
José Gómez Sandoval
Pozole verde
Muchos lectores reconocerán los nombres ilustres que firman textos de esta página: empezamos con Edmundo Valadez, pasamos por Guillermo Arriaga (conocido como guionista de Amores perros y otras películas), la española Ana María Matute y el poeta mexicano Marco Antonio Montes de Oca, antes de llegar a Mario Benedetti. Apenas menos conocido es Armando Alanís, prolífico autor norteño que ha coordinado talleres de cuento en Guerrero. La maestra Victoria Enríquez vive en Chilpancingo, como el acapulqueño Rafael Solano, que ejerce el periodismo.
Estuvo en la guerra
Edmundo Valadez
De pronto, todas las cabezas desaparecieron. Abrió más los ojos. Trató de perforar con la mirada la luz de los reflectores implacables. Sobre el campo, los jugadores corrían en todas direcciones. Un sordo, pavoroso clamor envolvía sus cuerpos sin cabezas. Agitaban sus brazos confusamente. Como si dirigieran su propia macabra danza. La danza macabra.
Él estaba tenso. El ruido martilleaba sus tímpanos. Creció el miedo. Ahora los rostros giraban en la cancha. Reflejaban un terror indescriptible. Su propio terror. No perseguían la pelota. Huían desesperados. Brincaban absurdamente. Con el salto mortal del soldado. Desaparecían. Volvían a emerger. Volaban. Destruidos en pedazos al chocar unos contra otros.
Empezó a oír el graznido de las ametralladoras. El ruido del mar. El ruido del miedo. El silbatazo del ataque. Y gritos. Gritos espantosos que le taladraban la espina dorsal. ¿Llegaría a disparar por fin el cañón camuflado bajo la malla del arco?
Reaparecieron las cabezas y los cuerpos. Las cabezas subían y bajaban las gradas. Saltaban a la izquierda y a la derecha. Uno, dos. Uno, dos. A la derecha y a la izquierda. Uno, dos. Rodaban unas sobre otras. Saltaban unas sobre otras. Uno, dos. Lo aplastaban. Iban a aplastarlo. Uno, dos. Y los gritos.
Se lanzó por las escaleras. A ganar la playa. A esconderse en las trincheras. La salida. A empellones. Empujando los cadáveres móviles que cerraban el paso.
La puerta. La plaza. Arriba, siempre al cielo. El cielo.
Detuvo un taxi: al hotel.
Cerró los ojos. Los abrió de nuevo. ¿Y el chofer? Había desaparecido. Él iba solo sobre el tanque que devoraba las avenidas. Traspasaba los muros. Se estrellaba contra los árboles. Mil reflectores enfocaban su marcha. Más aprisa. Aprisa.
Luego, lo de siempre: el silencio largo.
“¿Le pasa algo?”
Pagó. Entró en el hotel. A su cuarto.
Se desplomó sobre la cama.
A gemir la paz definitivamente perdida para él.
Tarzán de los Monos
Armando Alanís
Dicen que en sus últimos años Tarzán de los Monos creía ser Tarzán de los Monos. A la hora del crepúsculo, cuando la naranja del sol era deglutida con moroso placer por el acapulqueño, dejaba atrás la Casa Redonda del escondido hotel Los Flamingos para apostarse en el balcón de piedra que sobresalía de los acantilados como la proa de un barco. El célebre grito se confundía con la brisa en el instante preciso en que el fruto solar desaparecía dentro de la enorme panza azul y verde.
Desde la terraza del bar era posible ver a aquel hombre, en taparrabos de piel de leopardo, propinándose golpes con los puños en el decrépito pecho. Pero en la terraza no había nunca nadie, aparte del encargado, que ya no hacía caso de aquella cotidiana representación. Tarzán había comprado el hotel y sus invitados tenían la discreción suficiente como para permanecer en ese momento encerrados en sus cuartos. En cuanto a su mujer, bostezaba aburrida en la cama matrimonial. Chita hacía muchos años que había muerto.
Tarzán había olvidado por completo sus proezas olímpicas; las medallas de oro se enmohecían en un cajón con candado, cuya llave estaba perdida. Había olvidado también sus glorias como estrella de Hollywood, por más que sus invitados procuraban recordárselas. Uno de los actores más famosos en su tiempo, de cuerpo atlético, rostro varonil y ojos dulces y francos capaces de doblegar la voluntad de cualquier mujer, era ahora un viejo salvaje que cada mañana, al despertar, se asomaba al espejo del baño para preguntarse otra vez, en el lenguaje de los monos: ¿Yo? ¿Tarzán?
