
Aurelio Peláez
Egresó como abogado en la escuela de Derecho de la UAG, la de Acapulco, profesión que prácticamente nunca ejerció. Eso pasó como en 1988. El oficio que ya le había ganado era el de monero. Las primeras caricaturas suyas aparecían entonces en El Sol de Guerrero, de Donato Valdez, oficinas entre Comonfort y Roberto Posadas, abajo del viejo Ayuntamiento, y en ese cuadrante se ubicaban la mayoría de los viejos periódicos: Revolución (después El Observador), El Gráfico de Chema Gómez, los periódicos de los hermanos Caballero, y El Trópico, que ya administraban los hermanos Pérez García. De su primer sueldo, donde sin tutoría entregó sus primeras notas, don Donato le descontó las dos tortas que le había invitado y que él había ido a comprar.
Aprendía el oficio de imprimir en la imprenta Lépez Vela. Se libró por pelos de ser detenido cuando la policía detuvo a un trabajador de la imprenta porque duplicó boletos de un torneo internacional de futbol en la UDA.
Nacho para ese entonces ya era un chavo politizado, en tiempos donde ser universitario y asumirse de izquierda, aunque sea tímidamente, no sólo era mal visto sino mal juzgado socialmente. La guerrilla y sus saldos de la guerra sucia aún eran recientes, y él provenía de la Prepa 7, donde tuvo como maestros a Rafael Trejo, Silvano Torreblanca y Romualdo Hernández, que integraban la dirigencia del PSUM, y antes del Partido Comunista.
En la Prepa se alineó a ese grupo. Eran tiempos donde la universidad era un campo de batalla entre las izquierdas: los radicales y los reformistas. Según el ya fallecido maestro Leoncio Domínguez Covarrubias, el Estado (todo era PRI), estaba más complacido de que las izquierdas se destrozaran entre sí en la universidad y no compitieran por la vía electoral.
Allá en la Prepa 7 participó en un periódico, lo que sea que técnicamente fuera eso, llamado La Antorcha o Chispa. Chispa debió ser, como el periódico de Lenin, Iskra.
Cuanto entró a Derecho, creo que la tercera generación de la entonces llamada Escuela de Derecho y Ciencias Sociales, ya era un personaje inevitable de la izquierda, aunque su participación en las grillas fue discreta.
En Sociales le promovimos una exposición de caricaturas en una zona al aire libre (Viernes Culturales en Sociales), de las cuales se robaron dos, dos cuadros se cayeron con el viento y se descuadraron y a una le pegaron un chicle. Nunca lo reprochó.
La familia de Nacho era originaria de Chilapa. Allá conservan aún la casa familiar, prácticamente en el centro de la ciudad. A Acapulco llegan pues, por la atracción del empleo. En la Hogar Moderno, la casa paterna, comienzan a vender el platillo de su región, el pozole. Un empleo familiar fue el cuidar casas en la zona turística. Lo hacen por mucho tiempo en la Inalámbrica, en el barrio de La Pinzona, donde son vecinos de la mecenas Dolores Olmedo, en la ahora llamada Casa de los Vientos. Allí, Diego Rivera, cuando elabora el mural exterior de la Casa Emplumada (1956-1957), dibuja en uno de sus cuadros a uno de sus hermanos mayores.
Allá, vecino de La Quebrada, intentó la emprendeduría de vender chicles a los turistas, hasta que al segundo día fue corrido a patadas por la mafia de chicleros.
Nacho nace en 1961 o 62, según recuerdo.
Estar alejado de la grilla universitaria le valió, para bien, estar más allá del bien y del mal –sobre todo esto último– de los rencores que aún se guardan entre ellos las generaciones de entonces. Aunque era prácticamente imposible no dejarse seducir y llegar por la simpatía y las ocurrencias, originales e inéditas de este camarada “de partido” al que le pasaban las mayores calamidades impensables.
Las reciclaba, claro, y eran motivo de las anécdotas que lo fueron vistiendo a quien ya era un personaje en el medio periodístico, donde las mezquindades son lo común.
En 1988, el parteaguas de la vida política en México, en el PMS fue nuestro asesor en el diseño de mantas contra el fraude electoral, aunque ya como periodista prefería mantener el perfil bajo, según él, aunque la solidaridad lo precedía: marchas contra el imperialismo, en favor de Palestina, por Cuba, o contra las agresiones a los colegas de prensa lo encontraban en primera fila. Era la solidaridad andante. Temas locales como las matanzas de Aguas Blancas, El Charco y Ayotzinapa no lo encontraron indiferente, lo mismo que su recurrente memoria de reivindicar a las guerrillas de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas.
De monero pasó a dedicarse a la reporteada. Tras El Sol de Guerrero, pasó a El Sol de Acapulco –primero haciendo un cartón, que firmaba como Nacho’s– y siguió con Novedades de Acapulco, Diario 17 y también en televisión, en Cable Acapulco.
Un breve periodo fue jefe de prensa de la UAG en la Zona Sur (¿92, 93?), y trabajó brevemente en el INEA, dato que sería inocuo de no ser porque recordaba que para reforzar una campaña de alfabetización fue con un camarógrafo a Monterrey a grabar un spot de promoción con un futbolista en funciones que por dos minutos de grabación y una carcajada de paisano cobró un maletín de billetes. Creo que se refería a un comentarista a quien ahora en TV Azteca le dicen El Inmortal.
Algo que irritaba a muchos colegas, que lo hacían motivo de sorna, fue que nunca abjuró y ocultó su militancia en las izquierdas: PMS, PSUM, PRD, Morena. De ese partido tuvo el privilegio no de ser el fundador, sino de los primeros expulsados, junto con Rafael Trejo. Cosa de pedir democracia y hacerlo explícito cuando el primer dogma morenista fue no externar los diferendos internos.
En ese partido donde se compite por quién es más puro y democráticamente originario, Nacho evitó, con inmerecida modestia, presumir sus credenciales. En tiempos de la fundación de las organizaciones por la presentación de los desaparecidos, era un contacto directo con Rosario Ibarra de Piedra, de ¡Eureka!, y de Josefina Martínez, esposa de Felipe Martínez Soriano, el ex rector de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Fue amigo del ex rector de la UAG y primer presidente del PRD, Rosalío Wences Reza, y de ex guerilleros y luchadores sociales con Eloy Cisneros, Juan García Costilla, Arturo Gallegos y muchos más.
Siguió participando en ese partido aún ya sin militancia, proselitista, chairo como le decíamos, sin rubor. Aún incluso cuando le espetábamos que la 4T nunca le hubiera hecho justicia, pues las consecutivas administraciones morenistas en Acapulco ni lo pelaron a pesar de que los tiempos de gloria por algo a lo que dedicó su vida lo encontraron prácticamente en la banca.
La picaresca era su tarjeta de presentación, las anécdota propias, el alimento; los chismes del medio nunca le fueron ajenos, pese a la decencia de la tradición católica de la que provenía y de la que nunca se desligó, la chilapeña.
–Pareces mi biógrafo, cabrón –me dijo una de las últimas veces que nos vimos, en el restaurant de Esteban, en Juárez y José María Iglesias–, al recordar diversas fechorías propias del oficio.
Pues sí, hermano.


