
José Gómez Sandoval
Pozole Verde
Despedida
El eclipse es un texto luminoso que encontramos en Obras completas y otros cuentos (UNAM, 1959) , el primer libro de cuentos de Augusto Monterroso y el único que no ha sido republicado. El texto del taoísta chino Lient0sé (siglo IV) aparece en la célebre antología de literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Los demás somos de por aquí. Aurelio Peláez es cronista de El Sur. Saíd Vladimir Ramírez y Simón Ramírez son egresados de Literatura Iberoamericana de la Universidad Autónoma de Guerrero. Como despedida, el autor de esta columna ofrece una leyenda de su propia invención.
El eclipse
Augusto Monterroso

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podía salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
–Si me matáis –les dijo– puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
A la Van Gogh
Aurelio Peláez
Érase una vez un pintor muy solo que quiso tener una amiga y escogió a la vecina de enfrente. Para darle confianza, le envió un ramo de flores, pero la vecina al parecer era alérgica a las rosas, porque no le respondió el cumplido.
Decidido, el artista le mandó chocolates, pero a la vecina le salió un barrito en la mejilla izquierda tras comerlos y, molesta, tampoco le devolvió contestación alguna.
De un libro que le regaló se enteró que terminó en el fogón calentando la sopa de letras.
Olvidando en su obsesión sus óleos, sus pinceles y telas, el pintor obstinado decidió cortarse una oreja izquierda y se la llevó en una cajita hasta su casa. y como corrió la misma suerte del rechazo le mandó la derecha, y así siguió con sus piernas, sus ojos, brazos y cabeza.
Entonces la vecina ya no le pudo negar su amistad, porque cuando cayó en la cuenta ya tenía al artista enterito dentro de su casa.
Arrobamiento
Saíd Vladimir Ramírez Téllez
Había llovido de una forma tempestuosa en la selva… la tierra exhalaba vahos cálidos y olorosos.
De los bosques cercanos se elevaban tenues vapores; en los árboles frutales de las huertas, en sus hojas y en sus frutos, como cristales maravillosos, temblaban millares de gotas del aguacero ido, que los pájaros salvajes de deslumbrante policromía, en su pánica alegría y en el lírico alborozo de su canto, derribaban como en una nueva lluvia misteriosa… Las chacras era un loco espejo de colores, así como una loca algarabía de cantos… El sol, a medida que el cielo se limpiaba, iba alumbrando con todo su vigor, con toda su fuerza esplendorosa… El inmenso río que corre en medio de la selva intrincada hacía escuchar la canción de su alegría salvaje… Hasta los ínfimos gusanos se arrastraban por el suelo y por los troncos, radiantes de placer, de euforia, mientras que los peces voladores, que habían cruzado el espacio a través de la lluvia espesa, temblaban y aleteaban, sin esperanza, en el suelo húmedo y en los techos de palma…
Abrí la puerta de mi casa, que cerramos ante la tempestad, y miré el exterior… Al frente, en la casa vecina, parada en la puerta, estaba una linda muchacha, contemplando el espectáculo maravilloso de la naturaleza después del aguacero… El flechazo de la emoción violenta, inesperada, misteriosa me hizo quedar extático ante esa mujer… La contemplaba con arrobamiento… Me parecía, en medio del paisaje fastuosa gloria tropical, que ella, esa mujer –¡la mujer!– era la obra más bella que la creación resumía, en ese momento, en su divino cuerpo, en sus divinos ojos, toda la excelsa poesía del cielo y de la selva…
Y sentí, a partir de ese instante supremo, una misteriosa transformación en mí, pues yo era un niño todavía…
El ciervo escondido
Lientsé
Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el sitio donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño, a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar al ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:
–Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó dónde lo había escondido y ahora yo lo he encontrado. Ese hombre sí que es un soñador.
–Tú habrás soñado que viste un leñador que había matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo, tu sueño debe ser verdadero –dijo la mujer.
–Aun suponiendo que encontré al ciervo por un sueño –contestó el marido–, ¿a qué preocuparte averiguando cuál de los dos soñó?
Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había ocultado el ciervo y también soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a la casa del otro y encontró al ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:
–Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró al ciervo y ahora te lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo. Pero como aquí está el ciervo, lo mejor es que se lo repartan.
El caso llegó a oídos del rey de Cheng y el rey de Cheng dijo:
–¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?
El espejo
Simón Ramírez Romero
Era muy tarde, los rayos del sol penetraban por los vidrios opacos. La pesadez le corría la cabeza. Intentó levantarse, le fallaron las fuerzas y dio con su humanidad en el piso de duelas sin pulir. Entre sus cáscaras de frutas y botellas de cerveza durmió otro rato. Casi se ocultaba el sol cuando volvió a despertar. Recordó que tenía que entregar su colaboración al diario, y buscó entre sus hojas. Ahí estaba. Por enésima vez lo revisó. No le gustaba mucho, pero era todo lo que había en la semana. Era un cuento pequeño, donde la trama versaba sobre un hombre que, al igual que él, se hallaba desesperado y se había suicidado, colgándose de la viga de su casa, frente al espejo, para ver cómo se moría un cristiano.
