
Tras desafiar la gravedad del sentido común, muere en San Miguel de Allende el genio ítalo-mexicano que transformó el mobiliario en rito y el arte en una burla elegante. Cómplice de surrealistas y creador de la icónica silla-mano
Ciudad de México, 6 de marzod e 2026. Antisolemne y desenfadado, Pedro Friedeberg nada tomaba en serio; ni la vida ni el arte, y tampoco el ineludible asunto que es la muerte.
“Todos tenemos que morir, y es como un alivio para muchos. También es un alivio para las artes, que ya están todas cargadas de nombres… Ya no se usan las agendas, ¿no? Yo llevo todavía una a mano, y ya está más llena de crucecitas”, diría alguna vez, sin entristecerse, el artista plástico.
Ahora que es su figura a la que acompañan las cruces, fallecido este jueves en San Miguel de Allende con 90 años recién cumplidos en enero, los mensajes publicados por no pocas instancias y personalidades no han podido evitar traicionar ese ánimo con que Friedeberg se condujera por el mundo y hacia sí mismo.
Que si partió “uno de los artistas italo-mexicanos más originales y fantásticos”, a decir del embajador de México en Italia, Genaro Lozano, o si “su legado creativo permanecerá como parte esencial de la historia del arte en México”, como publicó en X el Colegio de San Ildefonso, entre otras muestras semejantes dirigidas a quien llegó a afirmar: “Soy perfectamente ridículo, y mi arte hace el ridículo y yo hago el absurdo.
“Detestaba los homenajes, las lágrimas, toda la parafernalia que implica rendir tributos y bla bla bla; todas esas formalidades. Él era alérgico a toda esta serie de ceremonias, le daba repelús”, comenta en entrevista la editora Déborah Holtz, amiga de Friedeberg. “Así es que lo único que me puedo imaginar para rendirle tributo es (decirle a los demás) que disfruten su obra, que es una gloria. Pedro es una bocanada de aire fresco en el panorama del arte mexicano”.
Nacido en 1936 en Florencia, Italia, Pietro Enrico Hoffman Landsberg tenía 3 años cuando, huyendo de la Segunda Guerra Mundial, salió de Europa junto con su madre, la alemana Gerda Landsberg, quien, ya en México, se casaría con Erwin Friedeberg; aquel niño no soltaba lápiz ni papel, y con fascinación dibujaba edificios viejos e iglesias antiguas.
Años más adelante, estudiaría en la Universidad Iberoamericana “con la intención inocente de ser arquitecto”, según sus palabras.
Ahí tuvo como profesor a Mathias Goeritz, con el que luego colaboró en calidad de asistente y se convertiría en una gran influencia y amistad.
Mas fue la pintora española Remedios Varo la que apoyó a Friedeberg para que tuviera su primera exposición en la galería Diana, en abril de 1959. El joven artista conviviría desde entonces muy de cerca con los surrealistas europeos exiliados en México, como la húngara Kati Horna, la inglesa Leonora Carrington o la francesa Alice Rahon, así como el canadiense Alan Glass.
Muy pronto, a inicios de los 60, a Friedeberg le llegaría el reconocimiento internacional gracias a su Mano de Akhenatón, la inconfundible silla-mano con la palma como asiento y los dedos de respaldo, que incluso atrajera la atención de André Bretón, padre del surrealismo. Su autor, no obstante, respondía “la detesto” cuando le preguntaban acerca de este icono del diseño mobiliario.
Francisco Morales / Agencia Reforma


