23 diciembre,2024 5:58 am

Omar en Ciudad Gótica

DE NORTE A SUR

 

Silber Meza

Omar García Harfuch se ha convertido en la figura más emblemática del segundo piso de la Cuarta Transformación –o lo que sea que signifique eso–, claro, después de Claudia Sheinbaum Pardo. A él, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana federal, la presidenta de la República le ha encomendado la –casi– imposible misión de pacificar México.
No es cosa fácil. En los 2000, las estructuras del crimen organizado empezaron a calar al gobierno de Vicente Fox; los asesinatos, las tomas de territorios y la hiperviolencia empezaron a crecer lentamente. Con Felipe Calderón se vino el salvajismo después de que el panista golpeó el avispero sin conocer las consecuencias de lo que vendría. El priista Enrique Peña Nieto empezó a administrar el caos y a manipular cifras; si su gobierno no se recuerda mucho por la violencia no es porque ésta no destacara, sino porque la corrupción fue tan arrasante que nos hizo tener más presente la peor época del desfalco y la frivolidad priistas. Con Andrés Manuel López Obrador la situación en seguridad cayó aún más bajo que con Peña; su obsesión por diferenciarse de Calderón –así fuese a través de una política de brazos cruzados o brazos caídos– llevó al país a una retirada de facto en la lucha contra el crimen organizado, y eso lo aprovecharon bien los grupos criminales. Los de AMLO fueron seis años en que se permitió al crimen armarse, enriquecerse con laboratorios clandestinos de drogas sintéticas, lavar dinero a placer. Y no es que haya habido complicidad –al menos que se haya podido comprobar–, más bien fue esta mórbida obsesión del morenista por apartarse de Calderón, el hombre al que acusó de haberle cometido un fraude electoral.
El gran despropósito de López Obrador fue haber creado la Guardia Nacional, una corporación con vasta fuerza policial militar, con cientos de cuarteles y una millonada de presupuesto para lanzarlos a las calles… a no hacer nada. Ya varios periodistas hemos documentado cómo se colocaban en los sitios conflictivos sólo para ver al crimen realizar delitos.
Por eso, Claudia no podía seguir simulando un ataque al crimen. Por eso y porque con la presión de Estados Unidos era ya insostenible, evidentemente. Así que Claudia designó a García Harfuch para esta apuesta. Un hombre de todas las confianzas de la presidenta, que la acompañó cuando ella fue jefa de gobierno en Ciudad de México y le ayudó a generar números que sí puede presumir. Una persona a la que le han impuesto el apodo de Batman, el hombre murciélago de los cómics estadunidenses que tiene como misión salvar a los ciudadanos de Ciudad Gótica.
No sé si García Harfuch se haya creído el personaje, a veces parece que sí. En 2020 fue atacado por un amplio grupo de criminales mientras transitaba por Paseo de la Reforma, en la capital del país. Él fue el único sobreviviente, sus escoltas murieron en el lugar. El ataque se atribuyó al Cártel Jalisco Nueva Generación. La autoridad capturó y sentenció a más de 300 años a cada uno de los implicados detenidos.
Cualquiera hubiera entendido, sin juzgar, que García Harfuch se hubiese retirado del liderazgo policial, o bajado el perfil, pero eso no sucedió.
Apenas se complicó la situación de violencia en Culiacán, Claudia lo envió a coordinar el modelo de seguridad y combatir al crimen. Las probabilidades de que el secretario de Seguridad federal tenga éxito son casi nulas; no por sus capacidades, que las tiene, sino porque nadie puede aplacar en semanas una estructura delincuencial tan poderosa como el Cártel de Sinaloa, que ha sido alimentada durante más de medio siglo con dinero, armas, drogas, corrupción y una narrativa que le permite echar mano de miles de jóvenes cada que los necesita.
Culiacán –el centro de operaciones de las dos facciones en conflicto: Los Chapitos y La Mayiza–, sí es Ciudad Gótica. Tiene facciones delictivas, líderes visibles, grandes empresarios, corrupción institucional, impunidad a raudales y base social. Sin embargo, es muy difícil creer que Omar García Harfuch sea Batman, y aun si lo fuese, la realidad es que Batman nunca pudo pacificar a Ciudad Gótica, porque ella, como Culiacán, no puede ser salvada por un superhéroe ni por militares; tienen que ser salvadas por sus propios ciudadanos en alianza con autoridades honestas de carne y hueso, de esas que sí existen, pero que son muy escasas.