1 junio,2026 4:38 am

Respirar política

LA VIDA HECHA

Florencio Salazar

 

No sabía de qué se trataba. Me gustaba escuchar las conversaciones de mi padre, Florencio Eduardo Salazar Arriaga, con amigos, familiares y en las visitas al tío Alberto en su hotel Reforma en Chilpancingo.

En un instante, los pasillos de la casa, cualquier espacio disponible, se llenaba de cajas, que luego se trasladaban a un amplio inmueble alquilado con prisa. Las cajas contenían formatos de actas y papelería oficial, sellos, cojines, tintas, engrapadoras…

Mi padre había sido nombrado presidente de la Comisión Electoral del Estado. Su trabajo era temporal e intenso: organizar la instalación de casillas para las elecciones federales. Lo visitaban futuros senadores y diputados, interesados en conocer la integración de su expediente que, en su momento, presentarían ante el Colegio Electoral de la correspondiente cámara legislativa.

Señalados los candidatos por el gran dedo, las elecciones eran de trámite. Sin embargo, había rigor en el cuidado de la forma: un expediente mal integrado podría hacer que se reconociera el triunfo de algún opositor. La simbólica oposición podría obtener un distrito ahí donde el candidato del PRI incurriera en torpezas.

La transitoria atención

En el periodo entre la organización y el cómputo de las elecciones, mi papá era el hombre del año. Recuerdo a los futuros senadores Caritino Maldonado y Carlos Román Celis, y al candidato a diputado federal Moisés Ochoa Campos, pasando el umbral doméstico.

Jorge Soberón Acevedo –en otros tiempos– solicitaba el apoyo de mi papá para allegar firmas de respaldo, pues aspiraba a ser gobernador. Era diputado federal. Don Florencio no se negaba al hijo de su prima hermana.

El cargo electoral lo desempeñó mi padre en dos ocasiones. Lo llamaba el secretario general de Gobierno, José Inocente Lugo Jr. para pedirle aceptara ese puesto agotador. Mi padre tenía disciplina militar: organizado, meticuloso, de resultados.

Esa febril actividad le entraba por las venas, bullía en su cerebro y salía como torrente en sus acciones.

A los 22 años fue jefe de ayudantes del gobernador, el general Alberto F. Berber, medio hermano de su madre, mi abuela Beatriz.

El compromiso incumplido

Fue magandista muy comprometido; activo en la recolección de firmas en la entidad y promotor de su proyecto. Alejandro Gómez Maganda sucedió en el gobierno al general Baltazar R. Leyva Mancilla.

Para destapar a los tapados, Gómez Maganda invitó a comer a un grupo de seguidores. En el curso del convite preguntó a cada uno sobre su lugar origen. El gobernador asentía: “Serás diputado por Tierra Caliente, por Costa Grande …”. Tocó turno al escritor Juan R. Campuzano. Labia aguda: “Soy de donde usted ordene, señor gobernador”. Don Alejandro, satisfecho: “Serás diputado por La Montaña”. Años después, pregunté al maestro Campuzano sobre la veracidad del episodio. “Claro que es cierto –levantó las manos con elocuencia–, Alejandro ya había repartido todo”.

Terminada la asignación de los distritos, el gobernador preguntó a mi papá: “Y tú, ¿de dónde eres?”.

–¿Ya no se acuerda cuando iba a verme a Amado Nervo 17? ¿Ya no se acuerda cuando me pedía apoyo para su candidatura? –respondió seco.

–No te molestes, Florencio, lo que pasa es que…

Interrupción de tajo:

–Lo que pasa es que usted es un hijo de la chingada –y salió de la reunión.

Gómez Maganda había ofrecido a mi papá la diputación por Chilpancingo. Antes de la comida, le dijo que no podía desatender la recomendación del ex gobernador Rodolfo Neri, por lo cual su hijo René ocuparía la curul. Le pidió aceptar la alcaldía de la capital y en el siguiente trienio, la diputación.

Mi papá se volvió crítico acérrimo de Gómez Maganda. Mi madre le pedía prudencia. Él respondía sin variar el tema. No obstante –refirió Arcadia, mi madre–, el gobernador le enviaba cada mes mil de aquellos pesos. Don Alejandro no concluyó el periodo por sus pugnas con el presidente Adolfo Ruiz Cortines. Era más alemanista que Miguel Alemán.

Apuestas sin futuro

Mi padre fue un gran conversador, pero sus opiniones eran atrevidas. Nunca más aspiró a cargos de elección.

–¿Porqué no aceptaste la presidencia municipal? –quise saber.

–Era un cargo simbólico. El ayuntamiento no tenía ni para los sueldos –contestó con desgano.

