
Anituy Rebolledo Ayerdi
Los duques di Portanova
El lombardo maître del restaurante Villa Demos, en el fraccionamiento La Condesa, se deshace en explicaciones ante tres individuos de aspecto castrense, vistiendo guayaberas blancas, muy rabonas. Les explica que la mesa solicitada no se las puede dar porque está reservada, in aeternum, para los barones di Portanova. (pareja estadunidense con títulos nobiliarios comprados en Italia, por supuesto).
Sandra y Ricky eran los nombres de los barones dedicados, por carecer de hijos propios, a la filantropía universal en favor de la niñez y de la Cruz Roja. Pasaban aquí los inviernos en su propia residencia llamada Villa Arabesque (en Brisas Guitarrón). Un palacio sacado de Las mil y una noches, que contaba con diez recámaras temáticas, por contener distintas obras de arte moderno. Bares a cada veinte pasos, también temáticos y veintidós sanitarios. La terraza, de no estar ocupada por estatuas de camellos del tamaño natural, bien pudo ser campo de futbol. Y por si fuera poco, ninguna de las discotecas de Acapulco alcanzaban la calidad del sonido de la mansión.
Pero volvamos al Villa Demos: “¡Imposible darles la mesa que ustedes me piden…¡Imposible, imposible!, reitera el italiano genuflexo y meloso. “Les doy cualquiera otra, pero esa no, porque, como les he dicho, pertenece a los barones di Portanova quienes, por cierto, tienen invitados a cenar esta noche”.
La Primera Dama
–La mesa, mister, es para la esposa del señor presidente de la República –revira enérgico el jefe del trío, identificándose como miembro del Estado Mayor Presidencial. Lo hace convencido de que la poderosa referencia pondrá fin a tan absurdo y humillante regateo (¿República mata Monarquía?).
–¡Haberlo dicho antes! –exclama el italiano con sorpresa y entusiasmo fingidos. ¡Es un honor supremo para Villa Demos recibir a nuestra querida y hermosa Pri-ma-do-na –exclama silábico, tan mentiroso como su paisano Pinocho. “Para ella siempre tenemos reservada una mesa especial, ajena al bullicio y alejada de las miradas indiscretas –sigue mintiendo. La muestra. “¿Es perfecta, no creen?”. ¿Para cuantas personas? , pregunta con libreta en mano…
El maître de Villa Demos estará al borde del soponcio al escuchar la respuesta del militar, explicando que todo lo dicho por él es opuesto a los gustos de la Primera Dama. Ella, dice, odia los reservados y no soporta los aislamientos y su argumento es que no está leprosa para que la alejen de convivir con su gente. Que ella acompaña a su marido porque fue el pueblo el que los llevó a la Presidencia de la República.
Abatido, el italiano ya se ve montado en un barco carguero exiliado a su patria y será entonces que decide jugar su última carta. Pero reacciona inmediatamente:
–¡Ya lo tengo!, ¡ya lo tengo! –grita emocionado para luego implorar: Si me lo permiten llamaré a Sandrita di Portanova para explicarle el problema. Estoy seguro que ella misma ofrecerá su mesa a tan admirada y querida dama… ¡Aún es tiempo!
–¡Ni madres! –estalla el militar ya muy encabronado. La Primera Dama de México no puede estar sujeta a un sí o un no de una pinche vieja extranjera, así sea la reina de Inglaterra… ¡A la chingada, vámonos! –ordena a los suyos.
–¡Uta, de la que nos libramos! –estalla eufórico el gerente de Villa Demos, quien ha llegado en apoyo de su maître. ¡Estos cabrones guachos se creen los dueños del mundo, ojalá no nos manden cerrar el changarro!
–¡Hummm, ojalá nomás fuera la clausura! –comentará un viejo mesero de La Guinea.
No se equivocará
Villa Demos, el infierno
Un comando armado penetra una noche al restaurante Villa Demos y sin ninguna advertencia acciona sus armas de asalto. El estrépito de la artillería ahoga el vocerío bilingüe de los aterrorizados comensales y trabajadores. Pronto estarán todos lamiendo el piso llevados por un instinto animal de conservación. El tableteo de las armas largas sofoca también los ayes de dolor de quienes han sido tocados por las balas, directa o indirectamente, aunque la mayoría opta por el doloroso silencio. Sólo algunas damas no podrán reprimir los angustiosos ¡Oh, my God!, ¡oh, my God¡, ¡oh, my God!
Son tan buenos tiradores los agresores que no necesitan apuntar sus armas. Las usan como Sylvester Stallone en su personaje Rambo. Los objetivos centrales son el italianísimo decorado y las botellas de licor exhibidas en la elegante cantina. Cada tiro certero es festejado por los agresores como si estuvieran tirando al blanco en la feria de La Garita. Los impactos sobre la cristalería ponen un toque estridente a la demencial sinfonía. Una mezcla de vinos y licores de nacionalidades y marcas diversas corre formando un arroyo millonario. Escurre por un declive del piso a partir de la cantina para desembocar en un pequeño lago hemático.
