidad política.
La transformación del país no puede sostenerse si se tolera aquello que durante décadas se combatió. La historia reciente demuestra que cuando los gobiernos ceden a la tentación de proteger a los suyos, erosionan no solo su autoridad moral, sino la confianza de la sociedad en las instituciones. Morena ha decidido no transitar ese camino. Asumir costos políticos en el corto plazo es preferible a hipotecar el proyecto de nación en el largo plazo.
Frente a este escenario, no han faltado voces que intentan distorsionar el mensaje, presentándolo como una supuesta traición interna o como un acto de debilidad. Nada más alejado de la realidad. La verdadera traición al pueblo sería intervenir para frenar la acción de la justicia o utilizar el poder partidista para obstaculizar investigaciones. Morena no nació para administrar impunidades, sino para erradicarlas.
El combate a la corrupción no es selectivo ni negociable. Es un principio que se sostiene porque solo así se construye una vida pública honesta, institucional y sin excepciones. Permitir que la ley actúe es una señal clara de madurez política y de compromiso con la democracia. Es entender que el poder público tiene límites y que esos límites se llaman legalidad.
Hoy, en un contexto de alta exigencia ciudadana, Morena reafirma su responsabilidad histórica frente al país. La confianza del pueblo no se preserva con silencios cómplices ni con discursos ambiguos, sino con decisiones firmes. La claridad es inequívoca: principios firmes, cero privilegios y cero excepciones. La transformación solo será real si la justicia alcanza a todos. Sin excusas. Sin excepciones. Sin impunidad.
* Secretario de Ciencia, Arte y Cultura del CEN de Morena.


