22 junio,2026 6:01 am

Por el Día del Padre

Silvestre Pacheco León

Si mi padre Vicente Pacheco Chavelas viviera habría cumplido 108 años, pero murió a la edad de 73 años por el desgaste físico que padeció debido a la artritis reumática que lo atacó desde los 50 años. Murió 23 años después.
Ahora lo evoco en mis recuerdos con motivo del Día del Padre, y lo hago recordando lo que viví y aprendí con él.
No recuerdo caricias de mi padre porque no era así como manifestaba su cariño, era más de bromas y de historias como nos consecuentaba. Soy el quinto de sus hijos y por alguna razón el que más afinidad tuvo con él durante los 15 años que viví bajo su techo.
Me gustaba y disfrutaba su compañía porque tenía paciencia para escucharme y parecía siempre interesado en mi plática. Lo acompañé muchas veces en el campo y no me pesaba que el regreso a la casa fuera anocheciendo.
Creo que fui el único de mis hermanos que lo acompañó a prensar palma al cerro del Frijolar para renovar el techo de la casa, que era un camino muy cansado como subir por una escalera dos kilómetros en una pendiente peligrosa, y luego fui con él a la cueva del Chichicastli a sacar guano de murciélago para fertilizar sus cultivos. Fui el segundo de sus hijos que tuvo el premio de acompañarlo a la ciudad de Chilapa a la edad de 8 años después de advertirme lo que implicaba caminar toda la noche sin descanso, y valió la pena porque superé el sueño y llegué a ese lugar que me pareció mágico porque conocí la carretera de asfalto, su olor a ciudad y la velocidad de los autobuses que asustaba a las bestias de carga, y confirmé que, efectivamente, había una estatua del demonio sobre la cúpula de la catedral.
En sus pocos días de asueto mi padre disfrutaba la pesca en el río y yo lo acompañaba para juntar los pescados. Llegábamos hasta la garganta del cerro y terminábamos bañando en la poza de la presa donde revienta el agua.
Siempre estuve orgulloso de mi padre que era un hombre distinguido en la sociedad rural donde creció. Él y sus hermanos, hombres y mujeres era de las pocas familias que sabían leer y escribir. A mi padre la lectura lo deleitaba. En todo el pueblo quizá fue el único que sabía y contaba con especial modo todos los cuentos de Las Mil y una Noches, y las historias de la cultura italiana Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno.
Mi padre tenía la virtud de encantar con su plática, y aunque no era persona de andar en las fiestas los campesinos festinaban su popularidad como cuenta cuentos. Cada vez que necesitaba peones sobraban quienes se ofrecían con tal de escucharlo. Sus hijos y sobrinos le hacíamos rueda para escuchar sus historias, y aún hay quienes lo recuerdan en duelo de cuentos que inventaba en el momento.
Recuerdo que en una ocasión se trataba de cuentos tan inverosímiles entre verdad y mentira que todo creíamos. Contaba que una vez que estuvo trabajando en Acapulco en su día de descanso caminando por la playa se encontró de pronto con un sarta de pescados casi vivos y no se veía a ninguna persona que pudiera ser la dueña, por eso creyó que era su suerte y luego de recogerlos y echarlos en su tirincha se fue caminando rápido y contento, alegre de su buena suerte cuando de pronto escuchó un silbido a sus espaldas que lo hizo voltear sin ver a nadie que lo siguiera y que fue hasta la segunda vez cuando se dio cuenta que se trataba de una víbora pescadora que seguía el rastro de quien le robó su pesca, entonces, asustado, se echó a correr pensando que sin duda lo alcanzaría y fue cuando se le ocurrió la estratagema de enterrar su machete en la arena, colgar la bolsa con los pescados y su sombrero en la cacha y que en cuanto la serpiente llegó, escondido tras una roca miró cómo la víbora arremetió a chicotazos contra quien pensó que era el ladrón, con tan fuertes coletazos que terminó desangrada, despedazada y muerta. Al final dijo que se llevó otra vez los pescados para no desperdiciarlos.
Mi padre practicó la siembra trashumante cuando todavía carecía de tierra laborable y el ejido disponía de terrenos para desmontar y establecer un tlacolol. Con los años llegó a tener parcelas en las dos partes del ejido para alternar las siembras dejando descansar la tierra cuando no se hablaba de fertilizar.
Aprendió de su experiencia a ser el primero en la selección de sus semillas y hacerlas germinar. Experimentó con éxito en los cultivos de frijol, maíz, calabaza y cacahuate, chile criollo, jitomate y hasta arroz llegó a sembrar bajo el sistema de anegación del terreno.
Sabía manejar la yunta, uncía los bueyes al yugo. Varias veces domó toros cerreros para que aprendieran a jalar el arado. La estrategia era acompañarlo de un buey manso y al final lo entregaba domesticado.
Sabía barbechar y surcar para la siembra de temporal y de riego. Su habilidad era manifiesta tanto para abrir una besana para el barbecho como para el surcado de riego sin necesidad de usar nivel. Su siembra sobresalía frente a las demás. Sus cultivos siempre cuidados y la cosecha de las mejores.
Mi padre era un hombre ingenioso y tenía una habilidad especial para los trabajos manuales. Aprendió él solo a cortar el cabello y mientras éramos pequeños no íbamos a la peluquería. Sabía trabajar la palma y reparar el techo de nuestra casa, construía cercas o chinantlis y sabía hacer la construcción de bajareque. Trenzaba la palma y tejía los asientos de las sillas. Nos hacía los dedales de palma para cuidarnos los dedos de las espinadas en el trabajo. Él fabricaba su propio capote con ese mismo material que lo mismo lo protegía de la lluvia que se podía usar como cama, techo y cobija.
Su herramienta era la básica y siempre la mantenía cuidada. Una barreta y un zapapico para excavar y hacer pozos, una hacha para trozar y rajar leña, un machete curvo y otro derecho para la chapona, una pala derecha para el riego y una reata de carga. Una aguja de arrea para coser costales y una silla de montar.
Vivía y vestía con decoro. Usaba sombrero de astilla para la calle y uno de palma para el campo. Vestía pantalones de sastre y mi madre siempre le tenía su ropa planchada para ir a misa mientras él se rasuraba su escasa barba y se recortaba el bigote.
Era un hombre educado y respetuoso, poco de fiestas, y aunque tomaba sus mezcales nunca lo vi ni supe que alguna vez se hubiera emborrachado. Tenía pocos compadres y era muy ceremonioso para saludarlos. En la calle era parte del saludo quitarse el sombrero en señal de respeto. Buenas tardes comadrita, me saluda a mi compadrito. Gracias comadrita. Que pase buena tarde.
Era cuidadoso y amable con sus animales, a todos los alimentaba bien y nunca les faltaba su agua limpia. Siempre les tenía un techo y el suelo empedrado para protegerlos del sol y la lluvia.
Le gustaba bailar y nunca lo oí cantar, pero su silbido para llamarnos y estar en el acto frente a él era inconfundible. Vaya este recuerdo por el Día del Padre.