
Humberto Musacchio
Todo gobernante de cualquier país afronta innumerables y con frecuencia imprevisibles problemas. Se trata, dicen por ahí, del precio que paga todo el que llega a estar investido de poder. Algunos lo viven con cabeza fría, a riesgo de ser indiferentes ante los obstáculos; otros suelen recibir los retos con excesiva y visible alarma, y ambos casos resultan poco aceptables para los gobernados. Hallar un justo medio es la receta adecuada, el problema es que esa medicina no se vende en las farmacias porque nadie conoce las dosis exactas.
En los últimos cuarenta años, a partir del gran sismo de 1985, los mexicanos hemos ganado una amplia libertad de expresión, lo que permite expresar justas e injustas críticas al poder, algo que los hoy afectados vieron con simpatía cuando eran oposición, pero que hoy es la dosis de amargura que beben todas las mañanas.
Ante ese indeseable trago, las respuestas oscilan entre el levantamiento de hombros y la furia mal contenida. Lo primero implica ver pasar con indiferencia los problemas y dejarlos sin solución; lo otro tampoco es recomendable, pues los derrames biliares no sirven para apagar fuegos. Lo recomendable es meditar sobre los conflictos y buscar para ellos la solución menos costosa, quizá imperfecta, pero solución al fin.
Las mañaneras, como se llaman las conferencias matutinas de la presidenta Claudia Sheibaum, obligan a dar respuestas a todo lo planteado por la realidad del día anterior y a veces en la madrugada del mismo día. Como es obvio, no hay manera de que la responsable analice con tranquilidad los problemas y las respuestas que le allegan sus colaboradores. Incluso si se le proporciona material el día anterior, hay asuntos que requieren mucho más que unas horas para digerirlos correctamente.
Por lo anterior, son frecuentes las salidas de tono, los errores, las verdades a medias, los excesos y otros derrapones. Por supuesto, en esos casos ayuda mucho ser fantasioso, soltar medias verdades que son por definición medias mentiras, o falsear abiertamente los hechos, como lo hizo Andrés Manuel López Obrador durante su sexenio. Pero los verdaderos estadistas lo hacen siempre que es necesario, porque se necesita analizar los hechos con calma.
Otra fuente de problemas es intervenir en todo, donde se suscite un conflicto o donde no exista, donde se requiera la opinión de quien tiene el poder y donde tal opinión, lejos de servir a la concordia sea alimento para el rencor. Hablar mucho resuelve poco, o nada. Es, nada más, ponerse piedritas en el camino.
No es tranquilizante ver cómo los problemas del gobierno se van acumulando en proporciones cada vez mayores. El intervencionismo gringo se manifiesta cotidianamente, pues uno u otro miembro del gabinete trumpiano suelta declaraciones contra México, las que van de lo desagradable a lo francamente repulsivo, y el propio Hitler pelirrojo escupe diariamente sobre la soberanía mexicana, sin que las autoridades se atrevan a preparar a la ciudadanía ante una nada improbable intervención militar.
Tampoco beneficia a México ni a sus habitantes consentir a políticos repetidamente asociados a la delincuencia, ni cabe negarse a investigarlos arguyendo que no hay pruebas para hacerlo, aunque los indicios abunden, lo que debe bastar para abrir averiguaciones, aunque la titular de la Fiscalía lo ignore.
Si el gobierno de Estados Unidos, en uso pleno de su soberanía decide retirarle la visa a un mexicano, no hay lugar para que nuestro gobierno se pierda en un galimatías para defender a quien fue privado de pase al país vecino, sólo porque se trata de un miembro de la familia real, un ente que se gasta 47 mil pesos en una comida, que compra una obra de arte en un dineral y que viaja como magnate cuando se trata de un ente de ínfima estatura moral, quien gusta de mostrar su ignorancia y sus complejos, pues cree que si le envía una carta al gobernante de la principal potencia militar del mundo, el aludido va a responder a tamaña estulticia.
No hay que apostar por todos los pleitos. Hay que seleccionarlos cuidadosamente y darles una salida digna para el poder y para el país. Y eso no se logra con ejercicios de improvisación verbal. Por eso, lo mejor será terminar con las mañaneras. Ojalá.


