4 agosto,2024 8:39 am

Narra Geney Beltrán el “abismo”

 

Ciudad de México, 4 de agosto de 2024. Delgado, de mirada apacible y con un trato demasiado amable, es difícil imaginar a Geney Beltrán como protagonista de los horrores que lo envuelven en su vida onírica.

“Suelo tener pesadillas muy intensas, sueños muy siniestros y extraños, que cuando despierto yo me pregunto dónde estuve, porque no logro establecer las raíces de muchas de las imágenes que veo.

“Y también me proyectan acciones que yo estoy seguro que no cometería en la vigilia; me veo luego asesinando gente o con la proyección de impulsos muy tanáticos, muy mortíferos”, confiesa en entrevista el escritor nacido en Tamazula, Durango, en 1976.

En tal experiencia, así como en sus episodios de paranoia y ansiedad -“donde la fábrica de la imaginación parece seguir trabajando por su cuenta”, como él describe-, está la raíz de muchas de las historias que integran No nos vamos a morir mañana, libro de relatos editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

“Es un libro al cual lo atraviesa la experiencia del miedo”, define su autor.

Un volumen tempestuoso a cuyos personajes abruman los entornos peligrosos e inestables en los que existen, además de la amenaza latente de transmutación en sus vidas.

“Mucho de lo que está ahí significó explorar esos cambios de la identidad; creo que es un libro que surge de un intento de soltar la exigencia de tener una identidad clara”, prosigue Beltrán. “Cada personaje tiene muchos rasgos de lo que significa el enfrentar una transformación de tu identidad por las crisis, las dificultades por las que pasan. Esas crisis son el meollo de cada historia”.

Se trata de pasajes cotidianos, duras travesías comunes como el fracaso escolar, la confusión adolescente, rupturas amorosas e incluso la enfermedad o la guerra, que el también editor y traductor construye a partir de imágenes sueltas intuidas bien como el inicio o el final de los relatos, “dos polos que van jaloneando el desarrollo de la historia”.

“Esas imágenes se desprenden un poco de todo este mundo alterado de la paranoia o de la vida onírica, porque para mí son como metáforas de algo, son como preguntas que están ahí, que quiero resolver, o un imán que sin saber por qué me atrae, yo siento que hay una conexión necesaria, personal, para explorarlo”, explica Beltrán, coordinador de la Casa Cien Años de soledad.

Desde tal punto de partida, lo que el autor se propone es “dibujar con la palabra exacta”, con una narrativa muy precisa, tales estampas, evitando la tentación de poner etiquetas morales o reflexiones filosóficas; “que no parezca que yo estoy tratando de ilustrar un punto a la hora de contar una historia. Más bien, mostrar lo que significa ese desasosiego que no entiendo por qué, pero que está ahí”, subraya.

El resultado de ello es un relampagueante vistazo a los mundos interiores de los personajes, a aquellos procesos de donde surge la rabia, la desesperación, la decepción, la incertidumbre; aguda mirada que con vocación poética y casi rayando en lo fenomenológico expone algunos de los minúsculos detalles de los que se compone la personal experiencia de la realidad.

Ahí está, por ejemplo, el pequeño Iñaki a punto del brote psicótico al recibir el diploma de segundo lugar de la clase, hace tiempo acostumbrado, sin saberlo, “a que un reptil le habitara en la nuca y le fuera lamiendo amenazante una región del cerebro para dejarle ahí una viscosa sensación de hartazgo y frustración ante el solo recuerdo de la cara fruncida del maestro”, tal cual escribe Beltrán.

O “el calor ácido en las venas”, un “tumor de enojo en cada franja de la voz” del confundido Eusebio, quien anhela huir de un mundo al que sólo le importa la nota roja, el béisbol y las telenovelas. Y el “fragor fantasma que se le asfixia en algún punto sordo de la tráquea” a Claudia Lucía, al tiempo que desearía traer una pistola o un mazo “para imponer, puta madre, el respeto debido a los peatones” en su trayecto matutino al trabajo.

“Puaj. Cuando se levantaron de la mesa ya para salir, él se sentía de la verguísima, como si le hubiese caído un taladro en las tripas y aún así debiera seguir respirando, caminar y sonreír”, pinta Beltrán a Claudio, otro personaje, quien hace poco ha empezado a sentir cómo “bajo su piel, a la altura del tórax, una movediza rata se afilaba los dientes con su oxígeno”.

Esto último sucede en el cuento que da título al libro, donde asalta de pronto una pesadilla necrófila propia de un video snuff.

“Tengo amigos y conocidos que sé que me tienen aprecio porque a pesar de que han leído esto me siguen dirigiendo la palabra”, dice, con humor, el autor.

“Pero hubo alguien que me dijo: ‘Oye, tú estás enfermo, ¿no has ido a terapia?'”, añade. “Y hay otros que me dicen: ‘Mira, leí la primera página, no puedo seguir, o por lo menos no ahora. Pero te quiero mucho, te respeto y todo'”.