Encuentro
Victoria Enríquez
Con amor a mí misma
Era una hora de esas que, no sé. Y con ese frío. Una estación vacía no abandonada. Era el lugar ya no soñado sino adivinado, presentido tanto tiempo, buscado entre insomnios y desesperación, inventado o sospechado ya no sé. Sólo faltaba que aquel coro de voces perversas que creaba ecos al filo de la luz cantara la Misa de Mozart. Pero no. Tenía que caminar, pasar por un salón inocuo donde esperan los viajeros los camiones. Y en mi cabeza el ya voy, espérame. Y una ansiedad que ya no pude dominar. Crucé el salón y entré en el oscuro pasadizo sólo iluminado por los ojos de buey de los cristales de colores. Ahí empezó el coro. Y con ese frío…
Me senté en una banca en medio, me envolvía en el abrigo y esperé sola en esa sala llena ecos, voces y risas, pasos apresurados de gente que hace mucho que se fue. El corazón comenzó a latirme en las orejas y deseé no estar ahí, en esa hora cualquiera y con ese frío…
En ese preciso instante se abrió la puerta giratoria y todo quedó atrás, no pude más que sonreír cariñosamente, cuando me vi llegar.
Rogelio
Guillermo Arriaga
Rogelio no se percataba de que estaba muerto o se resistía sencillamente a aceptarlo. Por ello, una y otra vez, se salía de la fosa donde estaba enterrado y no era raro encontrárselo comiendo en algún restaurante cercano al cementerio. En algunas ocasiones nos iba a visitar al Retorno y se pasaba largas horas platicando sobre los viejos tiempos. Sin duda varios de nosotros tratábamos de convencerlo de que ya era un cadáver y que apestaba bastante. No hacía caso y con una desfachatez increíble se presentaba en cualquier lugar y a cualquier hora.
Una noche lo acompañé de vuelta al panteón. Charlamos un buen rato sobre todas aquellas experiencias que habíamos compartido cuando él aún vivía. Compramos unas cuantas cervezas y nos emborrachamos. Nos divertimos, nos reímos. Gozamos. Lloramos. Al amanecer se despidió con una sonrisa. Se acomodó en su ataúd y cerró la tapa. Nunca más volví a saber de él, porque esa madrugada morí atropellado y mi mujer… mi mujer decidió incinerarme.
El camaleón
Marco Antonio Montes de Oca
Tras la ventana Jorge apenas reprimía su deseo de salir al jardín. Al fin escampó en la parda mañana y de las azucenas, magnavoces afelpados, descendieron voces blancas, gotas finales de silencio. Jorge corrió al jardín esparciendo soldados en pequeñas trincheras de arena. A su vera, un camaleón tembló entre corolas silvestres. Era hermoso, verde, copeteado de aristas salvajes, orgulloso como un dios en miniatura. El niño no tardó en descubrir que el resplandeciente animalito llevaba un timbre en la cola. Un timbre parecido al de la puerta de su casa. en seguida dio media vuelta y entró a todo correr en la estancia sumariamente adornada con trofeos de caza. “¡Tiene un timbre en la cola! –gritó– ¡Mamá, ven a ver mi camaleón!” la madre salió al jardín con un sentimiento de bondadosa incredulidad. Ahí estaba el prodigio, inmóvil, tiritando como joya viva tras de su piel a un tiempo arrugada y transparente. La señora lo volteó de revés. Vio la panza rugosa, los pequeños alambres que salían de la carne amoratada. Sin preocuparse más autorizó al niño a jugar con aquella criatura mitad ser vivo, mitad artefacto. “Bueno, hijo, juega con él.” Jorge oprimió el timbre. El camaleón comenzó a crecer convirtiéndose en un dinosaurio. En poco tiempo reconoció el terreno mientras engullía de un mismo bocado a la madre y al hijo. Después cruzó la reja devorando cuanto le vino en gana. Transcurrieron años antes de que un azar feliz arrojara una piedra contra el timbre su cola. Otro azar, menos piadoso, la simple presión de algún objeto cercano, recreará algún día la pesadilla infame.
La versión final
Rafael Solano Reyes
Cuando Pancrasio despertó aquel día, se dio cuenta de que estaba completamente solo; entonces empezó su locura a desfilar: constelaciones y cosmogonías, vapores pestilentes y explosiones trascendentales, luz abrasante, demasiada luz, jirones de colores y maquetas insospechadas de encontrarse en un lugar así. Nunca supo si fue un sueño prolongado o una postergación de lo que sería su realidad, que se hacía y deshacía, al alcance de la mano, invencible, insobornable, inmisericorde.
Una infeliz tarde sintió un cosquilleo en el cerebro, como el roer de un remordimiento: contempló por el momento los límites de las galaxias, se dio cuenta de la grandeza de su desvarío y, como una forma de perpetuar su pesadilla, hizo al hombre y lo puso en medio del universo…
El niño al que se le murió el amigo
Ana María Matute
Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre: “El amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar”. El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”, pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar. “Entra, niño, que llega el frío”, dijo la madre. Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos, y pensó: “Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada”. Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: “Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido”. Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
Los bomberos
Mario Benedetti

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”.
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pudieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.


