
Texto: Johannes Schmitt-Tegge y Christina Horsten, DPA. Alicia García de Francisco, EFE / Foto y video: EFE
Publicó 27 novelas, a veces una por año, además de libros de divulgación, decenas de relatos cortos, ensayos y entrevistas. Nemesis, que salió a la luz en 2010 en Estados Unidos, fue su última obra, pero ya hacía tiempo que se le consideraba uno de los grandes: cuando el The New York Times encuestó a sus lectores en 2006 sobre las mejores novelas estadunidenses de los últimos 25 años, seis títulos de Roth entraron en una lista de 29.
Por eso fue tal la conmoción cuando en 2012 anunció su retirada del oficio de escritor. “La lucha con la escritura ha terminado”, escribió en aquel momento en un trozo de papel amarillo que pegó en su computadora. “Cada mañana miro este papel, lo que me da mucha fuerza”, afirmaba posteriormente. Pese a su jubilación, sus fans no se podían quejar de no tener algo suyo que leer, dada su prolífica obra.
Con cada una de sus novelas, que parecían brotar del autor, precisaba más su voz, llenaba las páginas de sarcasmo, humor y melancolía. Aunque cambiara de temas, siempre era reconocible en sus páginas.
Entre las obras más vendidas y celebradas figuran la Trilogía Americana: Pastoral Americana, distinguida con el Pulitzer; Me casé con un comunista y La mancha humana; pero también El escritor fantasma, Zuckerman encadenado, que compila tres novelas y una novela corta del autor, así como La lección de anatomía, El teatro de Sabbath, Elegía, El lamento de Portnoy, El animal moribundo o La humillación.
Echando la vista atrás, queda patente que Roth fue uno de los mejores, si se tiene en cuenta la suma de sus sobresalientes obras. Varias de ellas fueron llevadas a la gran pantalla. La directora española Isabel Coixet rodó en 2008, Elegy, con Penélope Cruz y Ben Kingsley, basada en El animal moribundo.
La humillación fue llevada a la gran pantalla en 2014 por el director Barry Levinson en The Humbling, protagonizada por Al Pacino. Y el actor escocés Ewan Mcgregor debutó en la dirección adaptando Pastoral Americana en la película homónima que también protagonizó en 2016.
“Roth es el mayor escritor de nuestra era”, escribió The Guardian ya en 2009, dejando de lado a grandes contemporáneos estadunidenses de Roth como Cormac McCarthy, John Updike y Don DeLillo.
El escritor, que recibió numerosos reconocimientos y premios y que para muchos era el eterno candidato al Nobel de Literatura, nació en 1933 en Newark, desde donde se ve Nueva York, al otro lado del río Hudson. Hijo de una familia humilde de inmigrantes judíos, creció en el barrio obrero de Weequahic. Muchos de sus libros están ambientados en el Newark de su juventud.
Cuando anunció que se retiraba dijo al The New York Times: “Tengo 79 años y no tengo herederos”. De modo que donó en 2016 los alrededor de 4 mil libros que llenaban sus estanterías en su granja de Connecticut a la biblioteca de Newark.
El gran espejo americano
Philip Roth tuvo una única obsesión en toda su carrera: retratar a su país, Estados Unidos, en toda su extensión y con todas sus contradicciones, y por eso, pese a saber que era un autor leído en todo el mundo, escribió siempre por y para los lectores estadunidenses.
“La historia de los Estados Unidos, las vidas estadunidenses, la sociedad estadunidense, los lugares estadunidenses, los dilemas estadunidenses –la confusión, las expectativas, el desconcierto y la angustia estadunidenses– constituyen mi temática, como lo fueron para mis predecesores estadunidenses durante más de dos siglos”, dijo Roth en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2012.
Estaba convaleciente de una operación y no viajó a Oviedo a recogerlo, pero se mostró agradecido y, sobre todo, sorprendido, porque los lectores de otros países, en ese caso España, pudieran identificarse con su obra y comparar así su visión con “la representación estereotipada, excesivamente simplificada de Estados Unidos”.
Una obsesión que apareció desde su primera obra, Goodbye, Columbus (1959), cinco relatos cortos en los que sentó las bases de toda su trayectoria posterior. Y que quedó aún más clara cuando en 1973 publicó The Great American Novel (La gran novela americana), un desafío ya desde el título para el mundo literario estadunidense, siempre a la búsqueda de esa “gran novela americana”.
Trabajó sin descanso para ser el autor de la novela definitiva sobre su país y lo logró a juicio de muchos con su brutal trilogía formada por American pastoral. Un certero y demoledor retrato de su país que se conoce como “Los Estados Unidos perdidos” y que le hizo desde entonces un serio aspirante al Premio Nobel de Literatura.
La primera y la última novelas de esa trilogía fueron llevadas al cine, como otras muchas de sus obras, adaptaciones todas ellas fallidas porque el lenguaje de Roth es inadaptable a la palabra hablada, algo que ha pasado con otros genios de la Literatura como Gabriel García Márquez.
Las imágenes del cine nunca han logrado reflejar la intensidad y profundidad de un escritor que es considerado casi como un forense del alma humana, por la precisión con la que ha plasmado en sus obras el dolor, la crueldad o la soledad del ser humano.
Pero siempre con una fina e implacable ironía con la que criticaba sin descanso a sus compatriotas a través de la voz de su personaje más conocido, Nathan Zuckerman, su alter ego y narrador de muchas de sus novelas, que apareció por primera vez en My Life as a Man (Mi vida como hombre, 1974).
Historias siempre con la realidad como punto de partida, pero también con un gran componente surrealista, y que hicieron de él el máximo exponente de la herencia de la gran literatura estadunidense, en línea con Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o Saul Bellow.
Hace algunos años, el gran pope de la crítica Harold Bloom, consideró a Roth como uno de los cuatro escritores estadunidenses vivos más importantes, junto con Thomas Pynchon, Don DeLillo y Cormac McCarthy.
Un lugar entre los más grandes que se ganó por su escritura sin complacencias, en la que no olvidaba su origen judío, aunque en muchas ocasiones renegó de que se le considerara simplemente un escritor judío.
Su obra es mucho más compleja como para limitarla a una simplificación semejante.
Diseccionó la memoria, la vejez, la muerte, la iniciación a la vida, la política (apoyó públicamente al Partido Demócrata), la libertad, la sombra del padre o el sexo –en muchos de sus libros pero sobre todo en The Breast (El pecho, 1972), con un profesor de literatura convertido en un pecho de mujer–.
Un autor que sufría al escribir. Describía su proceso creativo como una “agonía espontánea”, que le llevaba a adentrarse con cada obra en un inicio “extremadamente difícil, frustrante y poco satisfactorio”, como señaló en una entrevista con EFE en 2012.
Dos años después anunció oficialmente una retirada que en realidad se remontaba a ese 2012, pero nadie le creyó porque no era la primera vez que intentaba parar de escribir sin lograrlo. Pero lo cumplió. Dijo que ya no se sentía con la vitalidad mental ni la energía verbal necesaria para seguir escribiendo.
En enero, en la que fue su última entrevista, al The New York Times, se refirió a lo que había sido para él ser un escritor: “Regocijo y gemido. Frustración y libertad. Inspiración e incertidumbre. Abundancia y vacío. Ardor y locura”. Y una “tremenda soledad”.