Buscó ropa limpia, se bañó, rasuró, peinó y se arregló lo mejor que pudo. Tomó sus hojas escritas y por última vez se miró en el espejo. Cuando se retiró de él, su imagen pendía de una soga.
El Judío Errante o las instantáneas me hacen reír
José Gómez Sandoval
En la playa me dicen el metiche, el aparecido, el fisgón. También me conocen como el arrepentido, el sinquehacer, el chistoso, el idiota que se mete en las fotografías. El castigado eterno. Sí. Por abusar de la gracia de Jesús. Lo dicen los salvavidas, las vendedoras de artesanías y dulces de coco, lancheros y vendedores de comida. Los meseros hablan entre ellos con cautela, volteando de vez en cuando hacia mi mesa, como si temieran que yo pueda escucharlos. Cuando uno de ellos viene hacia mí con la nota de consumo en la mano, hace más de 500 años que ya me fui.
En medio segundo me trasladé a una palapa, frente al mar, donde ya olvidaron la borrachera loca que me puse hace un año con cerveza de barril, sin pagar ni un solo denario. Mi pechera de piel de oveja descarriada les parece de mal gusto pero por el arete que cuelga de mi oreja me toman por junior riquillo o gringo extravagante. Cuando me buscan sólo alcanzan a ver tarros vacíos y el “jipete” ya se fue y ni las gracias les di.
El camino es largo y aburrido, pero qué voy a hacerle si así lo dispuso el Señor, a las tres que me reí de él, que tan mal las iba pasando con la cruz a cuestas. Ya no sé si mis sandalias son de arena o de polvo, como mis pies. Por eso digo: si voy a caminar tanto tiempo y a pasar el mal rato con mi alma, al menos me voy a divertir… Si fui castigado para toda la vida, por reírme a su paso, el Señor sabrá perdonar que la risa me estalle cuando puedo, pues para mí un instante dura una eternidad.
Lo de las fotos se me ocurrió hace siglos, en el convento de Santa María della Grazie. Cierta mañana, cuando pintaba La Última Cena, Leonardo da Vinci descubrió a un sujeto de más, a alguien que no estaba invitado a cenar, entre los discípulos del Maestro. Entre Pedro y Juan. La barba del individuo se pasaba de descuidada, pero su actitud era de atención y respeto. Leonardo pasó el mediodía intentando recordar por qué no recordaba haberlo pintado –menos con tanto detalle– y toda la tarde se afanó en borrar al intruso que tan enigmática y campechanamente se había integrado a la selecta compañía de Jesús. Con cuidado, volvió a enlazar los hombros de Pedro y Juan y, por no dejar, maquilló las nubes que erraban tras el ventanal. Luego cubrió la pintura con un enorme lienzo húmedo y se fue dormir. Al otro día desprendió el lienzo y al primero que vio fue a mí. Ya estaba yo ahí de nuevo, una mano sobre el hombro izquierdo de Pedro, la otra sobre el hombro derecho de Juan, con algo que no pude evitar: mi condenada sonrisa.
Quizá porque en todos lados ando de paso, me encanta detener el instante. En una imagen fija se comparte con los demás un buen ratuco. En la playa, una familia está a punto de tomarse una fotografía. Una tía prepara la cámara. Me acuclillo en la arena, entre las rodillas de papá y mamá. Nadie me pela. Sólo un niño parece verme: me toca la nariz chamuscada, la barba arenosa y revuelta. Descubre mi arete y dejo que pase los deditos por el oro patinado de sal. Los demás levantan la mirada hacia el mar. ¡Güísqui!, digan ¡güísqui!, grita la tía, y las sonrisas se contonean como gaviotas en el aire.
Instantánea, la fotografía corre de mano en mano. Hasta que alguien pregunta quién es el barbón de sayo descolorido y sandalias gastadas que aparece junto a papá y mamá, en cuclillas, abrazando al niño. Advierten que el arete con que ahora mismo juega el chiquillo es el mismo que en la foto me cuelga de la oreja, y como chachalacas asustadas me buscan bajo mesas y sillas, en los hombros de turistas que se alejan, entre remolinos de arena y espuma. Alguien descubre las huellas de sandalias antiguas que se pierden en la playa, mar adentro, y algunos llaman a gritos al salvavidas y otros dicen que ya para qué, ya me había tragado el mar, o el horizonte. El pequeño suelta el arete, lo recojo y la carcajada me gana cuando empiezan a escarbar por aquí y por allá buscando “aunque sea” el dichoso arillo, hasta dejar el rededor peor que la Playa del Tesoro, y casi me duelen las costillas ahora que, por más que la limpien con vaho y la escudriñen al revés y al volteado, ya no me encuentran ni en la foto. De hecho, hace mucho que partí.
(En la imagen interna, Augusto Monterroso. Foto: Pedro Valtierra/ Cuartoscuro)


