
Acapulco, Guerrero, 22 de febrero de 2022. A pesar de todo, el paseo fue una fiesta dominguera. El clima grato, la primavera a la vuelta de la esquina y el parque Papagayo pletórico de vida en su reinauguración.
La única medida de seguridad en medio de la pandemia, la bendición del guardia de seguridad ante las hordas de acapulqueños que luego de dos años vinieron a reclamar un espacio ganado por derecho propio.
Padres con hijos, hijos con padres, parejas, tríos, cuartetos; millennians con sus perrijos, skaters, cosplayers, scouts, de todo.
Tenía tiempo ya que había estado en el parque y por supuesto, nunca lo había recorrido tanto como ese día. Ahí descubrí sin duda que cada quien decide si la compañía de los hijos se vive como una carga o como una oportunidad luminosa.
De hecho, pienso que sólo cuando se presentan esas oportunidades luminosas descubrimos lo lejos que hemos estado de estos seres que según comparten nuestra vida; cómo han crecido, cuánto han cambiado, de qué modo han variado sus objetivos e intereses.
Y para averiguar eso hace falta tiempo y no cualquier tiempo, sino tiempo libre y de primera calidad.
Ah, y un parque. Uno para vagabundear, caminar de la mano, sentarse en una banca o en la vil banqueta a comer un elote, un plátano, y escuchar las cuitas y fervores de nuestros seres más queridos.
Pero oh, sorpresa. No hay bancas, ni banquetas, no hay elotes ni plátanos y lo primero que escucho de la hija preadolescente es la queja por el calor, ya que talaron muchos árboles para crear explanadas.
En algún lado, un muro de piedra donde un mapa nos indica donde se encuentran los restaurantes, la pista para patinar, el área infantil, la alberca, las canchas deportivas, las fuentes danzarinas, los puestos de venta de comida y los baños.
“¿Eso es todo?”, dijo mi preadolescente.
Es obvio que cada hijo es diferente y que quien tiene un enano de tres años reza a la virgen para que le crezca y pueda controlarlo y quienes tenemos una más grandecita pedimos para que regrese a nuestros brazos. Así es esto del abarrote.
Además, no tengo ganas de especular sobre cómo es que más de 400 millones de pesos se gastaron en este lugar que en breve cumplirá 50 años y que después de la cirugía que le hicieron se siguen notando.
Así, el paseo inicialmente es tortuoso, en medio de una especie de caravana zombie donde cientos de personas desfilan por un lado y por otro quienes tenemos un recuerdo distinto del lugar tratamos de reconocer cada centímetro.
“Dónde están los cocodrilos? ¿Qué fue de los gatos? ¿Recuerdas aquel rincón donde tú y yo…? se escucha por todos lados.
Queda en la memoria la complicidad de las parejas que conquistaban las bancas protegidas por la sombra de los árboles o los caminantes que en familia o amistad recorrían los puestos de comida que aún no se instalan para luego sentarse a comer en las bancas.
En el recuerdo, un lugar llamado Paralibros, remanso de aquellos con el gusto por la lectura y que dejó perder la Secretaría de Cultura del estado, que ahora presume unos Fandangos por la Lectura que sólo aplauden ellos y algunos cuantos más que encuentran poesía en la propaganda.
No obstante, lo que es maravilloso es el poder escuchar a mi preadolescente y tomarla en serio, pasarle el brazo por encima del hombro e ir y venir por el lugar, por todos los rincones, asombrándonos por todo (dos gansos enjaulados, un par de monitos, una iguana), reírnos de todo (las caídas de los skaters o el niño que atoró su pie en las fuentes danzarinas), quejándonos de todo (el calor, el calor y el calor) aunque a ratos parezcamos tontos (pero esto tiene rato que no nos preocupa).
Para eso son los parques, ¿no? pobre de aquel que no reconozca la felicidad cuando la tiene y más, en medio de esta pandemia y esta violencia que nos atiranta, tira y estira.
Unas selfies mal tomadas desde el cerro del Mogote, al que cientos lograron subir; unos elotes del Zócalo y la promesa de regresar con el perro a pasear en otro momento, sin tanta gente. Confiamos en que no lo vuelvan a cerrar de nuevo para otra remodelación millonaria.
Texto: Óscar Ricardo Muñoz Cano