De los amigos de aquella época, mantuvo la relación con el maestro Campuzano. El escritor de vez en cuando –procedente del DF– llegaba con su esposa Elvira a saludar a la casa. Llevaba un paquete de su periódico Animal político. Bien escrito e ilustrado, impreso en dos colores. Era de los llamados católicos: aparecía cada vez que Dios quería. Yo lo voceaba en el zócalo y la venta era para mí.

Mi papá organizó algunas campañas de candidatos a diputados. Se desaparecía por meses en la Costa Chica o en La Montaña, hasta que pasaban las elecciones. No enviaba el gasto porque “es momento de apoyar, no de cobrar”. Los después diputados no llegaron a más.

Dejar crecer los problemas

En 1960 yo tenía 11 años. Desde la loma de Amado Nervo alcanzaba a ver lo que cruzaba por la avenida Guerrero, que conecta a la plaza cívica con la alameda. Frente a la alameda estaba el edificio neoclásico del Colegio del Estado, actual UAGro. La declaratoria de estatus de Universidad sin autonomía, a los estudiantes les pareció insuficiente. Además, rechazaron la designación como rector del profesor de primaria, Alfonso Ramírez Altamirano. Los estudiantes se declararon en huelga. El gobierno impulsó un grupo de choque que, con amenazadora frecuencia, provocaba en mítines simultáneos.

Del reclamo de la autonomía se fue pasando a las denuncias de abusos de la policía judicial, de la motorizada, de la falta de obra pública, de quejas de grupos sociales y sindicales, a las que se fueron sumando declaratorias solidarias de los ayuntamientos. Lo anterior impulsó el conflicto hasta personalizarlo en el gobernador, el general Raúl Caballero Aburto.

El problema se dejó crecer y se agudizó con aprehensiones y maltratos a estudiantes.

A uno de los huelguistas detenidos la policía le machucaba los dedos de los pies:

–¿¡Tu nombre!?

–¡Tito!

–¿¡Tu nombre, no tu apodo!?

–¡Es que me llamo Tito! –sí, era Tito Díaz Nava.

La huelga se convirtió en un movimiento. Es decir, en la convergencia de organizaciones sociales y políticas diversas, identificadas con un propósito mayor al otorgamiento de la autonomía: la desaparición de poderes.

El pueblo estaba incitado, excitado, incontenible.

Los locatarios del mercado se trasladaron a las avenidas y calles aledañas al edificio en huelga.

Las clases estaban suspendidas. Yo iba a la alameda a escuchar a los jóvenes líderes. Todos elocuentes: buena voz y discursos enjundiosos sobre la injusticia, el saqueo y la represión. La numerosa audiencia aplaudía, exclamaba su apoyo. Se producía una catarsis, que pasaba de la vitalidad combativa a la alegría de feria.

Una tarde, Miguel Ángel Rábago concluía su intervención en el micrófono con un deseo inconcebible:

–¡Sangre! ¡Quiero sangre!

Una piedra del grupo opositor pasó precisa por el hueco de una de las letras de la palabra Universidad, para estrellarse en la frente del exaltado. Chorreaba sangre, toda su cara se llenó de sangre.

El poderoso llamado

De aquellas bocinas grises en forma de embudo, salían las voces de Juan Alarcón Hernández, Imperio Rebolledo Ayerdi, Jorge Vielma Heras, Juan Sánchez Andraca y, del admirado presidente del Comité de Huelga, Jesús Araujo Hernández, quien cerraba la ronda de intervenciones. La gente lo reclamaba:

–¡Papá Chuy! ¡Papá Chuy! –llamaba papá a un muchacho de 17 o 18 años de edad, que iniciaba sus alocuciones con un invariable: Pueblo mío.

Yo los escuchaba con atención y algo se agitaba en mí que me impelía a querer ir en busca del micrófono y pronunciar un discurso. Aquel era un pensamiento vehemente y vano. El pórtico de acceso estaba bloqueado por docenas de butacas metálicas, dejando en medio la reja encadenada. Imposible llegar a la azotea tribunicia de los dirigentes.

Aquel movimiento culminó con una masacre del ejército y la posterior desaparición de poderes. El electricista, negado a bajar del poste donde colocaba una manta, fue abatido por un soldado. Después llegó la tropa disparando a los pacíficos inconformes. Sobresalió el valor de las mujeres, que enfrentaron la agresión con cañas de azúcar. Murieron dos tíos míos: Tomás Adame y Benjamín Méndez.

Advertí el idealismo de la juventud, la fuerza de la organización popular, el crecimiento del descontento ante la soberbia del poder y otro trágico eslabón del atraso de Guerrero.

Ahí tuve conciencia del poderoso llamado de la política.