
El maestro creador de piezas como Sátántangó y El caballo de Turín falleció a los 79 años luego de una larga enfermedad
Ciudad de México, 6 de enero de 2026. El cineasta húngaro Béla Tarr, figura clave del cine de autor europeo y precursor del llamado cine contemplativo, falleció este martes a los 70 años, tras una larga enfermedad. La noticia fue confirmada por la Asociación de Artistas Cinematográficos de Hungría y el cineasta Bence Fliegauf, vocero de la familia.
Tarr dirigió nueve largometrajes de ficción entre 1979 y 2011. En títulos como Sátántangó (1994), Las armonías de Werckmeister (2000) y El caballo de Turín (2000), el director desarrolló una forma radical de experimentar el tiempo y el espacio que lo volvió un autor de culto, por su forma de invitar a la reflexión.
“En una época que parece haber olvidado los valores humanos más básicos, las películas de Tarr siguen siendo increíblemente relevantes y escandalosamente potentes”, declaró Mike Downey, expresidente de la Academia de Cine Europeo, según reportó The Guardian.
“El cine ha perdido a uno de sus verdaderos héroes”.
Tarr nació en Pécs, Hungría, en 1955, en el seno de una familia vinculada al teatro. Su padre era pintor de escenografías y su madre apuntadora. Comenzó como actor infantil en una adaptación televisiva de La muerte de Iván Ilich, de Tolstói, y a los 16 años realizaba cortos documentales en formato Súper 8.
Su debut como director fue en 1979 con el largometraje documental Nido Familiar, considerado un retrato realista de la crisis habitacional húngara que ganó el Gran Premio en Mannheim.
En los años 80, Tarr transitó del realismo político de sus primeras películas hacia una forma más estilizada y simbólica. Ese giro se consolidó con La condena (1988), escrita junto al novelista László Krasznahorkai, donde introdujo elementos que marcarían el resto de su obra: planos extensos, personajes socialmente desplazados, atmósferas densas y un uso expresivo del blanco y negro.
La consagración internacional llegó con Sátántangó, adaptación de Krasznahorkai que se extiende durante siete horas y media, y consolidó a Tarr como uno de los cineastas más desafiantes de su generación. La siguió Las armonías de Werckmeister, fábula sobre la llegada de un circo con una ballena muerta en un pueblo remoto, cuya trama aborda el poder, la histeria colectiva y el colapso social.
Codirigió sus tres últimos largometrajes con su pareja y montajista, Ágnes Hranitzky. Entre sus colaboradores más constantes estuvieron también el novelista ganador del Nobel László Krasznahorkai y el compositor Mihály Vig. En El hombre de Londres (2007), adaptación de Georges Simenon, trabajó por primera vez con un elenco internacional encabezado por Tilda Swinton.
En 2011 se despidió del cine con El caballo de Turín, una parábola extrema sobre la miseria cotidiana.
“No quiero ser un director estúpido que se repite y aburre a la gente”, declaró Tarr tras su retiro, según recogió The Hollywood Reporter.
Tras dejar la dirección, fundó la escuela Film.Factory en Sarajevo, donde promovió un modelo pedagógico libre con la participación de cineastas como Apichatpong Weerasethakul, Carlos Reygadas y Gus Van Sant.
Aunque sus películas no fueron éxitos comerciales, su influencia en el cine de autor ha sido profunda. Fue una referencia directa para cineastas como Gus Van Sant –quien le rindió homenaje en Gerry (2002)–, Jim Jarmusch y László Nemes, quien trabajó con él como asistente de dirección. Su estilo, al que algunos críticos llamaron “realismo temporal”, priorizaba la experiencia directa del tiempo y el espacio por encima de la narrativa convencional.
“Mi opinión es que hacíamos comedias. Se puede reír mucho”, dijo en 2024 a The Guardian, tras apuntar que sus películas habían sido mal interpretadas.
“¿Te sentiste más fuerte o más débil al salir del cine? Esa es la única pregunta. Yo quiero que salgas más fuerte”.
Agencia Reforma


