11 noviembre,2019 5:27 am

Protestan pacientes con trastorno mental por desabasto de medicinas en el Hospital General

Denuncian familiares que desde hace varios meses no les entregan los medicamentos que necesitan y tienen que adquirirlos por fuera, a pesar de que sus altos costos. Demandan Pidieron a los gobiernos estatal y federal que atiendan la falta de insumos y la construcción de un hospital psiquiátrico.
Acapulco, Guerrero, 11 de noviembre de 2019. Pacientes con algún trastorno mental y sus familiares se manifestaron ayer en el Hospital General, ubicado en El Quemado, por el desabasto de medicamentos que tiene ya varios meses, cuyos precios equivalen a casi todos sus ingresos mensuales.
Agresividad, ansiedad e insomnio son algunas de las consecuencias que tienen los enfermos cuando no reciben su medicina de manera regular, lo cual les dificulta tener una vida normal, denunciaron familiares en entrevista con El Sur.
Pidieron a los gobiernos estatal y federal que atiendan esta falta de insumos y construyan un hospital psiquiátrico para esta población vulnerable.
El padre de Almira, Marco Antonio Sandoval, dijo que su hija, de 22 años, padece esquizofrenia desde hace 10 años, por lo que requiere principalmente de la inyección Risperidona que no encuentra desde hace más de seis meses, al igual que otros 30 usuarios.
Junto con los otros medicamentos que necesita, indicó, desembolsa 4 mil pesos mensualmente, casi todo su salario de 5 mil pesos que recibe como empleado de una empresa de mensajería.
Agregó que desde que estaba el hospital en la avenida Ruiz Cortines ya había desabasto de medicinas, lo que ocasiona que su hija se ponga mal tres veces por semana: “se jala los pelos, ella sola se maltrata, se echa a correr, se pelea con los vecinos”.
La pensionada Teresa Castro indicó que recibe 2 mil 800 pesos mensuales, de los cuales sólo le quedarían 400 pesos si compra la Risperidona, que cuesta 2 mil 400 pesos la caja, para su hermana Petra.
Relató que el año pasado no recibió esta medicina, lo que causó una crisis en Petra que se perdió una semana.
Oswaldo Mondragón Marcelo dijo que su hermano Adán, de 72 años de edad, tiene esquizofrenia, por lo que requiere Clonazepam y Risperidona, y ésta última cuesta 2 mil 400 pesos, mientras que su hermana Hortensia, de 77 años, necesita gotas que tiene el mismo precio. En total son 5 mil pesos mensuales de medicamentos, el total de sus pensiones de adultos mayores, aseveró.
Agregó que viene desde Puebla donde trabaja y “siempre es lo mismo, ya hablé 10 veces con el director del hospital” Félix Edmundo Ponce, quien le dio el teléfono de la farmacia para saber cuándo hay medicina que no encuentra cada mes.
Después de algunas horas de espera, Edmundo Ponce llegó al consultorio de psiquiatría, donde estaban reunidos los manifestantes, y les dijo que los medicamentos estarán disponibles a partir del martes.
Estudios incompletos y discriminación social
“Escucho voces y luego siento que me vienen siguiendo y cuando voy en la calle sola, siento que la gente está hablando de mí”, describió así Joana García Blanco sus crisis por la esquizofrenia que padece, durante la entrevista con El Sur.
“No duermo por más que intento, siento ansiedad de gritar, de tirar las cosas, de golpear a la gente”, señaló la joven, de 26 años, que aseguró que se siente bien con la Risperidona: “vendo chilate con mi mamá, voy al mercado sola, pero cuando estoy enferma no”.
Joana vive en la colonia Ampliación Barranca de La Laja. Terminó la preparatoria y quisiera estudiar nutrición para que todas las personas estén sanas. Le gusta la música, leer, resolver sopa de letras, ir a Galerías Acapulco con sus amigas, al parque y a la playa.
Desde hace 11 años está enferma y “también yo sufro porque sin dormir ella, sin dormir yo, es una cosa tan fea”, dijo su mamá Alelaida Blanco Luna, quien reconoce que la ha amarrado de las manos con sábanas cuando no la puede controlar; “agarra tanta fuerza que avienta un refrigerador, rompe todo, pero siento feo hacerlo”.
Con voz pausada, José Antonio García contó también que su esposa, quien pidió que se omitiera su nombre, es bipolar esquizofrénica desde la adolescencia.
La paciente, de 56 años, explicó que si no se inyecta la Risperidona le dan ansiedad e insomnio hasta por cuatro días, que se pone agresiva y pierde el apetito, todo esto en el contexto de inseguridad que viven en su casa ubicada en la colonia Centro.
“La bipolaridad es aquello que sientes y no sientes, tienes ganas de hacer y luego no, luego te baja todo, te da frío”, detalló la mujer.
Su enfermedad no le impidió egresar como contadora por la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG) y trabajar en MVS Radio, entre otros lugares, aunque desde 2002 ya no ha conseguido empleo; “la gente detecta que tengo un mal y ya, me siento señalada”, dijo con voz entrecortada.
“Ahí viene la loca”, murmuran en el barrio donde vive y también se siente hostigada dentro de su familia: “ya me acostumbré, pero me da coraje”, dijo.
El matrimonio contó que en los cinco años de atención en la unidad de psiquiatría del hospital han vivido desabasto, pero se ha agravado desde principios de 2019, “a veces hay, otras veces no”.