La policía
El ulular de las sirenas policiacas se escucha a lo lejos y será entonces cuando el jefe de los agresores disponga la retirada. Lo hacen ordenadamente, tanto que uno de ellos llegará a balbucir un sorry miss cuando aplaste con su bota castrense la mano delicada de una anciana de Minneapolis. (Oh my God!). Pasados apenas cinco minutos de la primera ráfaga, a no pocos presentes tirados en el piso les parecerá transcurrida una eternidad. Otros, en cambio, permanecerán horizontales, incluso en presencia de los policías, incapaces de discernir entre buenos y malos.
Los jefes policiacos de entonces no eran diferentes a los de hoy. Saldrán con la batea de babas de que los hechos en Villa Demos se dieron en un encuentro entre mariguaneros (la palabra narco no se usaba entonces), presentando como prueba irrefutable dos costales de cannabis olvidados en la cantina.
Muchos acapulqueños de generaciones recientes ignoran que Acapulco unió alguna vez su nombre al de la mariguana. No a cualquier yerbajo sino a la yerba de excelencia, a la mariguana, ranqueada como la de mayor calidad en el mundo, incluso sobre la asiática. Se cultivaba en el macizo sierramadrino de la Costa Grande y se le llamó Acapulco Golden. Las ocupaciones tumultuarias del puerto se dieron entonces en pos de aquella mota dorada. Muchos grandes del espectáculo se dijeron inspirados por esa yerba y entre ellos Los Beatles, el conjunto inglés idolatrado por millones y millones de jóvenes en el mundo. “¡Carajo, ni eso pudimos conservar!”, lamentaba el periodista Manuel Ávila González.
Los lesionados
El encuentro entre dos bandas de mariguaneros en el Villa Demos, según determinación de la Fiscalía estatal, afectó únicamente a seis turistas norteamericanos con lesiones muy leves, quienes rechazarán cualquier reclamación ante la urgencia de regresar a sus lugares de residencia. Sin embargo, al decir del reportero José Arzola Nájera, de Novedades de Acapulco, por lo menos dos de ellos fueron penetrados por balas en las posaderas –vulgo: nalgas–, según se asentaba en un documento del Centro Médico.
Para Arzola Nájera –cuyo deceso atropellado por un automóvil nunca fue investigado, no obstante estar amenazado de muerte–, la agresión en Villa Demos debió ser ejecutada, necesariamente, por tiradores expertos, pues de otra manera hubiera sido una espantosa masacre. Lo probaba el hecho que las víctimas presentaban lesiones producidas por balas rebotadas o bien pedazos de cristalería. Tuvo él la convicción de que se había tratado de un escarmiento para los empresarios, nada común por cierto. Desde lo más alto del poder político.
Los periodistas
Aunque por la hora en que sucedieron los hechos no hubo ocho columnas chorreando sangre, la empresa convoca a una conferencia de prensa. Comisiona para ofrecerla a la hermosa encargada de public relations Jacqueline Petit, francesa llamada la Reina del Jet Set Internacional, empresaria en bienes raíces y la primera mujer en lanzarse desde La Quebrada, sólo para ganarle a Teddy Stauffer una apuesta de mil dólares.
La empresa negaba rotundamente los hechos narrados y particularmente la participación en ellos de la Primera Dama de la Nación, y negaba que se hubiera encontrado en el restaurante tan siquiera un gramo de mariguana. Que lo ocurrido, en realidad, había sido que un cliente alcoholizado había disparado su pistola en la puerta de Villa Demos. Que convocaba al patriotismo de los medios para que el caso no afectara para siempre el prestigio de Acapulco.
Antigua “chucha cuerera” y coronela de mil batallas, la Petit competía en malicia con los periodistas, no siendo difícil para ella capotearlos. Asistían los miembros de una recién integrada Asociación de Editores de Acapulco (cuyos indignados socios habían rechazado la propuesta del lema: ¡Esto es un asalto!). Y es precisamente el dirigente de la AEA quien abre el fuego o regateo:
–Hablando en plata y de plata y por tratarse de un suceso desagradable que involucra a una muy querida dama, pero sobre sobre todo el prestigio de Acapulco, quedaríamos satisfechos con un miserable toleco” por periódico, y asunto enterrado.
–Perdón, no entiendo. ¿Qué ser un toleco? –indaga con aire de inocencia el paradigma del savoir-vivre acapulqueño y alguien se le acerca para revelarle que se está hablando de cincuenta mil pesos por periódico. Jackie no tendrá tiempo de hacer ningún comentario para atender otra voz periodística:
–¡Ora sí que te bajaste gacho, maestrazo, ¡esto cuesta por lo menos un ciego y ni un quinto menos!
Aunque sabe muy bien que se está hablando de cien mil pesos, la francesa decide poner fin a tan cínico regateo. Abandona su asiento y se dirige al fondo del salón donde abre una puerta y aparece un hombre cargando una pesada grabadora y sobre cuya identidad ella pregunta:
–¿Chicos: ¿Ya conocen ustedes al coronel Mario Arturo Acosta Chaparro ? ¡Ay, pero qué tonta soy!, ¿quién en Guerrero no conoce a Mario Arturo?, ¡amiguísimo de todos ustedes!, ¿no, chicos?
–¡Pinche vieja tan chingona ya nos partió todita la madre –susurra el líder de los editores, ordenando un “vámonos todos a la chingada”.


