
Texto: Redacción/ Foto: EFE
Málaga, España, 15 de abril de 2018. Este sábado, el director mexicano Guillermo del Toro estuvo en el Festival de Cine de Málaga, donde recibió un premio por su trayectoria y ofreció una charla acerca de su carrera, en la que, aseguró, “nunca el cine ha sido tan urgente como en este momento”.
Ha pasado un cuarto de siglo desde que en 1993 dirigió su primer largometraje, Cronos, rodada íntegramente en México y con un presupuesto sumamente reducido, con Federico Luppi y Ron Perlman –uno de sus colaboradores habituales, quien, por cierto, también está en Málaga presentando la película cubana Sergio & Sergei.
Luego de llegar a Hollywood con una caída al suelo que fue Mimic y un periodo de alternancia con coproducciones con España, de la que salió la premiada El laberinto del fauno, Del Toro se toma su carrera –que él prefiere llamar biografía– con mucha más calma, con paso firme y seguro.
“Lo hermoso es que en 25 años llegues a esto con una coherencia con las otras películas, porque la terquedad sostenida se convierte en estilo. Llegar ahí con una película que costó tres veces menos de lo que hubiera sido un presupuesto normal, con una película protagonizada por una limpiadora muda y un dios del río. Financiar estas películas es un acto de fe y requieren de muchísima terquedad.
“Para mí, el peregrinaje que hay después del Oscar es en realidad vueltas a casa; la primera visita es a mis padres, a mi ciudad, a dar charlas a estudiantes (en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, que él fundó), a presentar un documental (Ayotzinapa, el paso de la tortuga), a mi primera productora, Berta Navarro, que es como mi madre en el cine. Luego he ido al Festival de Cine Fantástico de Bruselas, donde he vuelto por un premio que se le dio a Cronos. Dos películas en las antípodas de mi cronología, la primera y la última, volverlas a ver juntas y darte cuenta de que en las dos hay un personaje central femenino, las dos dicen que hay que amar al monstruo haga lo que haga, las dos muestran la cotidianidad de llevar lo extraordinario a lo ordinario (como poner un vampiro en una cajita de juguete o a un dios acuático en una bañera). Volver a casa es volver al cine fantástico, es volver a la familia y es volver al cine español”.
Hace poco más de un mes, se subía al escenario del Dolby Theatre para recoger el Oscar a Mejor Director por La forma del agua, el galardón que “alquímicamente me llegó más. Miré delante y era como ver un catálogo de cine. Además, fue la primera vez que mi padre entendió mi oficio. El Oscar tiene algo físico, porque es muy bello pero pesa mucho, y cuando mi padre lo cogió, vi en su cara que por primera vez entendió algo. No sé qué cambió, pero su sonrisa… Así somos los hombres mexicanos, de pocas palabras”, contó el cineasta.
Pero también proclama la urgencia del cine: “Este es un momento en el que hay un cambio de prisma de realidad, de lo que es mentira y lo que es verdad, que afecta a nivel universal. Las barreras que teníamos antes como estructurales para entender el mundo, ahorita estamos en un momento casi postnarrativo a nivel humano. Y eso hace que nuestro oficio narrativo como creadores, periodistas, escritores, directores de cine o lo que tú quieras, los que nos encargamos de vertebrar historias, nunca haya sido tan urgente y tan importante como ahora. La única manera en la que podemos volver a encarrilar casi la sique a nivel mundial es a través de narrativas que sean no desechables, no del momento, no de oportunidad”.
Proyectos
“Hay varias opciones: una película gigantesca, una rara y otra más rara. Lo que pasa es que lo que tenía muy claro cuando decidí hacer La forma del agua es tomarme un año sabático. Ahora me encuentro en un umbral. Pienso ‘ya hiciste nueve películas, ¿para qué hacer una décima?’ Hay que hacer algo diferente. Y pensé en que tenía que hacer algo diferente, más que como director, como ser humano, como ente. Voy a hacer cosas que me dan miedo. Voy a hacer cosas lo más emocionalmente expuesto que pueda. Y después de eso tranquilo, no saltes a la que sigue. Porque antes la compulsión era terminar una y a los dos meses hacer otra. En las montañas de la locura es una película grande, muy grande. Y uno de los motivos por los que me he tomado el año sabático es para no tomar una decisión tan rápida”.
Las montañas de la locura, un proyecto en el que lleva trabajando una década, y que ya cometió con La cumbre escarlata: “Al hacerla por más de 40 millones, tenían que hacer mucha más taquilla y la disfrazaron de terror para llamar a la máxima cantidad de público posible, cuando realmente era un romance gótico”.
Sin embargo, esta lección también es la misma que le ha ayudado a enfocar de la forma “correcta” en su última película, en la que contó con una cantidad de dinero similar a la que tuvo para rodar El laberinto del fauno: unos 15.7 millones de euros.
“El presupuesto es un estado de ánimo, por eso hay que adaptarse a lo que te ofrecen para que puedan vender las cosas como son. Si compras una tostadora, pero dentro hay un bolso de Gucci, vas a pensar ‘que tostadora más mala’. Esta vez les di hasta el cambio. Me sobraron unos 160 mil euros, aseguró.