Antonio García es promotor turístico, pero a veces no va a trabajar porque su pareja se siente mal, por lo que demandó la construcción de una clínica especializada para ella y los demás: “necesitan un espacio para ellos solos” porque en un solo día llegan hasta 100 pacientes con algún trastorno mental al hospital.
Los vecinos de Ciudad Renacimiento, María González y Javier Elizarragaz, son padres de Bruno, de 27 años de edad, que sufre de esquizofrenia desde hace cinco cuando empezó a ser agresivo, primer cambio de personalidad que percibieron.
Lo llevaron a un centro de salud donde no fue diagnosticado correctamente, contó su padre, quien vendió algunas de sus herramientas para colocar losetas, su trabajo, y así poder llevar su hijo a un médico particular.
Bruno requiere de Zuclopentixol, que cuesta mil 400 pesos la caja, y Quetiapina, de 2 mil 500 pesos y que no encuentran en la farmacia del hospital desde hace dos meses, son casi 4 mil pesos que sus padres no tienen.
Javier Elizarragaz gana 2 mil 500 pesos por cada obra, pero la “situación ya no es como la de antes”, además de que ya está lastimado la columna y tiene diabetes desde hace 10 años.
María González es vendedora ambulante de ropa y llega hasta la noche a su casa en donde está su esposo acompañando a Bruno, que a veces no puede dormir por días enteros, entonces, junto con su otra hija, se turnan por horas para cuidarlo.
Su madre se entristeció al contar que Bruno está decepcionado porque dejó de estudiar desde hace un año la carrera de gastronomía en la Universidad Tecnológica de Acapulco, que empezó en 2017, debido a que fue suspendido al insultar a una compañera porque ella lo hizo primero, les explicó su hijo.
Las autoridades educativas les piden un documento que diga que es atendido, pero el área jurídica del hospital no se los ha dado argumentando que se comunicará directamente a la escuela, denunció Javier Elizarragaz.
Por la falta de consumo periódico de medicamentos, sus padres contaron que en este año Bruno lleva tres recaídas que lo llevan a ser más agresivo y a no tomar la inyección diciendo que él no está enfermo.
Itzenovia Hernández Salmerón e Ignacio Pérez son padres de Jorge, de 26 años, que a los tres meses de nacido se le fue a los pulmones el jarabe que le daban para la tosferina, con lo que “se le murieron unas neuronas”, pero fue hasta la primaria que lo llevaron a la psiquiatra que lo empezó a medicar por trastorno mental.
Jorge y su madre salieron “huyendo” de El Coloso, donde se peleó con un vecino durante una crisis de su enfermedad y se fueron a vivir con su otra hija.
“Duele que digan ahí viene el loco, de hecho, ése es su apodo”, lamentó Hernández Salmerón, cuya voz se alegra cuando cuenta que su hijo, quien terminó la secundaria, trabaja en el área de mantenimiento de algunos moteles cuando está bien y recibe Risperidona, pero lo corren porque se queda dormido o pierde energía por momentos.
Acepta que por momentos se enfada: “voy a hacerle la que no sé nada, la que se olvidó, pero luego me acuerdo que es mi hijo, es parte de mi corazón, no puedo y siento feo”, dijo Itzenovia Hernández, que se dedica a limpiar casas y acude a la iglesia los sábados donde se desahoga.
Jorge escucha música todo el tiempo, se aísla de sus tres hermanas “y es rara la vez que ve la televisión”, contó Ignacio Pérez, que ve complicada la situación de su hijo porque cuando no toma la medicina se acelera y si la recibe se deprime.
Otra familiar que habló con El Sur fue Blanca López Serrano, madre de Ana María, de 42 años, quien sufre de ataques epilépticos desde los 5. Estudió hasta segundo año de preparatoria porque el director de la escuela le dijo que no podía continuar ante las recaídas constantes.
Blanca López es camarista, pero desde hace 14 años no trabaja. Viven en la casa de otra de sus hijas, en total son cuatro, y se mantienen de lo que gana el padre que es taxista y padece diabetes y usa una prótesis en su pierna por un accidente que tuvo.
Ana María “pone todo de su parte, pero lamentablemente el medicamento no nos llega”, se quejó su madre refiriéndose a la Risperidona, a quien la administración del hospital anterior le pedía que la comprara y luego se lo pagarían, lo cual “nunca sucedió”.
Por la falta de medicamentos Ana María ha tenido accidentes como caerse en las escaleras o quedar encerrada en los baños.
Belén Albarrán Morales vive con su mamá que lleva dos años con bipolaridad, pero sólo desde hace 10 meses se atiende, tiempo en el que “prácticamente no hay medicamento ¿de qué sirve que esté tan bonito el hospital si no lo hay?” y tan lejos, cuestionó la vecina de Caleta.
Su primogenitora toma Quetiapina, que cuesta entre 2 mil y 2 mil 500 pesos, y la Haloperidol, sustituta de la Risperidona, que le causó rigidez en su cuerpo. Junto con el Valproato y el Biperideno, el gasto total es de alrededor 8 mil pesos al mes, además de las citas con doctores particulares de 2 mil pesos.
A raíz de su enfermedad que la hace delirar, Belén desarrolló depresión y ansiedad que la llevaron a medicarse. También se separó de su esposo y se distanció de sus hermanos.
Texto: Ramón Gracida Gómez / Foto: El Sur