Al respecto, Beltrán reconoce dos pulsiones como escritor: la de expresarse “sin importar qué, cómo ni con quién”, y la de comunicarse en un diálogo que sea mucho más auténtico que los que se establecen en el día a día, en los que siempre se endulzan ciertas zonas de la existencia o se cuidan las palabras.

“Eso tiene una lógica civilizatoria, o sea, no puedes decir todas las cosas, no puedes ser como Donald Trump”, ironiza.

“Pero en la escritura sí puedes tener ese diálogo, soltarlo todo, y una de las premisas para mí al escribir un libro es escribirlo como si me quedara un año de vida. Tengo que sacar todo lo que tengo en ese momento de la mutación de mi alma. No puedo guardarme cosas por consideraciones convenencieras”.

Radiografía de lo profundo

Ante preguntas fundamentales como la de por qué contamos historias y por qué necesitamos que nos las cuenten, Beltrán recurre a una explicación del psicoanalista Bruno Bettelheim acerca de que los cuentos de hadas interpelan al inconsciente.

“Es decir, no necesariamente tocan a la puerta de lo racional de nuestro neocórtex, sino que el interés se desprende de todo ese abismo profundo de nuestro ser que no podemos racionalizar, que está reprimido, pero que de todas maneras está presente en nosotros y que usualmente rechazamos como vamos creciendo porque no responde a la imagen idealizada de lo que nuestros padres nos dicen que está bien que nosotros hagamos.

“Creo yo que la ficción, los cuentos, las novelas, comparten ese rasgo con los antiguos cuentos tradicionales; que la ficción interpela los abismos secretos de los seres humanos porque hacen actuar las pulsiones de su inconsciente”, continúa el escritor.

Mucho de sus propias historias, insiste, ha surgido precisamente de ese reino de lo inconsciente.

“O sea, son las pulsiones del inconsciente que tratan de manifestarse, y que al no encontrar cabida en el discurso racional, provocan estados de ansiedad, de paranoia, o se meten en el mundo de los sueños. Y entonces ahí uno mata y acaba con la humanidad entera”, apunta Beltrán, esbozando una risa ligeramente inquieta.

“El atractivo por las historias de ficción, para mí, tiene que ver con darle su lugar a esos abismos, escucharlos, interpelarlos”, recalca. “Y yo trato, insisto, de no ponerle una etiqueta racional ni moral, sino más bien mostrarlo; puede haber mucha perversidad, mezquindad y violencia psicológica en esas historias, pero no sé si es a final de cuentas una radiografía de nuestro ser más profundo”.

“Ser cuentista es un acto de resistencia”

Beltrán comenzó No nos vamos a morir mañana hace 12 años, e incluso su escritura fue paralela a la de la novela Adiós, Tomasa, publicada en 2019.

“Se tardó más en publicar. Es un poco la maldición de los libros de cuentos en este País”, considera el también ex Coordinador Nacional de Literatura del INBAL, quien se dice perplejo ante el prejuicio de las grandes editoriales hacia los libros de cuentos, percibidos a priori como un fracaso comercial.

“Sólo cuando un escritor es muy famoso, entonces voltean a ver sus libros de cuentos”, ilustra.

“La realidad es que un autor debe ser reacio a obedecer a esas presiones de índole muy presentista, muy actual, porque esto igual puede cambiar en 20 o 40 años. Yo lamento el caso de escritores muy talentosos que ya sólo escriben novela porque sienten que de otra manera nadie les va a hacer caso”.

A decir de Beltrán, el cuento sobrevive gracias a editoriales universitarias, independientes, institucionales y a premios. Él mismo recién fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2023, en el rubro de Cuento, por su libro Mala estrella.

“Ser cuentista hoy es un acto de resistencia”, afirma.

En su caso, comparte que no repara en si lo que ha comenzado a escribir terminará siendo un cuento o una novela, sino que tan sólo permite que la escritura fluya. En este momento, por ejemplo, tiene ya varios relatos cuyo formato final aún no tiene definido.

“Estoy muy emocionado, siento que ya estoy viviendo en esa casa, ya estoy en ese mundo. Son historias, en el caso concreto, de mis parajes de infancia allá en la sierra de Durango, en la frontera con Sinaloa, lo que llaman el Triángulo Dorado; historias de la infancia de mi madre, de los años 40, 50, hasta los 80”, adelanta quien como estudiante descubriera en un libro como Cien años de soledad la literatura que quería hacer.

“Para mí fue un libro fundacional (…) fue el descubrimiento de que había una manera de contar mis historias o las historias de mi familia. Un poco ese reto me lo planteé en Adiós, Tomasa, pero siento yo que aún tengo ese pendiente de regresar a las historias de antes de que nací”, concluye.

 

Texto y foto: Agencia Reforma